
A Belgrano en tranvía
La popularidad en tiempos de los próceres
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Entre las mujeres que se destacaron hace cien años, Delfina Bunge tiene la curiosa cualidad de haber mantenido siempre el bajo perfil. Nacida en 1881, fue educada con parámetros muy estrictos, pero ella no pudo evitar que su inteligencia, su buen trato, su talento como escritora y su atractivo pasaran desapercibidos.
Delfina, hija del prestigioso magistrado Octavio Bunge, fue gran amiga de Victoria Ocampo. En su juventud, las dos parecían disconformes con el papel que debían representar ante la sociedad. Incluso, tanto Victoria como Delfina presentían que el mundo del matrimonio estaba repleto de incertidumbres. ¿Continuarían amando al hombre que fueran a elegir para toda la vida? En ese asunto tuvieron experiencias dispares. Victoria no fue feliz con su marido, Luis Monaco Estrada. En cambio, Delfina y el escritor Manuel Manolo Gálvez siempre se quisieron.
Manolo y Delfina se comprometieron en 1905. Pero, por cuestiones de salud, ella pasó largas temporadas en Córdoba. El casamiento tuvo lugar el 21 de abril de 1910, el año del Centenario. Paso a paso construyeron su mundo: larga luna de miel en Europa, nacimiento del primogénito Manuel en Biarritz, regreso a Buenos Aires, asentamiento de la vida matrimonial en el barrio de Belgrano y la llegada de dos hijos más: Delfina y Gabriel.
Luego se mudaron al barrio de Recoleta. La pareja y los tres chicos vivieron en Pueyrredón 1757, entre French y Juncal. Pero Delfina no abandonó Belgrano. Siguió viajando todas las semanas para entrevistarse con el padre Román Heitmann, su confesor, en la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes (donación de Mercedes Castellanos de Anchorena), en Echeverría al 1300, a una cuadra y media de la Avenida del Libertador, que por entonces se llamaba Blandengues.
En 1925, una vez por semana, Delfina Bunge tomaba un taxi que la llevaba de la puerta de su casa a la iglesia en Belgrano. Hasta que se le metió en la cabeza que tenía que ahorrar. Así fue como, a pesar de la reticencia de Manolo, Delfina decidió que de ahí en más iba a viajar en tranvía. ¿Por qué gastar en un taxi si podía tomar el 38 que la dejaría muy cerca de la iglesia? Claro que debería salir un poco más temprano y que el recorrido sería más lento, pero valdría la pena para el presupuesto familiar. Además, no desaprovecharía el tiempo: un libro sería la compañía ideal para el viaje.
El día elegido tomó su libro y salió a la calle para dar inicio a su travesía aventurera. Tomó el tranvía 38 a Barrancas de Belgrano, pagó al guarda el boleto y se sentó de inmediato. Comenzó la lectura del libro. Estaba muy interesante. Se acostumbró al bamboleo y las frenadas en las paradas. Evidentemente había elegido una excelente distracción para el camino. Por un momento abandonó el entusiasmo de la lectura y miró hacia afuera para ver por dónde estaba y si faltaba mucho para llegar. ¿En dónde estaba? Llegando a su casa. Sin que ella se diera cuenta, el tranvía había dado una vuelta completa. Bajó y se tomó un taxi a Belgrano.
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