
Una isla congelada en la Edad de Piedra
Por Narciso Binayán Carmona
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Cuando los navegantes blancos llegaron por primera vez a Nueva Guinea, los habitantes (o sea, los descendientes de los primeros descubridores) de la tribu papúa de Taupata no se extrañaron. Todos sabían que los visitantes pertenecían al viejo clan de Lavarata, que se habían ido llevando sus utensilios y sus armas, y habían perdido así su derecho a "volver".
Esta curiosa tradición se une con otras, más difundidas: los blancos eran simples fantasmas, con lo cual se encontraban mucho más cerca de ser ubicados en el orden general de las cosas en la isla que como viajeros venidos de tierras lejanas y desconocidas.
En este contexto se puede ubicar lo paradójico del caso de Timor Oriental. Se trata de parte de una isla pequeña, poco importante, con menos de un millón de habitantes (y los regulares e irregulares indonesios que son cada vez menos).
Nueva Guinea, en cambio, es la isla más grande del mundo después de Groenlandia, y su mitad occidental tiene tres millones de habitantes. Los indonesios la llaman Irian Jaya y la ocuparon una década antes que a Timor, en 1963.
Pese a que Irian Jaya "ha demostrado ser un problema mucho más serio que el desorden en Timor Oriental" (Asia 1997, Hong Kong, Pág. 136), ha tenido un eco mucho menor.
Las coordenadas del problema son las mismas: la ex colonia portuguesa de Timor, católica, se niega a formar parte de la Indonesia musulmana y niega incluso tener origen común con ella. Por su parte, Indonesia insiste en que formó parte de un legendario Estado de Belu que parece que no existió. Todo esto puede discutirse, pero en Nueva Guinea la cosa es muy distinta.
Población oscura
En una isla donde el canibalismo ha desaparecido apenas ahora, donde hasta la palabra "tribu" apenas se utiliza (se usa en términos de clan o de aldea), donde la población es tan oscura que fue por ello llamada Nueva Guinea por los portugueses, los refinamientos de la cultura llevada a las islas de Indonesia por los hindúes o los malayos son tan lejanos como los de Alemania.
Allí, sin embargo, Indonesia tiene una carta que jugar: el sultanato de Tidore. Es verdad que este pequeño reino instaló varias factorías comerciales en la gran isla y hasta un héroe papúa de la tribu de Biak, Goera Bosi, se habría casado con la hija de uno de los sultanes, y de su unión nacieron cuatro príncipes (los Raja Ampat) de la costa. Pero ni esto le bastó y ha pretendido que integró el imperio de Madjahapit, que terminó en el siglo XVI. De hecho, todo se limitó a eso, a un dominio fantasmal.
Nueva Guinea siguió en la Edad de Piedra, con sus 700 idiomas, cerrada en sí misma, en sus montañas y selvas. Incluso la sal fue en ciertas regiones codiciada como una "especia importada", pero hace menos de 50 años que tribus muy bravas del interior preferían unas cenizas amargas que fabricaban ese condimento "exótico".
Nominalmente holandesa, Indonesia la ocupó en 1962 y la anexó en 1969. Ahí, saltando distancias, esa tierra aterrizó en el mundo moderno.
Había una tenue conexión con la política: antes de la guerra, Holanda desterró a 800 dirigentes nacionalistas a campos en territorios de caníbales en Tamah Mera, de donde la huida era suicida. Eso le dio a la isla cierto romanticismo.
Dos años después de la anexión, cuando Indonesia intentó la ocupación -tarea ímproba en zonas casi desconocidas-, comenzó la resistencia. Como era lógico, los dirigentes pertenecían a la minúscula clase tocada por la civilización en la zona costera.
Nació el Movimiento de Liberación de Papúa (1971), con la presidencia de Marcus Kaisiepo, y con un ala militar que reconocía como presidente al brigadier general Seth Rumkorem.
De inmediato comenzó la rivalidad entre tribus y clanes, e Indonesia comenzó a llevar miles de javaneses y madurenses como colonos. La resistencia creció. En 1997, los inmigrantes sumaban ya un tercio de la población.
Ese mismo año, monseñor Munnighoff, obispo de Jayapura (capital, en la costa), informó sobre "dos masacres perpetradas contra aldeanos sin defensa, torturas y desapariciones..." El texto explotó como una bomba en Yakarta. Una misión viajó y confirmó los dichos del obispo.
Las compañías norteamericanas, británicas e indonesias que extraían enormes cantidades de cobre y de oro, destruyendo sus selvas, provocaron sucesivos alzamientos de papúas que, con arcos y flechas, se enfrentaron al ejército indonesio con resultados previsibles que sumaron más muertos.
A los reclamos de independencia se sumaron los pedidos de más empleos y -los primitivos pueden aprender rápido- un porcentaje de las ganancias mineras. Hubo ataques guerrilleros, toma de rehenes y represalias.
Con menos gravedad, situaciones parecidas se dan en Sumatra occidental (Atjeh), en las Molucas, en las Célebes y en Borneo (los dayak). Esta es la situación actual, aunque Timor acapara la atención mundial.


