Terror en Nigeria: más allá de la religión, una guerra de crecientes desigualdades

A dos meses del secuestro de cientos de chicas por parte del grupo islámico Boko Haram, los analistas ven en las agudísimas diferencias sociales del país las raíces detrás de la violencia sectaria
Adriana Riva
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21 de junio de 2014  

En el Sur, en la capital, Abuja, todo es orden y modernidad
En el Sur, en la capital, Abuja, todo es orden y modernidad Crédito: reuters

En nombre de Alá proliferan desalmadas aberraciones. Absurdos como Boko Haram, el grupo fundamentalista que, hace dos meses, secuestró a más de 200 estudiantes nigerianas y escandalizó al mundo.

El secuestro dio visibilidad internacional a una organización que, desde hace al menos cinco años, lleva adelante una suerte de "santa inquisición islámica", una carnicería humana que nadie, ni siquiera Al-Qaeda, aprueba. Sus víctimas son indistintas. Mujeres y hombres. Niños y adultos. Militares y civiles. Cristianos y musulmanes. En nombre de Alá proliferan desalmadas aberraciones.

Diez días antes del secuestro de las jóvenes, Nigeria estaba en la tapa en los medios internacionales por otro tema: su nuevo estatus de primera economía de África, por delante de Sudáfrica. Empujados por el oro negro del delta del Níger, que sigue siendo la fuente principal de ingresos del país; por Nollywood, la industria de cine más grande del mundo en volumen después de la India, y por las telecomunicaciones, que pasaron de un puñado de suscriptores a 120 millones en 20 años, los nigerianos avanzan. Pero mientras unos pocos corren, la gran mayoría arrastra los pies.

Nigeria es el país de la desigualdad en carne viva. En la nación más poblada del continente, con 177 millones de habitantes, la opulencia y la miseria se miran cara a cara. El país en donde las concesionarias de Lamborghini y Porsche rugen, el 70% de sus ciudadanos sobrevive con menos de dos dólares al día. Reflejo de ello es el infame puesto que ocupa Nigeria en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU en 2013: 153° entre 187 países. Esa desigualdad se acentúa aún más entre el norte musulmán y el sur cristiano. En el Norte, el ingreso promedio de un trabajador es la mitad del de uno del Sur; la pobreza es tres veces mayor; el desempleo, más agudo, y el analfabetismo, el más elevado de toda África. En ese norte musulmán, pero ante todo paupérrimo y olvidado, opera Boko Haram.

En 2002, cuando el clérigo Mohammed Yusuf fundó el movimiento de alma fanática, atraía seguidores apelando a su frustración por la corrupción de los políticos, los abusos de las fuerzas de seguridad y las desigualdades; no apelando a su vocación religiosa. Conquistaba por su grito contra las inequidades; no por su intención de imponer la sharia (ley islámica) en el Norte.

El fanatismo era, más bien, lo que producía rechazo. Y por eso analistas aseguran que si el grupo hubiese sido secular, hoy tendría millones de seguidores, cansados de décadas de políticas perversas que auparon la existencia de gigantescas disparidades y de un abandono colosal de regiones y poblaciones. De aquellos polvos vienen estos lodos.

"La gran mayoría de quienes rezan hacia la Meca [es decir, el 50% de la población] aboga por una visión conservadora de la fe y rechaza el fanatismo ideológico de Boko Haram, que intenta, sin éxito, iniciar una guerra sectaria", explica a LA NACION el analista Philippe de Pontet, director para África de la consultora Eurasia Group, en Washington.

Ya en 2012, en respuesta a los numerosos incidentes violentos entre comunidades religiosas en Nigeria, una delegación internacional de musulmanes y cristianos visitó el país para comprender las razones detrás de este flagelo.

Con el título "En nombre de Dios, informe sobre la crisis y las tensiones interreligiosas en Nigeria", la delegación publicó un trabajo en el que concluyó que las principales causas de los conflictos en el país no son religiosos. "Sus raíces, más bien, residen en una compleja matriz de problemas políticos, étnicos, económicos y jurídicos, entre los cuales la cuestión de la justicia -o la falta de ella- ocupa un lugar preponderante."

Lo que se explica como violencia religiosa o étnica, añade, oculta en su interior "la injusticia de grandes desigualdades, donde amplios sectores son discriminados en la distribución de la riqueza nacional y excluidos de servicios sociales básicos".

Esos "amplios sectores" son, en su mayoría, desempleados de entre 15 y 24 años. "El norte de Nigeria es hoy un enorme embalse de jóvenes musulmanes decepcionados, desesperanzados y vulnerables", afirma a LA NACION el escritor Emmanuel Osuchukwu, autor de Crisis y evolución de la política nigeriana. Jóvenes víctimas de una peligrosa exclusión social, que convirtió a muchos de ellos en reclutas de Boko Haram.

La corrupción, otro monstruo

Con tasas de crecimiento que superan el 7% anual, Sarah Chayes, experta del centro de estudios Carnegie Endowment for International Peace, opina que "la corrupción gubernamental" es el verdadero monstruo nigeriano, en donde los políticos de turno roban sin sonrojarse.

En febrero pasado, por ejemplo, el gobernador del Banco Central denunció que habían desaparecido 20.000 millones de dólares de la principal compañía petrolera estatal. ¿Cuál fue la reacción del afortunado -en todo sentido- Goodluck Jonathan, el presidente del país? Destituir al gobernador.

"Boko Haram nació en respuesta a la corrupción abusiva del gobierno nigeriano. Durante años, el grupo atacó sólo blancos gubernamentales, principalmente a la policía, que es una de las más sobornables y abusivas de África -dice Chayes a LA NACION-. Hay que recordar que en sus inicios, el grupo representó un movimiento revolucionario extremista contra la desenfrenada corrupción del gobierno."

Osuchukwu coincide: "Cualquier país más corrupto que Nigeria debe ser el infierno en la Tierra".

Varios expertos sostienen que si el gobierno de Abuja eliminara la corrupción endémica y redujera la pobreza y la desigualdad, lograría la estabilidad necesaria para consolidar su liderazgo. Entre tanto, ni el tamaño de su economía ni el despliegue de fuerzas serán suficientes para eliminar a todos los Boko Haram que puedan materializarse.

A la espera de estos cambios, Nigeria sucumbe al terrorismo. En diálogo telefónico con LA NACION, Ifeanyi Onah, un profesor y gestor social de su localidad, Enugu (Sur), cuenta que dejó de frecuentar lugares concurridos porque las muchedumbres son blancos de Boko Haram.

"Lo que afecta al norte del país afecta al sur del país. Y lo que afecta a Nigeria afecta al resto de África - expresa-. Ya nadie se siente seguro." Ni siquiera las "superáguilas verdes", la selección de futbol del país, que en pocos días enfrentará a la Argentina, en el Mundial. "La tensión en Nigeria va a afectar a mis jugadores durante la Copa, ya que sus familiares viven allí. Enterarse de cualquier ataque terrorista los distraerá", dijo la semana pasada Stephen Keshi, el entrenador que dejó fuera del equipo a varias de sus estrellas, en busca de consolidar un grupo solidario y comprometido. Una idea de la que los políticos nigerianos podrían aprender.

Un país partido al medio

  • El norte musulmán, pobre y relegado

En la zona donde opera Boko Haram, el salario de un trabajador es la mitad del de uno del Sur; la pobreza, tres veces mayor y el desempleo, más agudo.

  • El sur cristiano, pujante y rico en recursos naturales

La producción petrolera y la distribución de sus ingresos –de US$ 44.000 millones– se concentran aquí.

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