Los fuertes contrastes de Chile, la contracara de años de crecimiento

El país tiene el mayor índice de desigualdad de la OCDE; crecen las críticas al modelo
Adriana Riva
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16 de noviembre de 2013  

SANTIAGO, Chile.- A pesar del esmog, desde la Virgen del Cerro San Cristóbal se puede apreciar la ciudad en su máximo esplendor.

Desde ahí se ven los brillantes rascacielos de Sanhattan, el centro financiero santiaguino, y los cientos de techos de zinc del barrio La Pincoya; los nuevos condominios de La Dehesa y los viejos monoblocks de Ñuñoa; los frondosos árboles del barrio San Damián, donde tiene su casa Sebastián Piñera, y la ausencia de ellos en La Florida, donde vive la líder estudiantil Camila Vallejo.

Uno puede, con una simple mirada, impresionarse por el crecimiento de la capital chilena y asombrarse por su falta de equidad. Santiago es una ciudad de contrastes. Y Santiago es un reflejo de todo Chile.

Vistas de cerca, las diferencias entre las comunas más cuicas (ricas) y las más peludas (peligrosas) se acentúan. Basta con recorrer la avenida San Carlos de Apoquindo para maravillarse con su bulevar de palmeras -al estilo Miami- o caminar por la comuna industrial San Joaquín para sufrir la inclemencia del calor ante la imposibilidad de encontrar un poco de sombra. Pasar por la entrada del condominio El mirador de San Damián, donde el terreno vale un millón de dólares, o apurar el paso en un área de La Florida donde las ventanas tienen rejas, para no tener que preguntar dónde está la comisaría.

Desde hace años, el mundo escucha la leyenda del éxito del modelo neoliberal chileno, que idearon los Chicago Boys tras el golpe de 1973. En el país, en cambio, se escuchan ahora, con mucha más fuerza, los bombos y cánticos de todo tipo de protestas. Los actores varían, pero el reclamo es siempre el mismo: que los gobiernos se concentren menos en el crecimiento económico y más en la redistribución del ingreso.

Ése será el principal desafío de quien gane las elecciones presidenciales de mañana, en las que la ex mandataria Michelle Bachelet corre como amplia favorita. Enfrentar la desigualdad fue, de hecho, el corazón de su campaña: "Lo dije por todo Chile: hay un país superexitoso que vemos en las noticias y que no siempre lo encontramos en nuestras casas", denunció anteayer.

Impulsado por la explotación del cobre, su mayor commodity , en los últimos años el PBI de Chile creció a más de un 5% anual y las perspectivas para el año que viene son alentadoras. Según el Banco Mundial, el país cuenta, además, con el mayor PBI per cápita de América latina (unos 22.363 dólares por paridad de poder de compra en 2012), lo que lo ubica al nivel de los desarrollados.

Otras cifras también son envidiables: la inflación es del 3% y el desempleo ronda el 6%, su piso más bajo desde hace tres décadas. Atraídos por ese crecimiento estable, su espartana disciplina fiscal y su solidez institucional, los inversionistas extranjeros desembolsan miles de millones de dólares por año.

Para lograr estos números de bonanza, el modelo en marcha persiguió tres objetivos: desregulación, privatización y recorte de programas sociales para impulsar la competitividad. Los tres se cumplieron a rajatabla y trajeron otras cifras, esta vez no tan alentadoras.

Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), Chile ostenta el mayor índice de desigualdad social del selecto grupo de países que lo integran. Mientras que el 1% más rico acumula el 31,5% de los ingresos, un 50% de la población gana menos de 500 dólares al mes, apenas suficientes para costear las necesidades básicas, que, por cierto, no son nada baratas (el subte, por ejemplo, cuesta tres veces más que en la Argentina). La pobreza oficial es del 14,4%.

La creciente clase media, protagonista del momento, vive en función de sus deudas, porque en Chile todo se puede comprar: alimentos, ropa, electrodomésticos. Y también educación y salud, que son las más caras del mundo en relación con el poder adquisitivo medio. En las avenidas se ven casi tantas publicidades de la campaña como de universidades privadas o de instituciones de salud previsional.

El crédito abunda. Y no hay chileno que no tenga tarjeta para irse de compras a alguno de los shoppings que brotan como hongos en la ciudad. Pero los intereses son altísimos. "Tal vez uno no ve la pobreza que ve en otros países. Sin embargo, la brecha entre ricos y pobres es enorme, lo que hace que uno se pregunte: ¿si tanto crece el PBI, por qué la riqueza es tan desigual?", dice a LA NACION el analista Patricio Navia.

Los críticos del modelo neoliberal in extremis denuncian que obstruye las reformas sociales necesarias para lograr un país más equitativo y más armónico. Y los críticos empezaron a ser, hace unos años, cada vez más. Cientos de miles más.

Los estudiantes exigen la desprivatización de un sistema que creó escuelas públicas deficientes, universidades privadas costosas y préstamos estudiantiles inalcanzables. Los ecologistas reclaman la desprivatización del sistema de agua del país, transformado en objeto de lucro y usura desde hace más de 30 años. Los indígenas mapuches iniciaron marchas para recuperar tierras en la Araucaia, hoy en manos de empresas madereras.

La pintura del modelo, en suma, comenzó a cacharse. Las tarjetas de crédito ya no alcanzan. Los chilenos van ahora por sus derechos sociales.

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