Trump fue adulador, Xi se mostró inflexible. La diferencia habló por sí sola
En su primer día en Pekín, el presidente estadounidense elogió públicamente a su par chino y buscó mostrar sintonía personal, mientras Xi Jinping fijó límites claros sobre Taiwán, la relación bilateral y el nuevo equilibrio de poder entre ambas potencias
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PEKÍN.– Para el presidente Donald Trump, el primer día de su visita a China giró en torno a la relación personal entre él y Xi Jinping, el líder chino.
“Usted es un gran líder”, le dijo a su anfitrión, a quien a menudo afirmó admirar por su control “poderoso” sobre una nación de 1400 millones de personas. “Se lo digo a todo el mundo”.
Xi, como era de esperar, dedicó poco tiempo a las adulaciones. Una vez terminado el saludo de 21 cañonazos y el desfile perfectamente sincronizado de unidades del Ejército Popular de Liberación, el disciplinado líder chino pasó de inmediato a fijar límites para la relación entre ambos países.
La línea roja era Taiwán, dijo, y dejó en claro que el intento de acercamiento de Trump podía fracasar antes de despegar si interfería en el esfuerzo de largo plazo de China por tomar control de la isla autogobernada.
“Estados Unidos debe manejar la cuestión de Taiwán con el máximo cuidado”, dijo, según un comunicado de Xinhua, la agencia oficial de noticias china.
La advertencia llegó apenas minutos después de iniciar sus declaraciones públicas en el Gran Salón del Pueblo, el centro del poder de la República Popular desde apenas una década después de la revolución de Mao. Para Xi, todo consistía en fijar límites desde el comienzo.
El momento pareció capturar el nuevo equilibrio entre los dos adversarios. Xi apareció con cada detalle cuidadosamente guionado y sin dejar dudas de que, pese a todos los problemas de China —deflación, despoblación y el estallido de la burbuja inmobiliaria—, había llegado el momento en que el país actúa como una superpotencia par de Estados Unidos.
En cada instancia, al menos al inicio de su viaje de dos días a China, Trump sonó conciliador, exactamente lo opuesto a sus descripciones de China en actos públicos en Estados Unidos, donde durante sus campañas presidenciales habló del país como un ladrón de empleos y una amenaza para la seguridad nacional.
Xi, aunque sonriente y cordial con Trump, se mostró silenciosamente más confrontativo, especialmente respecto de Taiwán, donde lanzó una advertencia inequívoca.
La brecha reflejó directamente el nuevo nivel de confianza y autoridad que Xi adoptó en sus discursos públicos, pese a las dificultades de la economía doméstica, mientras observa cómo Estados Unidos se hunde en un conflicto con Irán, otra confrontación en Medio Oriente sin una salida sencilla.
El presidente chino diseñó la jornada meticulosamente, incluso con una visita al Templo del Cielo, el complejo de la dinastía Ming ubicado no lejos de la Ciudad Prohibida. Mientras Trump recorría la maravilla arquitectónica del siglo XIII, recibió una lección de historia del líder chino, adaptada para resonar con la era moderna.
En el brindis durante el banquete de Estado televisado del jueves por la noche, Trump llevó una lección propia. Describió los vínculos entre China y Estados Unidos remontándose a la Empress of China, el barco que realizó un viaje de 14 meses en 1783 para abrir el comercio y llevar a los primeros diplomáticos estadounidenses a lo que entonces se conocía como Cantón, hoy llamado Guangzhou.
“Nos llevamos bien incluso cuando hubo dificultades, las resolvimos”, dijo Trump. Pero aun entonces planteó la relación en términos personales y dejó en claro que las enormes diferencias entre ambos países debían solucionarse entre dos líderes fuertes.
“Yo lo llamaba y usted me llamaba cada vez que teníamos un problema. La gente no lo sabe, pero cada vez que teníamos un problema”, afirmó. “Lo resolvíamos muy rápido y vamos a tener un futuro fantástico juntos”.
Por su parte, Xi volvió a su mantra habitual: para evitar que la competencia se convierta en conflicto, ambas naciones deben impedir caer en la “trampa de Tucídides”.
(Esa teoría, popularizada por el profesor de Harvard University Graham Allison en su libro Destined for War: Can America and China Escape the Thucydides Trap, sostiene que cuando una potencia emergente desafía a una potencia dominante, el resultado suele ser la guerra. “Fue el ascenso de Atenas y el temor que ese ascenso generó en Esparta lo que hizo inevitable la guerra”, escribió el historiador griego Tucídides).
Xi propuso una solución familiar: prohibir el discurso sobre la competencia entre las dos principales superpotencias económicas —un elemento habitual de la Casa Blanca de Joe Biden— y enfocarse en la “estabilidad”, una característica de gobierno rara vez asociada con Trump.
“Los intereses comunes entre China y Estados Unidos superan nuestras diferencias”, dijo Xi, según los medios estatales. “La estabilidad en las relaciones entre China y Estados Unidos es beneficiosa para el mundo”.
Pero, a diferencia de Trump, también exploró el escenario alternativo.
“Si se maneja mal, los dos países colisionarán o incluso chocarán, colocando toda la relación entre China y Estados Unidos en una situación extremadamente peligrosa”, afirmó, en una referencia clara a Taiwán, según el comunicado oficial.
Si mucho de esto suena familiar, es porque lo es. Xi tiene homilías recurrentes, parte de su enfoque de “rey filósofo” para gobernar China. Y en esta cumbre inventó una nueva: dijo coincidir con Trump en “una nueva visión para construir una relación China-Estados Unidos constructiva y de estabilidad estratégica”.
Como señaló Rush Doshi, especialista en China de Georgetown University, eso sonó como un intento de “asegurar una tregua favorable para ellos, y quieren hacerlo más allá de Trump, con esta distensión posterior a la guerra comercial como línea de base”.
Futuras disputas sobre la sobrecapacidad manufacturera china o la reconstrucción de la capacidad militar estadounidense en el Indo-Pacífico podrían declararse “una violación de este marco”, escribió en X.
El contraste con el estilo de Trump —para quien las cumbres sirven para obtener “acuerdos” inmediatos, generalmente aquellos que puede exhibir como generadores de empleo o ventas— suele resultar impactante. Trump, por ejemplo, llevó consigo a un grupo de ejecutivos empresariales, cuya presencia, dijo, buscaba mostrar “respeto” hacia China mientras intentaban conseguir acceso al mercado.
Tenía un aire a los años 90, la época en que Bill Clinton y George W. Bush llevaban líderes empresariales para explorar la promesa del mercado chino, muchas veces por primera vez. Pero la delegación de Trump llegó con décadas de experiencia, gran parte amarga. Algunos eran sobrevivientes de las disputas por el robo de propiedad intelectual y las restricciones diseñadas para favorecer a la industria china local.
Xi no llevó un grupo equivalente. No hubo ejecutivos de BYD, la enorme automotriz china que intenta encontrar cómo hacer negocios en Estados Unidos, ni de DeepSeek, la firma de inteligencia artificial en el centro de la disputa con las compañías estadounidenses del sector.
También aparecieron otras notas discordantes, apenas perceptibles debajo del sonido de las copas y los brindis optimistas. A diferencia del comunicado chino, la versión estadounidense, difundida por la Casa Blanca, habló de reforzar la lucha contra los precursores del fentanilo —un problema de larga data con China— y de comprar productos agrícolas estadounidenses. No mencionó Taiwán, ni las restricciones chinas sobre las tierras raras, ni la rápida expansión del arsenal nuclear chino.
La Casa Blanca también describió a Estados Unidos y China alineados respecto de la necesidad de reabrir el estrecho de Ormuz y mantenerlo libre de peajes iraníes. Todo eso era cierto, pero ignoró una complicación más profunda: pese a los pedidos estadounidenses, es improbable que China ejerza gratuitamente la influencia que posee sobre Irán. Cuál podría ser el precio todavía no está claro.
La verdadera prueba sobre cómo estos dos hombres discuten sus diferencias podría llegar el viernes por la mañana, cuando Trump tiene previsto mantener reuniones mucho más reducidas con Xi. Es el tipo de encuentro que más le gusta: líder a líder. Y una vez que abandone el espacio aéreo chino, parece probable que presente su propia versión preferida de esas conversaciones.
El gobierno chino probablemente será mucho más circunspecto.
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