Un Estado propio, el plan de fuga de la secta de Al-Assad
La minoría alauita buscaría refugio en el noroeste sirio, su lugar de origen
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MADRID.- Pese al uso de la artillería pesada, los carros de combate y hasta la aviación para bombardear barrios sublevados, el régimen del presidente Bashar al-Assad podría perder la guerra. Hay provincias, como Deir el Zor, que escapan al control del ejército, y los combates llegaron ya a los suburbios de Damasco. El estruendo de las bombas se oyó desde el palacio presidencial.
¿Qué harán Al-Assad y sus secuaces de la minoría alauita, una rama del islam chiita, si los rebeldes empiezan a conquistar Damasco? Entre generales y jefes de los servicios de seguridad que comparten la misma religión que el presidente ninguno cambió de bando. Los alauitas representan cerca del 10% de los 22 millones de sirios, que en un 75% son musulmanes sunnitas.
Miembros de la oposición siria y expertos en la región sospechan que los fieles a Al-Assad no van a luchar hasta la última gota de sangre sino que intentarán ponerse a salvo en una región del noroeste del país, en las montañas del Djebel Ansariye, y las ciudades costeras de Latakia y Tartús, de donde son originarios.
"Cuando llegue el día en que no puedan evitar la caída de Damasco los subordinados [de Al-Assad] pueden regresar a las zonas alauitas", dice Gary Gambill, director de la publicación Middle East Quarterly. Tienen "tanta sangre en sus manos" que les será imposible "vivir seguros en Siria tras entregar el poder", añade.
No sólo la guardia pretoriana del presidente sino también el conjunto de los alauitas deben temer la venganza. "El clan Al-Assad logró comprometer a los miembros de su comunidad implicándolos en las matanzas", sostiene el ex diplomático francés Ignace Leverrier. "Una mayoría de alauitas, militares, agentes de servicios secretos y shabihas [milicianos a sueldo] causaron víctimas entre la población sunnita", dice.
"La creación de un Estado alauita se ha convertido casi en una certeza", repite Abdel Halim Khaddam, vicepresidente sirio hasta poco antes de su exilio en Francia, en 2005. Desde diciembre pasado, "los misiles y armas estratégicas fueron transferidos" al noroeste del país, afirma.
"La operación está en marcha y por eso en esa zona se está produciendo una discreta limpieza étnica" de sunnitas para reducir su peso, recalca Nawal Sibai, una escritora siria exiliada en Madrid. Paralelamente, según Leverrier, muchos civiles alauitas, esparcidos por todo el país, regresan a la tierra de donde son originarios.
"Muchos dentistas y abogados se quedaron sin clientes de otras confesiones porque la guerra provoca un repliegue sobre su propia comunidad", explica el ex diplomático.
Leverrier cree que Rusia apoyaría esa entidad alauita, que podría ser algo parecida al Kurdistán autónomo dentro de Irak, para conservar así en Tartús su base naval. Israel tampoco debería verla con malos ojos porque fragmentaría y debilitaría a Siria, que no volvería a ser una amenaza para el Estado judío.
Francia, la potencia colonial, ya había creado en 1922 un territorio autónomo alauita, que en 1924 se convirtió en Estado y a partir de 1930 acabó llamándose gobierno independiente de Latakia, pero siempre bajo la tutela de la metrópoli. En 1936 París lo incorporó de nuevo a Siria.
© El País, SL
Ignacio Cembrero
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