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Dicen que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. No obstante, si a esa misma mona la subís a un escenario y le encastrás una guitarra en la mano, ahí nomás metamorfosea en Megan Fox y se te enfiesta con King Kong, Chita, Burgos y todos los monos famosos que quiera. Es así nomás, es tiempo de aceptarlo: así como Jebús te convertía el agua en escabio, el rock te transforma un esperpento al que le pedirías que se suicide en defensa propia en un turgente y húmedo símbolo sexual al que le darías la mesa uno en el bat mitzvah de tu vagina.
De ahí que los recitales estén llenos de groupies, esa tribu urbana de chicas que tienen sus propios rituales como los extintos floggers o los emos, sólo que en vez de sacarse fotos o tajearse los bracitos, ellas amasan penes. Fácil es menospreciarlas, teniendo en cuenta que se suelen regalar a cualquier tarambana que desafine, pero -nobleza obliga- es menester reconocerles la importancia metafísica de su tarea: sin ellas no existiría el rock como lo conocemos. Porque no jodamos: si los Beatles hubieran querido expresarse artísticamente se habrían dedicado a la música clásica. Lo que realmente querían los pibes era taladrar inglesitas hasta que se les erosionara el prepucio (obviemos el incidente asiático posterior, seguramente originado por la locura o -precisamente- por una habilidad sobrenatural de la susodicha para las artes amatorias).
Las groupies son incondicionales: si te hiciste famoso pesando 60 kilos y teniendo una larga cabellera rubia, cuando arañes los 110 y tu frondosa melena viva sólo en la tapa de tus discos y en los desagües de las miles de duchas en las que te sacaste la roña, ellas igual van a estar (quizás no precisamente las mismas, pero alguna seguro va a pintar). El único consejo rockstariano que te podemos dar ya te lo imaginás: entrales como somalí al churrasco. No obstante, procederemos a hacer una breve categorización de esta fauna según cada género, para saber a qué te podés exponer y qué hacer si la groupie en cuestión se te pone cargosa. A saber.
INDIE
Descripción: muchachita lánguida de pelo corto, quizás rapado por partes, tal vez teñido de turquesa, casi siempre de musculosa, con un pucho en la mano. O todo lo contrario: una nena muy nena de blusa floreada. Si le preguntás la hora te recita a Rimbaud.
Efecto colateral: se va a querer juntar con vos en otro momento para pintarrajearte y sacarte doce millones de fotos de mierda que después va a subir al Tumblr.
Antídoto: decirle que te estás pensando seriamente en firmar con Pop Art.
PUNK
Descripción: alterna baqueta con chupines o medias de red, pelo descajetado, pins, borceguíes o Converse y ojeras. Ejerce la psicología inversa: su método preferido a la hora de buscar el apareamiento por deporte es simular desinterés, rebeldía y personalidad fuerte.
Efecto colateral: seguro se comió la de Sid & Nancy y se va a querer embarcar en un raid autodestructivo con vos, pero lo más intoxicante que va a conseguir será vino de caja. Resultado: aburrimiento y acidez.
Antídoto: mostrarle tu iPad.
ROLINGA
Descripción: morocha de anatomía generosa, portadora del uniforme harto conocido. Suele vérsela estirando el cogote sobre las vallas después de los shows, en busca de un plomo-padrino que le facilite la conexión genital.
Efecto colateral: puede requerir manguereada previa.
Antídoto: hablarle mal del Che Guevara.
METAL
Descripción: tan lanzada como experimentada, su físico acusa el paso del tiempo y los excesos, oscilando entre la vampiresa entrada en carnes y el liso y llano tren fantasma. La incondicionalidad de la groupie metalera es con el género: para ella, Sebastian Bach o el baterista semideforme de una banda de death finlandés son igualmente felables.
Efecto colateral: te podés pegar una venérea que tuvo Axl Rose en el 92 y se creía extinta. Si se llega a quedar hasta la mañana la vas a querer matar con fuego.
Antídoto: decirle "uy, mirá, ahí va otro metalero".
BANDA CHETONA MUY CONVOCANTE
Descripción: modelo de Dotto.
Efecto colateral: te toma la fafafa.
Antídoto: llevarla a comer locro.




