
Los Villanueva, aún más unidos
La madre y la novia del bombero argentino no tienen consuelo
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NUEVA YORK.- Sergio Villanueva tenía dos mujeres en su vida: Tanya, su novia, y Delia, su mamá. Las adoraba y ellas lo adoraban a él. Lo perdieron hace casi doce meses en el atentado contra las Torres Gemelas y todavía no encuentran consuelo. Sin embargo, la tragedia las ha vuelto muy unidas y todo el tiempo se juntan para recordarlo.
"A mucha gente todo esto le ha destruido la vida. Ha separado familias y creado divisiones. A nosotras, en cambio, nos mantuvo más unidas, como Sergio hubiera querido. Ella es lo más cercano que tengo hoy a él", comenta Delia Villanueva, oriunda de Bahía Blanca, ciudad donde también había nacido Sergio, el mayor de sus tres hijos.
Sergio tenía 33 años; era bombero y antes había sido policía. Estaba comprometido con Tanya Bejasa, una bella estadounidense que habla perfecto español ("Lo aprendí por ser fan de Menudo", cuenta). Se iban a casar el 1° de agosto de este año; ya habían planeado tomarse un crucero por el Mediterráneo y habían elegido las flores y la música para su boda. Muchos de estos arreglos sirvieron, en cambio, para el emotivo servicio religioso que se hizo en su memoria en junio último. Como sucede con la mayoría de las víctimas, el cuerpo de Sergio todavía no fue identificado de entre los más de 19.000 restos humanos que se hallaron en los escombros, y que se están tratando de hacer coincidir con las pruebas de ADN presentadas por los familiares de las víctimas; un proceso largo y doloroso.
"Tomamos la decisión conjunta de que tampoco queremos saber si lo encuentran más tarde -señala Tanya-. Hay familias a las que se llama no una sino varias veces para ir a reconocer restos y nosotros no queremos estar removiendo este dolor una y otra vez.
Los Villanueva, Tanya incluida, prefieren estos días concentrarse en las buenas noticias: María Celia, 29, la hermana menor de Sergio, está esperando un bebé. Maricel, como la llaman, tiene fecha para esta semana y ha decidido que le pondrá como nombre Gabriel. "Era el segundo nombre de Sergio", explica Delia, que vive con su hijo Steven, de 30, presentador del pronóstico meteorológico en un canal de televisión local.
Con su vientre abultado, Maricel se pasea de una habitación a otra del amplio departamento que Tanya y Sergio compartían en Jackson Heights, Queens. Prefiere no participar de la entrevista con LA NACION, aunque ayuda a Tanya a preparar mates cocidos y masitas. Las tres mujeres llevan colgada al cuello una medalla con el número de placa de bombero de Sergio: el 2852.
Viajes a la Argentina
"De chiquito le gustaba la idea de ser bombero, policía, médico o cualquier cosa con tal de ayudar a la gente. Tenía una gran vocación pública", recuerda su madre, que llegó a Estados Unidos con su ex esposo, Angelo, en 1970. El trabajó de lavaplatos y cocinero hasta que pudo abrir su propio restaurante, Il piccolo San Marino. En Nueva York nacieron Steven y Maricel. Al mejorar su situación económica, los Villanueva comenzaron a viajar una vez por año a la Argentina. Y Sergio era muy apegado a su país natal, donde tiene tíos y primos: le encantaba el tango, era hincha de Boca y un fanático de la selección nacional.
Después de terminar sus estudios en el Queens College, Sergio dio los exámenes para ingresar tanto en la Academia de Policía como a la de Bomberos. La policía lo llamó primero. Trabajó allí ocho años y alcanzó el rango de detective de narcóticos. Ya se había acostumbrado a esa vida, a sus colegas y nuevos amigos cuando finalmente, en 2000, lo llamaron del Departamento de Bomberos.
Sergio había sido trasladado del sur de Manhattan al cuartel de Prospect Heights, en Brooklyn. Pero el 11 de septiembre su compañía fue llamada para ayudar en el rescate de la gente que trabajaba en las Torres. Nunca volvió.
De la eventual compensación económica que recibirá del Fondo Federal especialmente creado, Delia prefiere no hablar. "Es dinero con sangre", dice. "Está bien que nos puede ayudar, pero por ahora estamos de duelo.Ya habrá tiempo para eso -añade refiriéndose al engorroso papelerío que es necesario presentar-. Y por mucho dinero que den jamás se puede pagar una vida. Yo todavía no puedo creer que ya hace un año que no veo a mi hijo."
En el cuartel de bomberos, dicen, se destacaba por su sentido de camaradería pero, por sobre todo, por sus cualidades como cocinero. Le encantaba sentarse a comer y escuchar anécdotas de bomberos mayores, con mucha experiencia, con los que también compartía largos partidos de pool, una de sus pasiones.
Hoy, Delia y Tanya siguen en contacto permanente con el Departamento de Bomberos y con la Alcaldía. De hecho, durante la entrevista con LA NACION en casa de Tanya, sonó el teléfono y era el alcalde Michael Bloomberg, para saludar a la familia, como está haciendo estos días con todos los parientes de bomberos y policías fallecidos el 11 de septiembre.
"Los bomberos no te abandonan, son como una gran familia -dice Delia-. Para ellos, perder a uno es como perder a todos. A mí me llaman todo el tiempo, por si necesito ir al supermercado o para saber si estoy bien."


