"Mi mundo se derrumbó en un pestañeo": cómo el coronavirus arrasó con una familia china

Residentes de Wuhan saludan a personal médico que deja la ciudad
Residentes de Wuhan saludan a personal médico que deja la ciudad Fuente: Reuters
El relato de una mujer de Wuhan que perdió a su marido y a su padre durante el brote; el colapso de los hospitales y la falta de testeos fueron claves
Stephanie Yang
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26 de marzo de 2020  

PEKÍN.- El último mensaje que Li Song recibió de su esposo fue el emoji de OK, con el que daba a entender que se estaba recuperando de la neumonía que había obligado a internarlo. Cuatro horas después, la llamaron del hospital: había muerto.

Li tiene 53 años y luchó durante días para salvar la vida de su esposo de la misma edad, Hong Li, después de que ambos contrajeran el virus. Uno de los rasgos distintivos del nuevo coronavirus es el modo en que se propaga en el seno familiar. Ahora que el foco de la pandemia se desplazó de Asia a Europa y Estados Unidos, ese patrón de conducta del virus probablemente se repita, y con las mismas y devastadoras consecuencias. Li vive en Wuhan, y aunque ahora el número de infectados está bajando, esa ciudad fue el epicentro inicial del brote, y al igual que miles de vecinos Li tuvo que ver cómo el virus arrasaba impiadosamente con su vida.

Hay muchas preguntas para las que la mujer no encuentra respuesta. ¿Cómo entró el virus a su familia? ¿Por qué su marido sucumbió tan rápido? ¿Y por qué algunos integrantes de su familia se enfermaron tan gravemente y otros se recuperaron rápido o no tuvieron síntomas? Si hay algo que queda claro es que el virus ha demostrado ser más letal entre los adultos mayores con enfermedades preexistentes. Es el caso de Hong, esposo de la señora Li, que sufría de diabetes.

El 23 de enero, Li, su esposo, sus padres, sus dos hijos y su hermana y la mujer celebraron juntos la llegada del Año Nuevo lunar. Al día siguiente, su madre, de 86 años, empezó a tener fiebre y una diarrea leve.

Supusieron que se trataba de un resfrío común. Pero dos días después también su hermano mayor y su esposa cayeron enfermos. Un día más tarde, lo mismo les pasó a ella y a su esposo. "Me fui preocupando cada vez más", dice Li.

Las tomografías de tórax confirmaron que Li y Hong habían contraído el coronavirus. Sin embargo, en aquel entonces no podían ser internados sin un resultado positivo para el test específico del virus, y en el hospital les dijeron que solo contaban con un puñado de kits de análisis por día. Gracias a un contacto médico que tenía la familia, lograron hacerse el testeo, pero los resultados estarían recién 48 horas después. El de ella dio negativo -por entonces los tests no eran confiables-, pero el de Hong dio positivo. En busca de un hospital que ingresara a su esposo, Li se comunicó con todos sus contactos. El cuadro de su marido empeoraba minuto a minuto. "La sensación de impotencia me volvía loca", recuerda Li.

Cama disponible

Se enteró de que al día siguiente tal vez se liberara una cama en el Hospital Sindical de Wuhan, afiliado a la Universidad de Huazhong, a la que pertenecía su esposo.

"Estaba segura de que si lo internaban se iba a salvar", recuerda. Para entonces ya no pegaba un ojo y se pasaba la noche chequeando la temperatura y el nivel de oxígeno en sangre de su esposo con un aparatito que le había prestado un compañero de clase a su hijo.

A las 5 de la mañana del 5 de febrero, la mujer juntó los registros médicos de su esposo y sus objetos personales y lo ayudó a vestirse y afeitarse. Hong le pidió que lo acompañara y se quedara a cuidarlo, pero ella le explicó que los hospitales no permitían la permanencia de los familiares. Se despidieron con un abrazo en la entrada del hospital. Su esposo respiraba con dificultad. Li recuerda haberle dicho que se sometiera obedientemente al tratamiento. Esa tarde, su esposo la llamó desde el hospital para decirle que ya se sentía mejor. El 7 de febrero a la mañana, Hong le informó que su mejoría era notable, que ya no tenía fiebre y que sus niveles de oxígeno eran otra vez normales.

A eso de las 19, Hong dejó de contestar los mensajes. Su mujer supuso que dormía. A las 22.45 la llamaron del hospital para decirle que su esposo se había caído en el baño y que estaba tan débil que no podrían salvarlo. "Mi mundo se derrumbó en un pestañeo", escribió luego en una serie de cartas que le dirigió a su esposo muerto. "Llorando de angustia, me arrastré hasta el hospital y no me dejaron entrar".

Tres días después, Li sufrió otro golpe: su padre, de 88 años, que no había manifestado síntomas, murió de anemia y falla multiorgánica en su casa de Wuhan: con todos los hospitales desbordados por el coronavirus, no le habían hecho las transfusiones de sangre que necesitaba periódicamente. Li no pudo verlo: las restricciones a los desplazamientos eran cada vez más estrictas y tras la muerte de su esposo, ella debía guardar cuarentena en casa.

El resto de su familia sobrellevó mejor el virus. Los síntomas de su madre fueron leves. Su hermano mayor y la mujer, ambos activos y saludables, mejoraron en unos 10 días. Se habían aislado en su casa y recurrieron a la medicina tradicional china. La hija de 17 años de la pareja también tuvo fiebre un par de días y después se mejoró.

En retrospectiva, Li cree que sus padres trajeron el virus del hospital en enero, cuando tuvieron que ir por un problema en los huesos. También a principios de enero las noticias habían empezado a hablar mucho de la propagación del virus, y Li recuerda haberse aprovisionado para los festejos del Año Nuevo lunar con numerosas visitas al supermercado, otra fuente de contagio.

Desde la muerte de su esposo, Li está encerrada en su casa con sus hijos de 18 y 20 años, que llegaron de visita para el Año Nuevo y nunca pudieron irse, por el cerrojo que rige sobre Wuhan.

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