Unión Europea: un significado en crisis en la era del populismo

En Cascina, feudo histórico de la izquierda italiana, ahora gobierna la ultraderechista La Liga
En Cascina, feudo histórico de la izquierda italiana, ahora gobierna la ultraderechista La Liga Crédito: Andrew Testa / NYT
Las elecciones al Parlamento se convirtieron en una pelea por el alma del bloque, que navega entre la esperanza y la desilusión
Katrin Bennhold
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24 de mayo de 2019  

NUEVA YORK.- En Varsovia, frente a la casa del polaco Jaroslaw Kurski, ondea la bandera azul de la Unión Europea con su círculo de estrellas amarillas, la misma que Kurski lleva a las protestas callejeras contra el gobierno nacionalista de Polonia, que ha socavado la joven democracia del país.

"La bandera europea se ha convertido en un símbolo de resistencia", dice Kurski, subeditor del diario liberal de Varsovia Gazeta Wyborcza.

En el norte de Francia, Guy Fünfrock y sus compañeros manifestantes de los "chalecos amarillos" también hablan de resistencia mientras bloquean una calle bajo la lluvia, pero haciendo flamear la bandera tricolor de los franceses. Para ellos, Europa es la encarnación de todos sus odios: fábricas cerradas, retraso salarial y un joven banquero devenido presidente que impulsa una integración incluso más profunda.

"Esta Europa solo sirve a los intereses de los grandes negocios, no de la pobre gente", dice Fünfrock, carpintero jubilado.

Conocí a Kurski y a Fünfrock durante un viaje de varios días a través de la Unión Europea, antes de la votación para el Parlamento Europeo, que comenzó el martes pasado y termina el próximo domingo. Mi pregunta era esta: ¿qué significa hoy Europa para los europeos?

Esta elección se ha transformado en una batalla por el alma de Europa, entre los que quieren más Europa y quienes prefieren diluirla. En sus décadas de historia, pocas veces antes el proyecto de unidad se vio más frágil que ahora.

La Unión Europea (UE) fue creciendo en oleadas sucesivas y por diferentes razones, democratizando y llevando al desarrollo a sus nuevos miembros, siempre con la idea de que la prosperidad y los valores compartidos mejorarían la seguridad de todos en el bloque regional. Hoy, esa expansión parece asfixiarlo con el peso de sus propios ideales y ambiciones.

Primero fui a rastrear los orígenes de esta historia a la frontera franco-germana, donde empezó todo, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial. Después a Italia, país donde los seis primeros miembros rubricaron el tratado fundacional. Y terminé en el este poscomunista, donde están los miembros más recientes y en general también más pobres, que se fueron sumando después de la Guerra Fría hasta llegar al número actual de 28 países miembros.

Terminé desorientada, y advertí que a muchos europeos les pasa lo mismo. "Libertad", me contestó un profesor alemán cuando le pregunté qué significaba para él la UE. "Esclavitud", fue la respuesta de una abuela italiana. "No significa nada", me dijo un electricista francés. Pero casi ninguno de ellos quería que su país abandonara la UE, por más que no estuviese satisfecho con su funcionamiento.

Descubrí que entre los europeos, la esperanza compite con la desilusión. El balance de esa ecuación casi siempre depende de cada caso: para algunos, la idea de una Europa unida abrió la puerta a la prosperidad. Para otros, dejó el camino libre para el ingreso de amenazas indeseadas, bajo la forma de nuevos Estados, nuevos valores y nuevos pueblos.

En la cansina localidad de Cascina, en la Toscana italiana, me topé con un sacerdote católico que teme que Europa haya perdido el rumbo. "Vivimos una grave crisis", dice el padre Elvis Ragusa, de 36 años, sentado en la oficina de su pequeña iglesia.

Cuando era chico, Ragusa miraba en televisión una seria llamada Europa somos nosotros. También había un programa de juegos que ofrecía hasta 1 millón de liras al primero que llamara por teléfono y gritara al aire "¡Europa, Europa!". Era la década de 1990 y Europa era sinónimo de prosperidad. "Crecí con la idea de que Europa era nuestra futuro", recuerda Ragusa.

Pero para toda una nueva generación, Europa se ha convertido en sinónimo de austeridad y de los riesgos de una política de fronteras abiertas. Durante siete décadas, en la localidad donde vive Ragusa siempre ganó la izquierda, pero hace tres años, se convirtió en la primera aldea de la Toscana que se volcó por La Liga, el partido ultraderechista antiinmigración de Matteo Salvini.

Un docente francés de Normandía me contó que durante la crisis migratoria de 2015, sus alumnos empezaron a referirse a los inmigrantes como "ratas".

Después de eso, empezó a inscribir a sus alumnos en el programa de intercambio europeo Erasmus. Así lo conocí a él y a varios de sus alumnos, en un avión rumbo a Gdansk, Polonia.

"Me pregunté qué podíamos hacer, desde nuestro lugar, para abrir a los chicos a los ideales humanistas, a la idea de Europa", me dijo el docente Mathieu Le Parquois. Durante la Segunda Guerra, su abuela fue deportada, pero para sus alumnos eso ya es historia antigua. "Ni siquiera sus abuelos lo vivieron", dice Le Parquois.

El lugar donde todavía encontré un desbordante idealismo fue en Estrasburgo, Francia, sobre la frontera con Alemania, donde la gente recuerda la historia como si fuese hoy.

Ahí conocí a Rita Lemmel, hija de un prisionero de guerra alemán. Rita se casó con un obrero de fábrica francés. La hija de ambos tiene pasaportes de los dos países, habla los dos idiomas, vive en Francia y trabaja en Alemania. Los tres sueñan con los "Estados Unidos de Europa", una federación al estilo norteamericano.

"Deberíamos tener un presidente y después gobernadores en cada país", dice su marido francés, Bruno Lemmel.

Problemas

Pero en la mayoría de los casos la UE se ha convertido en la depositaria de grandes problemas abstractos que para la gente amenazan su forma de vida: en Italia, la inmigración; en Francia, el capitalismo; en Polonia, los valores liberales y laicos.

Algunos incluso cuestionan la propia democracia liberal.

"¿Tenemos el mejor sistema? ¿Mejor para quiénes?", se preguntaba retóricamente Wit Nirski, un publicista de 36 años que conocí en el tren de Varsovia a Berlín. "¿Es el mejor sistema para crecer? ¿Es el mejor para la gente?" Y agregó: "Si la gente está contenta, ¿por qué ganan los populistas?"

En ningún otro país de Europa ese debate es más descarnado que en Polonia, donde la libertad es tan frágil como reciente.

Kurski, el subeditor del Gazeta Wyborcza, me contó que su periódico enfrenta más de 30 demandas judiciales, varias de ellas entabladas por el gobierno nacionalista de Polonia. Para Kurski, la UE y el Tribunal de Justicia de la Unión Europea son aliados fundamentales. "Si no fuera por la UE, Polonia sería un Estado autoritario."

Sin embargo, en la aldea polaca de Swiebodzin, cuya mayor atracción es una gigantesca estatua de Jesucristo, muchos me dijeron que Europa es sinónimo de secularización y sometimiento.

En mis viajes, crucé casi sin notarlo el Oder y el Rin, dos ríos históricamente asociados con líneas fronterizas. Pero allí donde las fronteras geográficas parecen haber desaparecido, se alzaron otras barreras: las que separan a la ciudad del campo, las que separan a jóvenes de viejos y, sobre todo, a los ricos de los pobres.

Y esas fronteras no han hecho más que agigantarse, según Jeremy Klein, un "chaleco amarillo" que protestaba en una rotonda de las afueras de Reims, Francia.

Klein es electricista, trabaja 60 horas por semana, y así y todo no llega a fin de mes. Le echa la culpa a Europa: dice que en Francia las cosas empezaron a ponerse difíciles tras la inclusión de los países del antiguo bloque soviético.

"Le entregamos nuestra experiencia y conocimientos a Europa, y ahora competimos con trabajadores que ganan menos que nosotros", dice Klein. "O sea que competimos con Europa. Eso no es una Europa justa. No me siento europeo en absoluto. Soy francés, francés y nada más".

Votaron en Gran Bretaña y Holanda

Holanda y Gran Bretaña fueron ayer los primeros países en ir a las urnas en las elecciones para el Parlamento Europeo, que se desarrollarán en las 28 naciones que componen el bloque durante cuatro días, hasta pasado mañana.

En Holanda, el Partido Laborista (PvdA) logró una victoria inesperada, según los sondeos de boca de urna, por delante de los populistas y los liberales (VVD) del primer ministro Mark Rutte. El PvdA, del vicepresidente de la Comisión Europea Frans Timmermans, lograría cinco de los 26 escaños reservados a los representantes holandeses en el Europarlamento.

En tanto, en Gran Bretaña, la votación tuvo escasa afluencia. El estancamiento parlamentario por los avatares del Brexit, decretado en el referéndum de junio de 2016, obligó a que, dado que Londres no abandonó aún la UE, las elecciones tuvieran que realizarse.

Un sondeo del instituto YouGov situaba al Partido Conservador de la primera ministra británica, Theresa May, en una humillante quinta posición (7%) y, en primer lugar, al nuevo Partido del Brexit (37%), del controvertido Nigel Farage.

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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