Coronavirus. Jair Bolsonaro: un capitán a la caza de sus rivales políticos

Jair Bolsonaro está haciendo movimientos bruscos como si tratara de desactivar un complot destinado a tumbarlo de la presidencia de Brasil en el medio de la crisis por el coronavirus
Jair Bolsonaro está haciendo movimientos bruscos como si tratara de desactivar un complot destinado a tumbarlo de la presidencia de Brasil en el medio de la crisis por el coronavirus Fuente: Reuters - Crédito: Ueslei Marcelino
Merval Pereira
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25 de abril de 2020  

Río de Janeiro.- El presidente Jair Bolsonaro está haciendo movimientos bruscos como si tratara de desactivar un complot destinado a tumbarlo de la presidencia de Brasil. Por más que ese complot exista solamente en su febril cabeza y en la de sus hijos.

Su proceder se asemeja mucho al de presidentes que al final no pudieron terminar sus mandatos, como Collor o Dilma. Todo empieza y termina con la pedregosa relación con el Congreso. Como Collor, que fue elegido por el PRN, un partido enano, Bolsonaro también decidió gobernar sin el apoyo de una base parlamentaria.

Cuando ya estaba todo perdido, con denuncias de irregularidades de todos lados, Collor intentó acercase al Congreso, con acuerdos de última hora y armando un gabinete de notables que le diera credibilidad. Ese gabinete funcionó tan bien que sus integrantes atravesaron esa crisis política sin que manchara sus biografías. Pero el apoyo del Congreso no llegó, y Collor cayó.

Dilma pasó su primer mandato gastando el capital político de popularidad que le legó Lula, su mentor, quien también le dejó de herencia el escándalo del Lava-Jato. Sumando corrupción e incompetencia, Dilma iba derecho al patíbulo.

Hizo un último intento repartiendo cargos entre los parlamentarios que teóricamente conformaban su base de apoyo, pero el final estaba cantado. Es interesante señalar que Lula montó una super base partidaria, justamente con el propósito de evitar el juicio político, pero era una base de vidrio que se quebró en la primera oportunidad.

Bolsonaro va por el mismo camino, aunque no esté amenazado por ningún juicio político, salvo en el mundo virtual en el que vive, fuera de la realidad. Y ahora incluso más, en medio de una pandemia. Pero Bolsonaro ya salió a cazar a sus potenciales adversarios de 2022, dispuesto a terminar con los superministro y las alas técnicas de sus ministerios, para fortalecer al ala ideológica de su gobierno y a sus pares militares. Ya se fue Luiz Henrique Mandetta, que por su actuación frente al Covid-19 había pasado a ser una especie de superministro. Y el liberalismo del ministro de economía Paulo Guedes cotiza en baja.

Hasta la mismísima ministra de agricultura, Teresa Cristina, por unanimidad, está siendo perseguida por las milicias digitales. Tal vez el secreto de toda crisis sea ese: la unanimidad. Los ministros con buena aceptación popular son vapuleados en las redes sociales, no son confiables para el núcleo duro del bolsonarismo. Tampoco muchos militares, y a ellos puede pasarles lo mismo que a Santos Cruz, por ejemplo, que cayó por una campaña orquestada por Olavo de Carvalho.

Carvalho, el gurú de la familia Bolsonaro, lamentablemente cree que los militares por lo general no son confiables. Pero hay otra razón, tanto o más fuerte, para que el presidente Jair Bolsonaro tenga a la Policía Federal en la mira: es la fuerza que investiga las denuncias contra su hijo, el senador Flávio Bolsonaro, y también al gabinete del odio, origen de las fake news que salen de las redes sociales que coordina otro de los hijos, el concejal Carlos Bolsonaro.

La irritación del Bolsonaro presidente llegó a su punto máximo con el jefe de la Policía Federal, Maurício Valeixo, cuanto supo que a pedido del Supremo Tribunal Federal (STF), el comisario pondría al frente de la nueva investigación por expresiones antidemocráticas impulsada por el procurador general de la República, al mismo equipo que ya investigaba la causa de las fake news, y que ambos tendrán como relator al ministro Alexandre de Moraes.

El exministro de Justicia, Sergio Moro, reaccionó presentando su renuncia, al sentir que perdió el poder que tenía, y sobre todo, el poder que los demás creen que tenía. Tras su renuncia, no podrá nombrar al próximo jefe de la Policía Federal, ni evitar que la nueva designación sea política.

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