La sede central de la ONU se convirtió en un virtual búnker
El temor invadió el edificio tras la noticia
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NUEVA YORK.- A las 10.10 la voz del jefe de seguridad de las Naciones Unidas, Michael McCann, invadió todos los rincones de la sede central de la ONU a través de los altoparlantes. Anunció que un avión de pasajeros había caído en Queens, cerca del aeropuerto internacional John F. Kennedy, que el edificio había sido sellado y que no habría evacuación.
La primera reacción fue un silencio profundo, una clara expresión del miedo que invadió a todos. Las miradas de los empleados y centenares de delegados de todo el mundo que participan en las sesiones de la asamblea anual se cruzaron buscando una respuesta frente a lo que en ese momento se sospechaba que era un nuevo atentado terrorista.
Los cuatro conjuntos de edificios de la ONU, donde trabajan unas 5000 personas, son considerados desde antes del inicio de la asamblea como un blanco de posibles atentados desde que el terrorista Osama ben Laden calificó el organismo de organización criminal y condenó a su secretario general, Kofi Annan, por considerarlo un instrumento de los Estados Unidos.
En 1993, cuando ocurrió el primer atentado contra las Torres Gemelas, se descubrió que había un plan para colocar un coche bomba en el estacionamiento de la ONU. Desde ese día, este lugar se transformó en un objetivo de máxima seguridad.
En el momento del anuncio de la caída del avión de American Airlines estaban reunidos los cancilleres de los seis países vecinos de Afganistán más los de Estados Unidos, Colin Powell, y de Rusia, Igor Ivanov, negociando el futuro gobierno de la nación dominada por el régimen talibán. El ministro de Relaciones Exteriores de Paquistán, Abdul Sattar, se perdió el encuentro, ya que no se le permitió ingresar en el edificio.
Armas largas y visores
No hubo interrupción de las reuniones programadas. Y nadie pudo entrar en los edificios ni tampoco salir. La presencia de Powell hizo que los controles de seguridad se agudizaran y fueran comparables sólo a los del sábado, día en que el presidente norteamericano, George W. Bush, habló en la asamblea general.
Powell, de hecho, fue encerrado en los subterráneos del Palacio de Cristal.
Pero poco después de las 10 todo fue distinto. Aparecieron por primera vez francotiradores con armas largas y poderosos visores en las terrazas de los edificios cercanos y en los techos de las moles de cemento y vidrio que contienen a las oficinas de la ONU.
Los agentes del servicio secreto no hicieron ningún esfuerzo para esconder sus metralletas y fusiles en las calles ante el asombro de todos. No hubo gritos ni nerviosismo en la bloqueada Primera Avenida ni en los parques que rodean la ONU, frente al East River. Pero la tensión se podía palpar en las caras de la mayoría de los diplomáticos que infructuosamente se esforzaban por ingresar y que aún no contaban con información certera de lo que estaba ocurriendo.
La misión argentina
El canciller francés, Hubert Vedrine, estuvo entre quienes no pudieron acceder hasta después de las 12. No hubo privilegios para romper el bloqueo del edificio y de las calles. Algo que nadie forzó. Las calles se vaciaron y quedaron en manos de los hombres del servicio secreto, que con cascos, chalecos antibalas y armas de asalto tomaron el control absoluto de un radio que iba desde el East River hasta la Segunda Avenida y las calles 39 y 48.
Las noticias de la tragedia encontraron al ministro de Relaciones Exteriores de nuestro país, Adalberto Rodríguez Giavarini, en la misión argentina ante la ONU, en el piso 25 del edificio One UN Plaza.
Allí, recibió una llamada del presidente Fernando de la Rúa, recién llegado a Buenos Aires, para saber cómo estaba y conocer detalles de la tragedia. El canciller intentó transmitir tranquilidad, pero a esa hora no había información detallada de lo hechos. Desde los amplios ventanales de las oficinas argentinas se puede observar Queens, pero por la distancia con el lugar donde cayó el avión no se alcanzaba a divisar el humo que a esa hora ya se transmitía en vivo por las cadenas de televisión.
"Esta es una horrible tragedia", comentó la embajadora de Jamaica, Patricia Durrant, presidenta de turno del Consejo de Seguridad, que señaló sentirse en un pozo de profunda angustia y estado de shock.
Los televisores, presentes en casi todos los grandes salones del edificio del secretariado de la ONU, no dejaban de transmitir a esa hora las imágenes de la catástrofe. Y los diplomáticos no hicieron caso a los dichos del jefe de seguridad, Michael McCann, de que las actividades continuaran como estaban planeadas para dejar las comisiones y pararse frente a los televisores.
Cuando después del mediodía comenzó a hablarse de un posible accidente en lugar de un atentado, la tensión bajó y se levantaron las restricciones para ingresar en los edificios y salir de ellos.
Pero el terror frente a un ataque no cedió. Esta ciudad parece condenada a convivir por un largo tiempo con el fantasma del miedo.
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