Votos y regreso: Bachelet busca volver al poder de un Chile desigual y movilizado

La ex mandataria parte como gran favorita para derrotar a la candidata oficialista Evelyn Matthei; por el momento la única duda es si se impondrá en primera vuelta o deberá esperar al ballottage; podría conducir un gobierno un poco más a la izquierda que su primera administración
Adriana Riva
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17 de noviembre de 2013  

Con la certeza de que Michelle Bachelet volverá a ser la inquilina de La Moneda a partir del año que viene, los chilenos acuden hoy a las urnas con una única incógnita pendiente: si habrá o no segunda vuelta.

La carismática ex mandataria (2006-2010), de 62 años, que encabeza la coalición de centroizquierda Nueva Mayoría (como se rebautizó a la Concertación), llega a las elecciones con un 47% de intención de voto, y muchos analistas prevén que podría sacarse el gordo de Navidad y evitar un ballottage, algo que no ocurre desde 1993. Para ello necesita obtener el 50% de los votos más uno.

Una sólida victoria en primera vuelta le permitiría regresar a la médica socialista con la abrumadora legitimidad que necesita para sacar adelante profundas reformas, en un segundo gobierno que seguramente se ubicará un poco más a la izquierda que el anterior.

De sus ocho rivales, la mejor posicionada -aunque a una distancia de más de 30 puntos, con un 14% de intención de voto- es la candidata oficialista de derecha Evelyn Matthei, de 59 años, que lidera la coalición Alianza y que busca recibir por lo menos un regalo de Reyes que le permita forzar una segunda vuelta. Si eso sucede, el ballottage tendrá lugar el 15 de diciembre.

Ironías de la vida, las dos mujeres que se disputan la presidencia comparten una historia en común: una niñez en una villa militar cerca de Antofagasta (Norte), enmarcada por la profunda amistad entre sus padres, los generales Alberto Bachelet y Fernando Matthei, que tras el golpe de 1973 eligieron veredas opuestas.

Mientras que el padre de Bachelet optó por ser leal al presidente socialista Salvador Allende -fidelidad que le valió torturas que le provocaron la muerte-, el de Matthei formó parte del régimen de Augusto Pinochet.

Además de ellas, compiten otros siete candidatos -entre los que se destacan el líder del Partido Progresista, Marco Enríquez-Ominami, y el independiente Franco Parisi-, ninguno de los cuales recibiría más del 10% de los votos. La inédita multiplicación de postulantes sí podría, sin embargo, dispersar la contienda, que es una de las esperanzas en off de la desfondada derecha.

Sujetas a la nueva experiencia del voto voluntario, las encuestas, sin embargo, no son tan fiables como antes. El único antecedente de este flamante sistema es el de las elecciones municipales de 2012, donde hubo un 60% de abstención. Con un padrón de más 13 millones de electores, se espera que acudan a las urnas entre siete y nueve millones.

"Todos los chilenos tenemos la responsabilidad de participar en la elección presidencial, porque es una forma de mostrar nuestro compromiso con el país", arengó anteayer, desde Valparaíso, el presidente Sebastián Piñera, que entregará el poder el 11 de marzo próximo.

Los chilenos elegirán también hoy a sus 120 diputados, a 20 de sus 38 senadores y, por primera vez, a sus 278 consejeros regionales. Los resultados legislativos serán decisivos para Bachelet, que deberá contar con un fuerte respaldo en el Congreso para llevar adelante sus tres ambiciosas reformas: educativa, tributaria y constitucional. Todas apuntan a un único objetivo, que despierta altísimas expectativas entre los chilenos: reducir la desigualdad.

Chile vive tironeado por un crecimiento y una estabilidad económica propia del primer mundo, y por la pobreza y las desigualdades típicas del tercero. A pesar del avance continuo de su PBI, la brecha entre ricos y pobres en el país es una de las más grandes del planeta. Mientras que en las naciones más desarrolladas los ingresos medios del 10% más rico de la población son nueve veces más grandes que los del 10% más pobre, en Chile son 25 veces más.

Los desafíos para el próximo gobierno son sumamente complejos, y el cumplimiento de las promesas asumidas durante la campaña estará vigilado muy de cerca por una sociedad que cambió, que está movilizada y que aspira a estándares de vida más cercanos a los de los países desarrollados en todos los ámbitos.

"El principal desafío de Bachelet son las expectativas. Pero me parece que los propósitos y los objetivos están bien puestos. Hay claridad. Por lo tanto, esperemos todos salir adelante", resumió a LA NACION el ex presidente Ricardo Lagos, en el cierre de campaña de la Nueva Mayoría.

"Chile es hoy un país más activo y con mayor conciencia de sus derechos", reconoció la propia Bachelet -que dejó el poder en 2010 con una arrolladora popularidad de 84%-, cuando anunció su decisión de volver a postularse para la presidencia, en marzo pasado.

El primer compromiso que asumió la candidata opositora tras postularse fue el de una reforma educativa de fondo, que promete gratuidad a nivel universitario en seis años. La idea no fue suya, sino que se hizo eco de los reclamos del poderoso movimiento estudiantil, que en 2011 protagonizó multitudinarias marchas a favor de una educación gratuita y de calidad.

Para financiar esta reforma, Bachelet planteó su segundo eje de campaña: una reforma tributaria que permita aumentar gradualmente los impuestos a las empresas para recaudar unos 8200 millones de dólares, que irían a las aulas. Su tercera propuesta fue la reforma constitucional, para eliminar las trazas de autoritarismo que abundan en la Carta Magna actual.

Las tres grandes propuestas de Bachelet -sumadas a otras como la despenalización del aborto terapéutico en casos de violación de la madre o cuando peligra su vida; el fortalecimiento de los sindicatos, y su pronunciamiento a favor del matrimonio homosexual- hablan por sí solas de una nueva Michelle, inclinada un poco más hacia la izquierda que antes, pero no tanto como parecía cuando empezó la campaña. Su programa busca encarar un nuevo ciclo. Pero en todas sus propuestas se habla de cambios graduales, que no comprometerían el crecimiento económico.

En estos últimos días de campaña, Bachelet abrió el paraguas y suavizó su discurso, para disipar las expectativas revolucionarias que algunos, erróneamente, se hicieron. "Los gobiernos no pueden al día dos empezar a tener resultados dramáticamente distintos", avisó.

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