El papa Francisco lavó los pies a doce personas con discapacidades
Por segunda vez en su pontificado, volvió a recrear la escena de Jesús con los apóstoles durante la Última Cena; esta vez, lo hizo con pacientes de un centro de asistencia de entre 16 y 86 años, entre ellos, cuatro mujeres y un musulmán
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ROMA.- Por segunda vez en su pontificado, Francisco les lavó hoy los pies a 12 personas con diversas discapacidades, de entre 16 y 86 años, entre los cuales había cuatro mujeres y un musulmán, todos pacientes de un centro de ayuda de las afueras de Roma. Tal como había hecho el año pasado, cuando se convirtió en el primer Pontífice en evocar de esta forma lo que hizo Jesús cuando les lavó los pies a los apóstoles durante la Última Cena, antes del lavado el Papa pronunció una homilía brevísima, de menos de dos minutos, en la que explicó su gesto.
"Tenemos que ser servidores, los unos de los otros, ésta es la herencia que nos deja Jesús", dijo Jorge Bergoglio, que ya había hecho este acto de servicio y amor varias veces en Buenos Aires, siendo arzobispo, en hospitales o cárceles.
Conciso y directo, en su sermón el Papa recordó que en tiempos de Jesús los pies de los huéspedes, que solían estar sucios de caminar, eran lavados por sirvientes o esclavos. Y que Jesús hizo este trabajo de esclavo, de sirviente, para mostrarles a los apóstoles que ellos también debían seguir su ejemplo y ser servidores, los unos de los otros. Ese es el "testimonio" que Jesús nos dejó, dijo. "Nosotros nos deberíamos preguntar cómo podemos servir mejor a los otros", subrayó.
Para el posterior lavado de pies, el Papa se arrodilló, con las dos rodillas, en el piso, seis veces. A cada una de las personas elegidas, sonriente, humildemente le lavó, secó y besó los pies. El esfuerzo físico de Francisco, que tiene 77 años y sufre de ciática, era evidente: cada vez que debía levantarse era ayudado por su ceremoniero y otro sacerdote.
Las doce personas fueron elegidas entre pacientes de los 30 centros de la fundación sanitaria Don Gnocchi en toda Italia. Entre ellos, el más joven era Osvaldhino, de 16 años, oriundo de Cabo Verde y residente en Roma, que en agosto del año pasado quedó paralizado después de un desafortunado chapuzón en el mar, en un sitio donde el agua era demasiado baja. También estaba Hamed, libio de 75 años y musulmán, que debido a un accidente de auto sufrió severos daños neurológicos y Angelica y Pietro, dos ancianos de 86 años, con diversas patologías. Todos ellos reciben en los centros Don Gnocchi ayuda para convivir con sus discapacidades, para superar sus dificultades, marginalización y aislamiento.
Fiel a su estilo austero, el Papa llegó en su modesto Ford Focus azul metalizado al centro Santa Maria alla Provvidenza de Don Gnocchi, de Casal del Marmo (misma localidad de las afueras de Roma donde el año pasado le lavó los pies a 12 menores de un cárcel). Recibido con entusiasmo –la gente gritaba "¡Grande Papa Francesco!"-, saludó con besos y abrazos a centenares de personas que se acercaron al lugar, antes de ingresar a la capilla para celebrar la misa que conmemora la Ultima Cena.
La misa crismal
Por la mañana, en su segunda misa crismal como obispo de Roma en la Basílica de San Pedro –celebración en la que se bendicen los óleos sacros que se utilizan en bautismos, confirmaciones, ordenaciones y para los enfermos y los sacerdotes renuevan sus votos sacerdotales- en su sermón Francisco hizo un fuerte llamado a la alegría sacerdotal.
"Encuentro tres rasgos significativos en nuestra alegría sacerdotal: es una alegría que nos unge -no que nos unta y nos vuelve untuosos, suntuosos y presuntuosos-, es una alegría incorruptible y es una alegría misionera que irradia y atrae a todos, comenzando al revés: por los más lejanos", dijo.
Al destacar que la alegría del sacerdote está en íntima relación con el "santo pueblo fiel de Dios porque se trata de una alegría eminentemente misionera", Francisco volvió a sorprender por su franqueza. Admitió, de hecho, que él mismo tuvo momentos difíciles en su vida de cura. "Incluso en los momentos de tristeza, en los que todo parece ensombrecerse y el vértigo del aislamiento nos seduce, esos momentos apáticos y aburridos que a veces nos sobrevienen en la vida sacerdotal -y por los que también yo he pasado-, aun en esos momentos el pueblo de Dios es capaz de custodiar la alegría, es capaz de protegerte, de abrazarte, de ayudarte a abrir el corazón y reencontrar una renovada alegría", sostuvo.
Francisco recordó que "la alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la pobreza" por un lado y, por otro, "que se hermana a la fidelidad, no principalmente en el sentido de que seamos todos ‘inmaculados’ -ojalá con la gracia lo seamos- ya que somos pecadores, pero sí en el sentido de renovada fidelidad a la única Esposa, a la Iglesia". "Aquí es clave la fecundidad. Los hijos espirituales que el Señor le da a cada sacerdote, los que bautizó, las familias que bendijo y ayudó a caminar, los enfermos a los que sostiene, los jóvenes con los que comparte la catequesis y la formación, los pobres a los que socorre… son esa ‘Esposa’ a la que le alegra tratar como predilecta y única amada y serle renovadamente fiel", subrayó, en una defensa al celibato sacerdotal.
"La alegría sacerdotal es una alegría que se hermana a la obediencia", dijo finalmente el Papa, que destacó la importancia de la obediencia no sólo a la jerarquía de la Iglesia, sino también "la obediencia a la Iglesia en el servicio". Es decir, disponibilidad y prontitud para servir a todos, siempre y de la mejor manera, explicó.
"La disponibilidad del sacerdote hace de la Iglesia casa de puertas abiertas, refugio de pecadores, hogar para los que viven en la calle, casa de bondad para los enfermos, campamento para los jóvenes, aula para la catequesis de los pequeños de primera comunión….", dijo. "Donde el pueblo de Dios tiene un deseo o una necesidad, allí está el sacerdote que sabe oír y siente un mandato amoroso de Cristo que lo envía a socorrer con misericordia esa necesidad o a alentar esos buenos deseos con caridad creativa", agregó.
"El que es llamado sea consciente de que existe en este mundo una alegría genuina y plena: la de ser sacado del pueblo al que uno ama para ser enviado a él como dispensador de los dones y consuelos de Jesús, el único Buen Pastor que, compadecido entrañablemente de todos los pequeños y excluidos de esta tierra que andan agobiados y oprimidos como ovejas que no tienen pastor, quiso asociar a muchos a su ministerio para estar y obrar Él mismo, en la persona de sus sacerdotes, para bien de su pueblo", concluyó.
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