Su brutal crimen desató las mayores protestas en décadas Hong Kong y ahora quedó libre

Liberaron a Chan Tong-Kai, el asesino que desató la protestas en Hong Kong
Liberaron a Chan Tong-Kai, el asesino que desató la protestas en Hong Kong Fuente: Reuters
Adrián Foncillas
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23 de octubre de 2019  • 10:10

HONG KONG.- La historia desatiende en ocasiones a los personajes que la generan. El asesino Chan Tong-Kai podría pasear por las calles de Hong Kong sin ser reconocido a pesar de haber provocado las peores protestas en más de medio siglo. Y lo hubiera hecho si la intervención divina no hubiera socorrido a las leyes. Ha salido hoy en libertad, tras apenas un año y medio de cárcel, sin que la justicia hongkonesa pudiera impedirlo. Y se entregará a la taiwanesa de inmediato, si no ha mentido al sacerdote que le ha convencido para que purgue sus pecados también en este mundo.

Rebobinemos a febrero de 2018. Chan mató a su novia embarazada y la descuartizó, apretó los restos en una maleta y la arrojó en un parque de Taipei. La pareja hongkonesa estaba de vacaciones en Taiwán y, según contó en el juicio, ella le había revelado que el hijo le era ajeno y mostrado videos sexuales con otra pareja. Chan regresó a Hong Kong, fue detenido y confesó. Ocurre que la excolonia no puede juzgarle porque el crimen no fue cometido en su suelo ni enviarlo a Taiwán porque carece de tratado de extradición. Chan sólo pudo ser condenado por haberle sustraído a su novia unos 2000 dólares con su tarjeta de crédito y otras pertenencias.

La madre de la víctima envió cinco desesperadas cartas a la jefa ejecutiva, Carrie Lam, y esta se puso manos a la obra. Tramitó la Ley de Extradición que, argumentó, acabaría con esas lagunas procedimentales, ayudaría a la lucha internacional contra el crimen e impediría que Hong Kong siga siendo un refugio de criminales de todo pelaje.

Pero una parte de la sensibilizada sociedad no vio en la ley un instrumento para enviar a un asesino hacia la intachable justicia taiwanesa sino una pasarela hacia la turbia justicia del interior por la que desfilarían disidentes políticos, miembros de Falun Gong y otros elementos molestos para Pekín. Su tramitación llenó las calles de hongkoneses que temían el fin de ese cortafuegos que rige desde que Hong Kong regresó a China en 1997. Nunca sabremos su utilidad: el gobierno, tras una resistencia férrea, acabó retirándola el mes pasado en un intento inútil de pacificar a los contrarios y hoy se ha formalizado su entierro. Ni siquiera sirvieron las enmiendas que excluían su aplicación en casos políticos y religiosos o preveían el examen de cada caso por el Gobierno y tribunales. Las protestas han continuado y las cinco demandas que ya exige el movimiento autocalificado de prodemocrático descartan un final a la vista.

El Gobierno local había aclarado que, sin esa ley de Extradición, carecía de armas para retener a Chan un día más en la cárcel. Los tribunales incluso exploraron la posibilidad de que hubiera planeado el asesinato antes de viajar a Taiwán pero aquella pirueta jurídica fue comprensiblemente desechada.

Sólo su inminente liberación ha devuelto brevemente los focos hacia Chan. La prensa local ha desvelado estas semanas las visitas a la cárcel de los legisladores prochinos para convencerle de que se entregara. También el fuerte vínculo forjado entre Chan y el reverendo anglicano Peter Koon, quien no sólo le ha convertido al cristianismo sino que le ha empujado a dar el paso. Al reverendo se le intuyen unas considerables dotes persuasivas porque la justicia taiwanesa contempla la pena de muerte en casos de asesinatos. Los expertos señalan que es más probable una larga condena entre rejas por su entrega voluntaria y la presión social abolicionista.

Lam reveló en una entrevista este fin de semana que Chan le había escrito una carta solicitando que inicie los arreglos de su entrega a Taiwán. Lam espera que el desenlace alivie a la familia a la víctima y apacigüe los ánimos en las calles. Sólo lo primero es probable porque Chan es sólo una nota a pie de página. Apenas una fracción de la prensa que cada fin de semana cubre los disturbios ha acudido esta mañana a la cárcel para escuchar sus disculpas. El reverendo ha dicho que confía en que cumplirá su palabra pero, en un ciudad hundida en la violencia y el vandalismo semanales, a pocos parece importarle que un asesino pise las calles.

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