
Ortodoxia y pragmatismo
La Argentina retoma su línea tradicional sobre Malvinas
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En 1948 el filósofo Jean-Paul Sartre relató en una obra de teatro, "Las manos sucias" ( Les mains sales ), el conflicto implacable entre dos líderes políticos. Uno de ellos, "puro", no aceptaba ninguna estrategia que vulnerara sus principios. El otro, "impuro", estaba dispuesto a dejar de lado sus principios si ésta era la condición para conseguir resultados prácticos. No vacilaba en "ensuciarse la manos" en el barro de las miserias humanas, para construir una nueva realidad.
En la obra de Sartre, el "puro" termina asesinando al "impuro", pero lo que más nos interesa de ella no es su desenlace sino la presentación de los dos caracteres que encarnan el dilema de siempre de la vida política: la ortodoxia o el pragmatismo.
Las dos posiciones son en última instancia inconciliables porque, en tanto al ortodoxo le importa salvar su alma aun a costa de la realidad, al pragmático le importa salvar la realidad aun a costa de su alma.
Después de Di Tella
Estas observaciones vienen a cuento porque, en su presentación ante el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, el ministro Rodríguez Giavarini ha regresado a la posición tradicional de la Argentina frente a la usurpación británica de las islas Malvinas.
Como se sabe, el principio que siempre fundó esa tradición fue la drástica distinción entre los "intereses" y los "deseos" de los isleños. La Argentina siempre prometió resguardar los intereses de los isleños. Pero eso nunca significó que se les diera parte alguna en las negociaciones argentino-británicas sobre el futuro de las Malvinas.
Nunca, hasta Di Tella.
El canciller de Menem incluyó a los isleños en las negociaciones porque partía de la base de que, mientras éstos se opusieran a la presencia argentina en las islas, el gobierno británico tendría las manos atadas.
En la visión de Di Tella, la vía ortodoxa del reclamo de soberanía ante los británicos seguiría ofreciéndonos un escenario al que nos habíamos acostumbrado: la solemne condena de Gran Bretaña en las Naciones Unidas y, después, nada.
Según la visión pragmática del ex canciller, esto llevó a la Argentina a obtener innumerables "victorias morales" en las Naciones Unidas frente al Reino Unido, pero nada práctico resultó de esta posición intransigente a lo largo de las décadas.
Si los isleños tenían, de hecho, un poder de veto sobre la posición británica, Di Tella creyó que lo realista era "seducirlos" a través del diálogo constante y numerosas demostraciones de afecto para que revisaran su actitud. Pero esto implicaba atender ya no sólo a sus "intereses" sino también a sus "deseos". Una herejía. Aunque con algunos resultados prácticos: de ella provino, por ejemplo, el levantamiento de la prohibición de que los argentinos visitaran las islas que se consiguió el año pasado.
Ahora, todo volverá a la línea tradicional de la diplomacia argentina. Ganaremos, una tras otra, victorias morales en las Naciones Unidas. Preservaremos la santidad de los principios. En las islas, mientras tanto, ya no habrá novedades. El dilema de Sartre, por lo visto, nos sigue acosando.
Petróleo y política
El dilema entre ortodoxia y pragmatismo se ha presentado una y otra vez en la historia argentina. En 1958, contrariando todo lo que había escrito contra el imperialismo en su libro "Petróleo y política", Frondizi concedió los pozos de petróleo a compañías extranjeras. La producción aumentó. En 1963, volviendo a los principios, Illia anuló los contratos. La producción se estancó. Cada opción tuvo sus costos. El pragmatismo, un costo doctrinario. La ortodoxia, un costo económico. Lo peor fue oscilar entre ambas porque sus costos, como consecuencia, se sumaron.
El "costo práctico" de la ortodoxia diplomática de Rodríguez Giavarini nos alejará de nuevo de toda solución de compromiso en las Malvinas. Pero, ¿estaban los argentinos preparados para afrontar el "costo doctrinario" de la renuncia a su reclamo soberano sobre las islas a cambio de avances graduales y probablemente limitados?
Algo hemos progresado en todo caso desde los tiempos de Sartre: Rodríguez Giavarini, al menos, no asesinó a Di Tella ni siquiera simbólicamente, como lo había hecho el radicalismo con Frondizi hace cuarenta años.



