Linchamientos y carpas en la calle: la nueva convivencia de una Caracas golpeada por el doble terremoto
El hecho ocurrió en la zona El Cementerio, en el oeste de Caracas; la gente que le pone el cuerpo al trabajo de caridad
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CARACAS.- A lo largo y ancho de Venezuela, la emergencia obligó a reescribir las reglas de la convivencia. La tensión social se agrava con la velocidad de una mecha corta. No hay margen para las peleas, para la delincuencia. Tampoco para la piedad.
Y hay un hecho que ocurrió en pocos minutos pero que lo ejemplifica a la perfección. Fue a plena luz del día, en El Cementerio, una zona de Caracas donde las paredes todavía muestran las marcas del sismo. Un repartidor de delivery detuvo su moto a un costado del camino, y en un instante de distracción, un delincuente le manoteó el casco y salió corriendo. Un casco… no era precisamente una billetera llena de plata.

La respuesta de todas las personas que pasaban por la cuadra fue una reacción colectiva e inmediata. Los vecinos venían buscando a este “ladrón de cascos” desde hacía semanas. Lo acorralaron contra un paredón y lo lincharon a golpes de puño y patadas con una furia desatada. Una mujer gritó “¡Desnúdenlo, desnúdenlo!”. Al final, al “malandro”, como le dicen acá, le hicieron precio.
El mensaje de la calle es claro: en este contexto, no hay espacio ni tolerancia para los que intentan sacar ventaja de los demás. Solo la llegada de la policía evitó que lo desnudaran y, quizás, mataran a golpes en la vereda.

Apenas a unos metros de esa misma esquina, Lis y Rafael miran la escena tranquilos. Vieron cosas peores. Son de Tanaguarena, una de las zonas más afectadas en La Guaira. Lis y Rafael perdieron todo.
“Vivíamos en el piso cinco”, relata Lis. “Yo me estaba bañando. Empezó a temblar todo y el edificio se sacudía. La gente de la comunidad salía y nos gritaba ‘¡salgan, salgan, que se cae!’. Pero nosotros no podíamos. Cuando logramos bajar, las paredes de los primeros tres pisos ya estaban prácticamente en el piso. Salimos con lo puesto. Lo que teníamos encima, más nada”, dice.
El relato de Lis completa la imagen del desamparo de aquellas primeras horas, donde el gobierno venezolano hizo ruido con su ausencia. Recuerda la primera noche durmiendo en una plaza, rodeados de escombros y de gritos atrapados que se oían bajo bloques de concreto imposibles de mover con las manos.

“Había personas con vida que gritaban ‘¡estamos aquí, ayúdennos!’. Pero las piedras eran muy grandes. Nos empezamos a rescatar nosotros mismos, la propia comunidad”, dice.
La respuesta gubernamental tardó días en materializarse. “Hasta el 26 de junio en la noche (los terremotos ocurrieron el 24), los fallecidos estaban ahí, en fila, porque no los iban a buscar”.
En su edificio murieron seis vecinos, la mayoría comerciantes de la planta baja que no tuvieron el tiempo ni la fortuna de Lis y Rafael.

A unas quince cuadras de esa esquina, el panorama cambia de ritmo pero se respira la misma desesperación. El Casco Central de Santa Rosalía, en la zona (barrio) de “El cementerio” hoy se transformó en un campamento a la intemperie. La gente tuvo que mudar sus vidas a un boulevard.
En la plaza que hay en el fino espacio entre las dos calles se levanta una hilera de carpas improvisadas con lonas plásticas, sábanas viejas y colchones vencidos. Sesenta familias comparten hoy ese espacio público reconvertido. Algunos pueden ver sus casas, que están enfrente. Pero, por riesgo de colapso, no las pueden habitar. Solo unos pocos pensaron “mejor vivir en mi casa a pesar del peligro, que quedarme en una carpa en la calle”.

La intimidad pasó a ser un lujo del pasado… ahora, sus vidas están expuestas a los transeúntes y al tráfico.
El drama mayor, sin embargo, se mide en las condiciones sanitarias. Estas personas que habitan el boulevard dependen de un único baño.
La ayuda que llega a este lugar es variada. Gran parte del caudal de esa asistencia viene de la obstinación de voluntarios que le ponen el cuerpo durante su tiempo libre. Personas que estiran las horas después de la oficina o el estudio. Una de ellas es Saray Figueredo. Tiene 29 años.
“Hago de todo un poco, soy una chama emprendedora”, dice con una sonrisa que contrasta con la gravedad del entorno. Saray es masoterapeuta, trabaja en cosmetología, vende donas, condimentos y especias. Sin embargo, su verdadera ocupación desde hace una década es el activismo social junto al equipo de Caracas Mi Convive.

Para ella, la crisis de los terremotos es solo el último eslabón de una larga cadena de catástrofes cotidianas a las que se ha tenido que amoldar su generación.
“No es nada fácil procesar esto”, admite, mientras acomoda parte de las donaciones que llegan al campamento.
“Nos hemos presentado a muchos escenarios. En Venezuela hemos vivido tantas situaciones que nos ha tocado, poco a poco, pararnos y descifrar cómo uno, como individuo, puede crear una red. No es un trabajo fácil, pero lo hemos logrado”, agrega.
Para Saray, lo que muchos llaman caridad es, en realidad, otra cosa: un acto de supervivencia colectiva.

“Yo lo veo como un acto de amor. A veces solo miramos el beneficio personal, pero ¿qué pasa cuando mirás fuera de la caja? ¿Qué pasa cuando volteás y ves al otro? No se trata de hacer una caridad diaria, sino de ser la persona que le puede prestar la mano a un amigo. Nuestro lema es que la solidaridad es la fuerza que nos une, y desde ahí nace todo”, explica.
Esa solidaridad a pulmón es la que hoy enlaza los esfuerzos locales con la ayuda internacional, como los vuelos humanitarios de la ONG Solidaire o la logística de los Cascos Blancos argentinos, los miembros de Defensa Civil de Siria y hasta brigadistas de la India que viajaron a este lado del mundo para tender una mano, dejando sus prioridades y preocupaciones de lado. Son canales que necesitan de gente como Saray en el terreno.
A pocas cuadras, en el estacionamiento de un edificio de 11 pisos, aparece la figura de la pastora Yamilet Istúriz. Su voz, acostumbrada a dar consuelo, es una voz de esperanza en medio del desorden. “Yo no perdí.. gané”, dice. “Gané vida”.
“Dios les bendiga”, saluda, y me da una abrazo.
Al preguntarle sobre cómo sostener esa idea de que “ganó” algo cuando todo alrededor parece derrumbado, no duda. Su mirada se clava en la realidad más dura de la catástrofe, y explica el verdadero valor de lo que queda en pie.
“¿Sabes qué? La Palabra dice que el mejor botín es la vida”, dice.

“Está bien, la estructura está toda dañada, rota. Pero la vida no tiene precio. Hoy hay personas que han perdido familias enteras acá en Venezuela. Niños que perdieron a su mamá con seis meses de nacido, niños que perdieron a su papá y que no van a poder celebrar unos quince años a su lado, ni van a poder decirle a la noche ‘bendición, papá, te amo mucho’. El despertar de cada persona aquí en Venezuela se volvió distinto”, agrega.
Alrededor del estacionamiento, los edificios altos se ven imponentes contra un cielo que el atardecer tiñe de un naranja espeso. El calor cede un poco, pero el clima en el campamento sigue siendo denso. A pocas cuadras, en el boulevard de Santa Rosalía, las sesenta familias empiezan a acomodarse para pasar otra noche en carpa: el espacio es un laberinto desorganizado, donde la masa de gente intenta inventar algo parecido a la intimidad.
La pastora termina de hablar. Saluda y se va. Pasará la noche en un auto estacionado. Por ahora, no tiene otro lugar donde quedarse.
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