Medidas que fogonean una atmósfera de xenofobia nacionalista

Roger Cohen
Roger Cohen MEDIO: The New York Times
(0)
29 de enero de 2017  

NUEVA YORK.- Donald Trump es un hombre ahistórico. No sabe nada de historia europea y nada le importa menos, como queda demostrado por su inconsciente despedazamiento de la alianza y la unión que rescataron a Europa de sus horas más oscuras.

Tampoco sabe lo suficiente de historia norteamericana si eligió como eslogan "Primero Estados Unidos", que fue usado por los aislacionistas que querían dejar sola a Europa a principios de la Segunda Guerra Mundial, aunque tal vez lo haya elegido justamente por eso.

El presidente ni siquiera conoce la historia de la CIA, como quedó demostrado con su discurso autoreferente ante la venerable Memorial Wall, donde hizo gala de un desorden narcisista avanzado denigrando los sacrificios hechos por la patria.

Trump dijo que su discurso había sido "un golazo".

Genial. Alucinante. Fenomenal. Fantástico. Fabuloso. Divino. ¡Qué manera de vaciar esas palabras! Qué áridas y hasta vomitivas se han vuelto a causa de Trump. Ya no significan nada. Salen de su mente poco curiosa a intervalos regulares para llenar los huecos, y por supuesto que todas terminan refiriendo a él mismo. Vaciar de significado las palabras es un paso esencial en el camino de la autocracia. Para que la gente se ponga de rodillas primero tiene que perder el rumbo.

Todo es peor de lo que parecía imaginable: la inagotable obsesión de Trump con el número de asistentes a su asunción, sus falsedades constantes, su perversa incapacidad para aceptar que ya ganó la elección hasta llegar al punto de querer investigar el número de votos, su pasmosa sed de tortura, muros, restricciones y carnicerías.

"El mundo es un caos total", le dijo al periodista David Mui, de la cadena ABC. Qué gracioso, porque yo viajo todo el tiempo por el mundo y esa no era mi impresión hasta hace una semana. Al presidente no le gustan los musulmanes. Eso también queda más que claro. Ya resultaba obvio durante la campaña, cuando pidió una prohibición temporaria para el ingreso de musulmanes a Estados Unidos. Era obvio cuando mostró su desprecio por los padres de un soldado musulmán norteamericano caído en Irak. Y es obvio ahora que intenta justificar la suspensión de visas para los sirios, iraníes, iraquíes y ciudadanos de otros cuatro países de África y Medio Oriente de mayoría musulmana, así como una prohibición temporal de ingreso a casi todos los refugiados.

En una entrevista, Trump dijo que la gente que será excluida irá a Estados Unidos "a causar graves problemas". Y afirmó: "Son de Estado Islámico".

No hay evidencia creíble que sustente semejante acusación alocada y que representa una afrenta para todo un pueblo. (Oh casualidad, Arabia Saudita, de donde eran oriundos la mayoría de los terroristas del 11 de Septiembre, no está en la lista de países excluidos).

Una abrumadora mayoría de los refugiados están escapando de la violencia en sus países, y no complotando contra Estados Unidos. No arrojan a sus hijos al mar a bordo de botes destartalados porque quieran, sino porque no tienen otra opción. Dado que los controles de antecedentes para ingresar a Estados Unidos son muy rigurosos, solo una ínfima fracción de los 5 millones de refugiados sirios han venido a este país.

Estamos ante una política que se alimenta del odio y el prejuicio, y no de la razón. El anuncio del muro ya generó un perjudicial choque con México. Las visas propuestas y las medidas contra los refugiados no tienen que ver con darle seguridad a los norteamericanos. Están pensadas para fogonear una atmósfera de xenofobia nacionalista.

Trump hizo bien en llamar por su nombre al terrorismo islámico jihadista. Pero mezclar eso con una religión de 1600 millones de fieles no es manera de combatirlo. Tengo la suerte de vivir en Brooklyn Heights, con vista sobre el río Este, el bajo Manhattan y la Estatua de la Libertad. Mientras escuchaba por televisión el sombrío discurso de asunción de Trump, podía mirar de reojo la antorcha que simboliza el espíritu de apertura y de generosidad de Estados Unidos.

Creo que, con el tiempo, y no sin dar pelea, los ideales representados por la antorcha demostrarán ser más fuertes que la oscuridad ultranacionalista y llena de miedo de Trump. Estados Unidos no es Estados Unidos sin esos ideales, y los norteamericanos lucharán por preservarlos. Después de todo, así fue que llegaron a ser lo que son.

Traducción de Jaime Arrambide

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.