Un presidente que doblegó a Washington

Rafael Mathus Ruiz
Rafael Mathus Ruiz LA NACION
Trump, anoche, en el discurso del Estado de la Unión
Trump, anoche, en el discurso del Estado de la Unión Fuente: AFP
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5 de febrero de 2020  • 18:30

WASHINGTON.- Tres años después de pisar la Casa Blanca, Donald Trump está en su mejor momento. Su absolución en el juicio político por el escándalo Ucraniagate le brindó una nueva victoria cuando faltan solo nueve meses para la elección presidencial. Pero, por sobre todo, ofreció la mayor demostración de fortaleza del trumpismo, su marca política, que terminó por imponerse y doblegar a Washington.

Cuando Trump ganó la presidencia, y medio país quedó congelado por el espanto, hubo quienes intentaron llevar algo de calma con el argumento de que las instituciones de Estados Unidos pondrían límites al novato presidente. Como tantos otros pronósticos sobre Trump, fue errado. Trump creó su mayor escándalo, el Ucraniagate, y se enfrentó a la prueba más difícil, un juicio político, el "remedio de última instancia" previsto en la constitución para impedir que un presidente traspase los límites institucionales, y abuse del poder de la Casa Blanca.

Una vez más, Trump salió ileso. Es más: salió fortalecido.

Washington quedó más dividido. Anoche, dos escenas del discurso del Estado de la Unión lo dejaron a la vista de todos. Trump le negó el saludo a Nancy Pelosi cuando ella estiró la mano al recibirlo antes de su mensaje, el más trumpista de los tres que ha dado. Y al final, Pelosi rompió su discurso con sus manos ante las cámaras -lo llamó "un manifiesto de falsedades"- y lo tiró arriba de la mesa. Varios demócratas ni siquiera fueron a escuchar al presidente, y otros se fueron antes de que terminara. Los republicanos lo ovacionaron de pie. Grieta total.

Ya en su época de candidato, Trump se movía suelto, sin límites ni restricciones. Dijo que podía dispararle a alguien en la 5ª Avenida de Manhattan, y no perder un solo voto. Le pidió a Rusia que publicara los emails de Hillary Clinton. Ocultó su declaración jurada, y salió indemne del audio donde decía que podía "agarrar a las mujeres por la c." gracias a su fama.

Nada cambió en la Casa Blanca. En tres años, Trump hizo 16.241 declaraciones que fueron mentiras, falsedades o frases engañosas, según el conteo del Washington Post, un promedio de 14 por día. Cavó en la grieta, y gobernó solo para su base. Quemó todos los protocolos, y estiró los límites de la presidencia hasta borrarlos. El Ucraniagate, expuesto por un denunciante de su propio gobierno, lo puso contra las cuerdas.

Pero lejos de retroceder ante el peor escándalo de su presidencia, Trump reaccionó fiel a su estilo: a la ofensiva, atacando, redoblando la apuesta.

El juicio más corto

El dominio total del trumpismo quedó en evidencia en el juicio político. Los demócratas no pudieron siquiera forzar a funcionarios clave de Trump a que fueran al Congreso a testificar, ni tampoco que la Casa Blanca entregara toda la información sobre el escándalo. Los republicanos en el Senado no solo absolvieron a Trump: también moldearon el juicio a su favor para blindarlo de cualquier daño posible. De los tres impeachment en la historia de Estados Unidos, el de Trump fue el más corto.

Hubo senadores republicanos que creyeron la acusación de los demócratas. Dijeron que Trmp actuó de manera "inapropiada", "defectuosa" o "vergonzosa y equivocada". Pero, aún así, lo absolvieron. Lamar Alexander, uno de los republicanos moderados que absolvió y criticó a Trump, resumió la visión del oficialismo ante el escándalo: el veredicto final es de los votantes, no del Senado. "Que la gente decida", afirmó.

Solo Mitt Romney se atrevió a romper con Trump, quien reúne un notable apoyo del 94% entre los votantes republicanos, según Gallup. Romney hizo historia: fue el primer senador que votó a favor de destituir al presidente de su partido en un impeachment. Todo un giro: en 2012, Romney había sido el candidato del partido que ahora pertenece a Trump.

El cinismo envolvió al juicio político. Trump, quien prohibió a sus principales funcionarios que testificaran y bloqueó el acceso a documentos para la investigación, tildó todo de "farsa". En 1998, Bill Clinton pidió perdón, y hasta prometió tratar de recuperar "la confianza de los estadounidenses" antes de su impeachment. Trump, no. Defendió día a día todo lo que hizo, y fue más allá: acusado con "evidencias abrumadoras", según los demócratas, incluidas sus propias palabras, acusó a la oposición de montar un "golpe de estado" para deshacer su victoria de 2016, y hasta le pidió a China, delante de las cámaras de televisión, en los jardines de la Casa Blanca, que investigara a Joe Biden, el mismo pedido a Ucrania que desató el Ucraniagate.

Allan Dershowitz, abogado estrella de Trump, ofreció la defensa más trumpista del juicio: dijo que no se podía acusar al presidente por querer favorecer su propia reelección porque, a su juicio, actuaba "en el interés público". Los demócratas lo acusaron de sugerir que Trump podía hacer lo que quisiera como presidente, un "descenso a la locura constitucional". Una impunidad desvergonzada.

Trump ganó el juicio político. Ya había salido indemne de todos sus escándalos anteriores, incluso del Rusiagate. Ahora golpeó, y logró salir de las cuerdas, otra vez. Al final, enero de 2020 fue uno de los mejores meses de su presidencia: debilitó a Irán, rubricó su acuerdo comercial con China y firmó el "Nafta 2.0" -dos promesas pilares de su campaña-, y sobrevivió la ofensiva demócrata y su popularidad llegó al nivel más alto de su presidencia.

La economía, su principal pilar, sigue a tope, y Trump cuenta con un respaldo casi unánime entre los republicanos . A nueve meses de la elección presidencial, Trump y el trumpismo están más fuertes que nunca.

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