
Un forjador de sueños que fueron pesadillas
CARACAS.-Fidel Castro murió, anteayer, diez años después de su primera "muerte" y dejó al mundo una pregunta que, para él, ya estaba respondida, incluso antes de la gesta de los barbudos de Sierra Maestra, en los 50.
"Condénenme, no importa; la historia me absolverá", desafió, con uno de los alegatos de más influencia del siglo XX, el mismo con el que el líder revolucionario planteó su defensa en el juicio del asalto contra las fuerzas del dictador Fulgencio Batista en el Cuartel de la Moncada, en 1953.
El "comandante en jefe de la revolución Fidel Castro Ruz", como dijo su hermano Raúl en el anuncio de ayer, permaneció omnipresente en la vida de los cubanos desde que derrocó a Batista en el último día de 1958. Y también en la del mundo del siglo XX. El joven estudiante de la Universidad de La Habana fue capaz de dirigir el desembarco que cambió no sólo la historia de Cuba, sino también de los movimientos revolucionarios del continente, a los que alimentó con planes armados e ideología.
En esos primeros años preñó de sueños a su país. Pero con el paso del tiempo, ellos desaparecieron y se convirtieron en pesadillas.
Como ya sucedió durante la celebración de su 90° cumpleaños en agosto, la revolución tirará la casa por la ventana con el culto exacerbado a su líder, como si su futuro dependiera del tamaño del mito. Como si creyera vivir otro momento crucial, uno más en una larga lista, que hicieron las delicias de biógrafos y narradores, críticos y seguidores.

Fidel nació el 13 de agosto de 1926 en la hacienda de su padre, un inmigrante gallego, en Birán, en el este de Cuba. La pobreza de sus vecinos y el poder de las grandes firmas estadounidenses, como United Fruit Company, despertaron la sed de justicia social en el hijo del terrateniente. Y los curas del colegio jesuita donde estudió después la reforzaron.
Fidel se zambulló en la política en la Universidad de La Habana, donde estudió derecho. El 26 de julio de 1953 lideró el asalto a la Moncada, en Santiago de Cuba, que terminó con la muerte o la captura de la mayoría de sus compañeros. Amnistiado en 1955 por Batista, Castro se marchó a México, donde reunió a un grupo de exiliados con los que desembarcó el 2 de diciembre de 1956 en el este de la isla. Los pocos supervivientes de la desastrosa operación, entre ellos Raúl y Ernesto "Che" Guevara, se refugiaron en la Sierra Maestra y emprendieron la guerra de guerrillas. Apoyado por buena parte de la burguesía cubana, Castro se hizo con el poder el 1° de enero de 1959.
En una revolución construida a base de símbolos, ahora se va el principal de ellos. Su desaire al evitar al premier canadiense, Justin Trudeau, hijo de uno de sus grandes amigos políticos, escondió una nueva reca- ída. Pero tantas veces anunciada su muerte, tantas veces publicado sin rigor el desenlace fatal, en esta ocasión el rumor no avanzó.
Desde que estuvo entre la vida y la muerte en 2006 y tras abandonar Fidel la presidencia, La Habana se convirtió en una meca caribeña de las ideas, a la que líderes y dirigentes de la izquierda mundial viajaron para conversar con el gurú Castro.
El Fidel de la última década ya no galopaba y sus relinchos no asustaban, incluso ya no vestía el uniforme del cuadro vietnamita, transformado en un campera deportiva. Ya no daba miedo, pero detrás de sí deja una leyenda cuyo epílogo, la sentencia de la Historia, está por ser escrita.
El Fidel poliédrico convertido en el símbolo de las gestas revolucionarias, un personaje histórico clave del siglo XX, dictador sin escrúpulos y "héroe antiimperialista"; reformador social y verdugo de libertades.
"Él fue un maestro para la toma de conciencia del continente, para despertar al gigante dormido", escribió el escritor y político Miguel Barnet, uno de sus favoritos. Admirado por la izquierda radical, adulado por el nacionalismo latinoamericano y el gran mullidor en la sombra de la otra revolución, la del siglo XXI. "Podemos decir que la historia lo absolvió, pero también podemos decir: ¡Fidel, comandante; misión cumplida!", clamó Nicolás Maduro ayer.
En otra de esas paradojas de la historia, el diario Granma, órgano oficial del Partido Comunista Cubano (PCC), se despidió con el habitual "¡Hasta la victoria siempre!", su grito de guerra revolucionaria.
Entre sus páginas desfilaron batallas épicas, discursos grandilocuentes y decisiones gubernamentales, mientras se ocultaba al pueblo cubano las realidades que su líder no quería destacar, la de un país que se quedaba atrás en la historia, mientras su gran líder la protagonizaba.
Sus opositores lo vieron como un dictador que no respetaba los derechos humanos, encarcelaba a sus críticos y prohibía a otros partidos políticos. Sus 50 años de gobierno con una cero tolerancia por el disenso llevaron a cientos de miles de cubanos al exilio, incluidos algunos que habían apoyado inicialmente su revolución, y difuminaron para muchos la épica con la que llegó al poder.
En los primeros tiempos de la revolución el centro informativo fue la reconquista de la administración y la campaña de alfabetización, incluido el fracasado desembarco en Bahía de Cochinos. La suma de la campaña de Sierra Maestra y la derrota de los enviados por Estado Unidos lo convirtieron en un mito entre su pueblo. Fidel, el macho, parecía invencible.
Y que para nadie lo dudara, no dudó en encender un Cohíba cuando bajaba la escalerilla del avión que lo llevó hasta Moscú por primera vez. Lo esperaba el dirigente soviético Leonidas Brezhnev, acostumbrado a besar en los labios a sus socios al este del Muro de Berlín. Por supuesto, una opción innegociable para el guerrero caribeño.
La historia dirá finamente la última palabra, pero antes tendrá que repasar el tira y afloja con Estados Unidos, el fracaso de la siembra azucarera, el período especial que siguió a la visita destemplada de Gorbachov o la campaña para recuperar al balsero Elián y sus arengas en el malecón habanero. Y, sobre todo, la de la represión sobre la disidencia. En 1964 reconoció que en la isla había 15.000 presos políticos.
"Mis nietos no escucharán sus interminables discursos", destacó la bloguera Yoani Sánchez, luego de conocer una noticia esperada durante años. La disidencia cubana no tiene ninguna duda sobre el juicio histórico. "Será recordado como un fracaso: fracasaron todas sus ansias de conquistas en África y en América latina. Hay que sumar [también] el desastre de transformar a Cuba en uno de los países más pobres del hemisferio occidental al querer implantar un régimen al estilo soviético", protestó José Daniel Ferrer, líder de la Unión Patriótica de Cuba (Unpacu).
El autócrata caribeño sumó 57 años en el poder, primero como presidente y, después de su enfermedad gastrointestinal, como líder en la sombra, con un peso político determinante sobre la administración de su hermano. De aquí surge la gran paradoja: con la muerte de su hermano, Raúl puede dar rienda suelta a un mayor número de reformas, que en muchas ocasiones Fidel frenó. Pero esto sucede cuando Barack Obama, coprotagonista del histórico deshielo entre Cuba y Estados Unidos, inició la mudanza de la Casa Blanca para dejar paso a Donald Trump.
Pese a la primera impresión y a la zozobra que sacudieron los hogares de ese mismo pueblo cubano dentro y fuera del país, la revolución se preparó durante una década para este momento. Incluso Fidel aprovechó el congreso del PCC en abril para despedirse de los suyos: "Tal vez sea de las últimas veces que hable aquí".
Uno de los grandes protagonistas de la crisis de los misiles, de 1963, cuando el mundo temió como en ningún otro momento una catástrofe nuclear, anunció ese día de abril: "Pronto cumpliré 90 años. Nunca se me habría ocurrido tal idea y fue capricho del azar. Pronto seré ya como todos los demás. A todos llegará nuestro turno".
Ese Fidel que compareció por última vez ante su partido poco tenía que ver con aquel otro que no dudó en mirar al abismo durante la crisis que compartió con los presidentes Kennedy y Kruschev. Los últimos años vivió preocupado por el apocalipsis del planeta, por la calidad de los alimentos, incluso por el bienestar ecológico que tan olvidado tuvo durante su desempeño gubernamental.
Siete meses transcurrieron desde aquella despedida esperando un turno que se resistía a llegar, protegido por los orishas, según los santeros locales. Durante décadas, Fidel pareció inmortal. Ni la CIA, ni la mafia de Chicago, ni los antirrevolucionarios pudieron con él, pese a las 634 operaciones, conspiraciones fallidas o magnicidios abortados que tanta envidia dieron a su gran amigo Hugo Chávez. Trajes de buzo contaminados, helados envenenados, bombardeo en las playas, puros habanos intoxicados, incluso granadas en vez de pelotas de béisbol construyeron una realidad que parecía ciencia ficción.
La poderosa imagen de Fidel acompañó a los cubanos durante cuatro décadas y media, hasta que lastrado por la edad y debilitado por el "accidente de salud", forzó la sucesión en su hermano pequeño. Raúl, en cambio, ya anunció lo que nunca hizo Fidel: dejará el poder en 2018.
Entre los aspirantes, en primera línea, un heredero de la familia: Alejandro Castro Espín, militar todopoderoso que sólo aparece en los momentos trascendentales, ya sea en la visita del presidente estadounidense como en las negociaciones con el ruso Vladimir Putin. El escritor cubano Norberto Fuentes, cercano a la familia Castro antes de exiliarse a Miami con la ayuda de Gabriel García Márquez, narró cómo el propio Fidel entrenaba a diario a su sobrino y primogénito de Raúl.
Fidel apretó durante años los grilletes a los cubanos, impidiendo el libre acceso a los hoteles, prohibiendo la compra de teléfonos móviles, de autos y casas y, sobre todo, cerrando casi todas las ventanas a la iniciativa privada y a la libertad. Su hermano, en cambio, los habilitó en parte.




