En Nagorno-Karabaj, un nuevo frente en el conflicto entre Rusia y Turquía

Un cráter causado por la explosión de un proyectil en Stepanakert, la ciudad principal de Nagorno-Karabaj
Un cráter causado por la explosión de un proyectil en Stepanakert, la ciudad principal de Nagorno-Karabaj Fuente: AFP
Ricard González
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6 de octubre de 2020  • 14:55

BARCELONA.- La nueva guerra entre Armenia y Azerbaiyán por el control de la región de Nagorno Karabaj tomó desprevenida a la comunidad internacional, con la excepción del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan , que reaccionó con celeridad ofreciendo su apoyo a Bakú . Siendo un territorio remoto, sin apenas corresponsales extranjeros que puedan separar la realidad de la propaganda, la confusión parece dominar en las cancillerías y la prensa internacional, mientras los expertos advierten de un nuevo choque de intereses entre Turquía y Rusia, enfrentados ya en Libia y Siria.

Como los Balcanes, el Cáucaso ha sido un auténtico polvorín durante buena parte de la historia moderna. No en vano, reúne todos las condicionantes para serlo: un terreño montañoso habitado por aguerridos pueblos y tribus; una gran diversidad étnica y religiosa; y un alto valor geoestratégico, intersección entre las áreas de influencia de tres naciones con designios imperiales: Rusia, Turquía -el antiguo Imperio Otomano-, e Irán, el nombre oficial de la vieja Persia. De ahí, que sus fronteras hayan sido oscilantes y algunas, como la que separa Armenia de Azerbaiyán, sean duramente disputadas.

Las secuelas de los recientes bombardeos en Stepanakert, durante los combates entre Armenia y Azerbaiyán por la región separatista de Nagorno-Karabaj
Las secuelas de los recientes bombardeos en Stepanakert, durante los combates entre Armenia y Azerbaiyán por la región separatista de Nagorno-Karabaj Fuente: AFP

En este conflicto, reválida del que ya enfrentó a Ereván y Bakú entre finales de los 80 y 1994, las alianzas son bien conocidas y hunden sus raíces en la historia y la cultura. Turquía ha respaldado siempre a Azerbaiyán, un pueblo turcófono que ha formado siempre parte de los sueños imperiales de los dirigentes turcos más ambiciosos, como Erdogan. Sin embargo, en el primer round del conflicto, Turquía era un gigante adormecido, consumido por la inestabilidad política y los conflictos internos, y con una economía atrasada. En cambio, ahora ha recuperado su estatus de potencia regional y cuenta con un audaz (o temerario) presidente dispuesto a utilizar sin complejos su poderío militar para avanzar sus intereses en el exterior.

Rusia, por su parte, es un viejo aliado de Armenia, desde que los zares justificaban su expansionismo en su deber de proteger a los cristianos ortodoxos que habitaban en el Imperio Otomano y otras zonas de frontera con el islam. Además de su fe ortodoxa, a ambos países les une el tratado de la Organización del Acuerdo de Defensa Colectiva (ODKV), lo que explica la existencia de una base militar rusa en territorio armenio. Como el conflicto se sitúa en Nagorno-Karabaj, que no es oficialmente territorio armenio, no se ha activado la cláusula de ayuda defensiva mutua.

Ahora bien, las ambiciones hegemónicas de Moscú en la región, así como sus intereses económicos, le empujan a no enemistarse con Azerbaiyán, con el que durante los últimos años ha firmado suculentos contratos de exportación de armas. Por eso, de momento, Moscú ha mantenido un perfil bajo en el conflicto, y a diferencia de Turquía, que parece haber enviado material militar e incluso combatientes a Nagorno-Karabaj, se ha limitado a intentar utilizar su influencia para promover un alto al fuego.

El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, apoyó abiertamente a Azerbaiyán
El presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, apoyó abiertamente a Azerbaiyán Fuente: AFP

El papel del régimen de islamista chiita de Irán ha sido contraintuitivo en un conflicto que enfrenta a un pueblo cristiano a otro de musulmán chiita. En la guerra de hace tres décadas no solo apoyó a Ereván, sino que evitó su derrota al proporcionarle no sólo armas, sino sobre todo combustible, rompiendo el cerco que le habían impuesto turcos y azeríes.

La actuación del ayatollah Khomeini fue todo un ejemplo de realpolitik. Casi un cuarto de la población iraní es étnicamente azerí, y vive en la región fronteriza entre ambos países. Por esta razón, Teherán quiere un Azerbaiyán débil, que no pueda soñar en reunir bajo su égida los veinte millones de azeríes iraníes. Además, tras lograr su independencia en 1991, adoptó un sistema secular inspirado en el de Kamal Ataturk y una política exterior pro-occidental. Es decir, eligió situarse bajo el área de influencia de Turquía, enemigo secular de Irán. Sin embargo, ante el nuevo estallido de violencia mantiene una posición equidistante, tratando de ejercer de mediador, un posición quizás debida al maltrecho estado de sus finanzas por las sanciones de Washington.

El mapa de alianzas no ayuda a responder a la pregunta de por qué estalló ahora el conflicto, después de décadas congelado. Probablemente, responda a una lógica interna del régimen azerbaiyano, cuya legitimación se asienta sobre una excitación nacionalista. Gracias a la exportación de sus ingentes reservas de petróleo, durante las últimas décadas, el presidente Aliyev ha sido capaz de modernizar y reforzar su Ejército. La misma tendencia han experimentado las Fuerzas Armadas turcas. Por lo tanto, el equilibrio del 1994 se ha roto en favor de Bakú, que podría querer aprovecharlo para recuperar parte o la totalidad del territorio perdido en aquella guerra. ¿Lo permitirá Vladimir Putin? ¿Cuál es su línea roja en este conflicto?

Mientras tanto, Estados Unidos anda abstraído en las elecciones potencialmente más desestabilizadoras desde hace más de 150 años. Sin incluir a Turquía e Irán, no parece que el llamado grupo de Minsk (Estados Unidos, Francia y Rusia), creado en 2001 para encauzar el conflicto, cuente con la capacidad de mediar un alto al fuego. En Nagorno-Karabaj hay guerra para rato.

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