Un papa que con su empatía conquistó a toda Italia

Beppe Severgnini
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5 de octubre de 2013  

ROMA.- Un día, cuando el papa Francisco salía de la residencia Santa Marta, la espartana casa de huéspedes de la Ciudad del Vaticano donde prefiere vivir, en vez de los solitarios pero lujosos aposentos papales, se encontró con un obispo que esperaba a su chofer. "¿No puede caminar?", le preguntó el Papa, con una sonrisa.

Ésa es una de las muchas historias que se cuentan en el Vaticano desde que Jorge Mario Bergoglio fue elegido para suceder a Joseph Ratzinger, el 13 de marzo. No sé si la historia es cierta o no. Lo que importa es que el número de sacerdotes mayores que usan vehículos sin necesidad disminuyó drásticamente.

Si Juan Pablo II fue la estrella rock de la Iglesia Católica, y Benedicto XVI el preceptor, el papa Francisco es su innovador: el Steve Jobs de la Iglesia.

"Yo veo la Iglesia como un hospital de campaña después de la batalla", dijo en una reciente entrevista. "No tiene sentido preguntarle a un hombre gravemente herido cuál es su nivel de azúcar en sangre. ¡Lo que hay que hacer es atenderle las heridas!"

Y las cosas que atender son muchas. El Papa promete nuevas interpretaciones de la homosexualidad, las parejas divorciadas y vueltas a casar, las relaciones con otras religiones y la importancia de la conciencia.

Francisco reemplazó su reticencia a aceptar el cargo de papa -una reticencia que hizo que en su momento los cardenales optaran por Ratzinger, el cardenal alemán que se convirtió en Benedicto XVI, en 2005- por una incansable actividad y una franqueza demoledora. "La Iglesia solía estar encabezada por narcisistas adulados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado", le dijo al periodista (ateo) Eugenio Scalfari, de 89 años.

Y no se conformó con palabras. Hace unos días, el Banco Vaticano cerró las cuentas de unas 900 organizaciones y embajadas, algunas de ellas por sospechas de lavado de dinero.

Los italianos, a quienes el Papa considera sus vecinos, están sin palabras. Resignados a ver cómo los altos clérigos restan importancia a los excesos de Silvio Berlusconi, ahora miran atónitos a un papa que se distancia de la política. Los italianos están acostumbrados a la mentalidad empresarial de movimientos eclesiásticos como Comunión y Liberación, y les cuesta creer que Francisco prefiera honestamente las buenas obras a los buenos dividendos.

Los más contentos son los párrocos de toda Italia. Con una asistencia a la misa dominical que actualmente no alcanza al 30% de la población, las parroquias están felices de tener un papa que entusiasma a los creyentes e inspira respeto en los no creyentes.

A Francisco la gente le gusta al menos tanto como a Benedicto le gustaban los libros. El papa alemán les dio a los católicos una implacable lección de teología. El argentino les ofrece consuelo y comprensión. " All you need is love ". Lo único que hace falta es amor. Que nadie se sorprenda si Francisco empieza a citar a John Lennon.

Es un papa que comunica. Y no por sus tuits; los poderosos de todas partes tuitean. No por sus llamados telefónicos a gente que no lo conoce. No por haber pagado su cuenta en el Domus Internationalis Paulus VI, donde se alojó los días previos al cónclave. La capacidad de Francisco para comunicar deriva de su empatía, y no de acciones individuales. Sólo Bill Clinton y el presidente Barack Obama mostraron esa habilidad para sintonizar con la gente.

Cuando Francisco se mueve entre la multitud, atrapa los regalos que le arrojan y agradece con el pulgar hacia arriba. Posa en fotos con estudiantes. Cuando se encontró con la selección argentina de fútbol, y uno de sus jugadores, Ezequiel Lavezzi, aprovechó para sentarse en el solio papal, Francisco se rió y dijo: "¡Así son en mi país!". Y agregó: "¿Ahora entienden por qué soy como soy?".

Francisco sabe sonreír y sabe hacer sonreír a los demás. Entiende que la ironía es la hermana profana de la compasión: nos permite aceptar las imperfecciones del mundo. Cuando le preguntaron cuáles son sus santos favoritos, dijo: "Quieren que haga un ranking, pero eso sólo se puede hacer en cosas como el deporte. Lo que podría decirle es cuáles son los mejores jugadores del fútbol argentino". Finalmente, admitió que sus favoritos eran San Agustín y San Francisco. (Por lo menos, en esa ocasión, no mencionó a Lionel Messi.)

A los italianos, Francisco les hace acordar a Juan XXIII, el papa con conciencia social que reinó entre 1958 y 1963, un hombre corpulento que abrió la puerta a la reforma del Concilio Vaticano II. "Los peores males que afectan al mundo son el desempleo juvenil y la soledad a la que quedan confinados muchos ancianos", le dijo Francisco a Scalfari.

Uno pensaría que de todos modos es esperable que la Iglesia diga esas cosas. Y claro que debería hacerlo. Pero ése es el punto: hasta la llegada de Francisco, la Iglesia, en su esfuerzo por proclamar sus principios irrenunciables, había dejado de decir esas cosas.

Cuando se presentó a sí mismo al mundo, Francisco dijo en italiano: "Hermanos y hermanas, ¡buenas noches! Ustedes saben que el cónclave tenía la misión de darle un nuevo obispo a Roma. Mis hermanos cardenales parecen haber ido casi hasta los confines del mundo para encontrar uno, pero acá estamos". Ahora, todos se preguntan hacia dónde llevará a la Iglesia a partir de ahora.

Traducción de Jaime Arrambide

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