Un rompecabezas de rivalidades islamistas
Los grupos terroristas que dominan en el norte y centro de África dividen sus lealtades
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MADRID.- Aclaraba, en mayo pasado, uno de los hombres más buscados de África, el argelino Mokhtar Belmokhtar, que el grupo terrorista que lideraba, Al-Morabitun -que asumió ayer la autoría del ataque en Bamako- no había dado su bay'ah (juramento de lealtad) a Estado Islámico (EI).
Sí parece que lo había hecho otro de los hombres fuertes de la organización, Abu Waleed al-Sahrawi, quien fue responsable de Muyao, un grupo de jihadistas saharianos con un papel destacado en el levantamiento en el norte de Mali en 2013 y aún con presencia alrededor de Gao.
Un detalle siquiera en el inmenso mar jihadista que amenaza el norte y centro de África, pero que hizo saltar las alarmas ante la posibilidad de que los milicianos más peligrosos del Sahel se unieran al grupo árabe más violento del momento.
Porque ésa es la amenaza en las fronteras entre el Sáhara y el Sahel a la que se puede tener que enfrentar cualquier contingente militar en la zona: grupos jihadistas nacidos y escindidos de la antigua Al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQIM por su sigla en inglés), como el propio Belmokhtar.
AQIM es aún una de las ramas del grupo financiado antaño por Osama ben Laden que sobrevive en el norte de África con alrededor de un par de cientos de hombres aún en sus filas.
Pero la intervención francesa en 2012 para contener el frente tuareg-jihadista logró al menos dos cosas en el campo terrorista: empujar a muchos milicianos islamistas radicales al sur de Libia, campo fértil hoy para que sigan creciendo -aunque tienen que vérselas con tribus locales-, y dar un duro golpe a AQIM.
De ahí la escisión de Jund al-Khilafa (Soldados del Califato), principal grupo jihadista vinculado a EI en Argelia.
El jihadismo más salvaje
El embrollo de Mali, no obstante, pese a tener como principales amenazas la propia red AQIM y la salafista Ansar Dine -poco amigas del acuerdo entre tuaregs y gobierno del pasado junio- también responde a la embestida de grupos armados de aparente nuevo cuño, como el Frente para la Liberación de Macina, que ya asumió el asalto en un hotel de Sévaré en agosto.
Este frente, según explicaba recientemente el semanario Jeune Afrique, estaría liderado por Amadou Koufa, un predicador conocido de Iyad Ag Ghaly, líder de Ansar Dine, uno de los hombres más odiados en Mali.
La Operación Serval, con la que Francia entró en Mali para frenar la rebelión tuareg, fue reemplazada por la Barkhane en agosto de 2014, con la que París pretende detener la amenaza jihadista en colaboración con Mali, Níger, Burkina Faso, Mauritania y Chad.
La operación busca contener en el Norte y, sobre todo, parar desde el Sur. Níger y Chad comparten frontera con Nigeria, el corazón hoy del jihadismo más salvaje de la mano de Boko Haram, secta islamista fundamentalista, con fuerte presencia en el noreste del país y al sur del lago Chad, que el pasado mes de marzo juró lealtad a EI.
Según el Global Terrorism Index, Boko Haram, que reclama una suerte de emirato, fue el grupo más letal en 2014, con 6644 muertos -muchos de ellos mujeres y niños-, por encima de los 6073 de EI.
Pulso
En la franja oriental africana, finalmente, los jóvenes terroristas somalíes -también extranjeros- de Al-Shabbab mantienen, aunque debilitados, el pulso contra las tropas africanas.
Una pequeña facción de integrantes de este grupo encabezada por Abdul Qadir Mumin, leal hasta ahora a Al-Qaeda Central, se adhirió el mes pasado a EI, un nuevo detalle de que la batalla por la jihad global pasa por controlar a los grandes grupos terroristas africanos.
© El País, SL
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