
Adolfo Abalos, el piano del folklore
Flamante: el primer disco solista de Adolfo Abalos, el pianista de Los Hermanos Abalos, se presentará desde hoy en el San Martín.
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Muchas frases hechas, incluso deplorables, como se leen por ahí, pueden decirse a propósito de este primer disco de Adolfo Abalos (artífice de los Hermanos Abalos, mayor que el recientemente desaparecido Machaco), grabado a los 85 años.
Deslizar, por ejemplo, que por algo se empieza (espantosa humorada), cuando en realidad el líder del quinteto santiagueño carga sobre sus espaldas nada menos que sesenta años de impecable trayectoria en el campo del folklore argentino.
No es para ponerse truculentos, pero sí cabe preguntarse si es auspicioso o si, en cambio, muy grave para un país como la Argentina (que delira cuando llega cualquier artista extranjero) que un músico de la talla de Adolfo Abalos acceda al disco a los 85 abriles, y que entonces se lo reconozca como a uno de los más grandes cultores del piano en nuestra música de tierra adentro.
Se dirá que Adolfo es Los Hermanos Abalos -que toda historia personal de cada miembro del quinteto es la historia del grupo- y que le bastó entregar su arte de diáfanas resonancias telúricas sin necesidad de exhibirse en un piano solitario.
Lo cierto es que, una vez más, la discográfica EPSA -en colaboración con Buenos Aires Música, del gobierno porteño- ha rescatado al pianista folklórico por antonomasia, que lo es junto con el prolífico compositor Ariel Ramírez.
El disco se titula, simplemente, "El piano de Adolfo Abalos" y será presentado hoy, mañana y el domingo, a las 21.30, en la sala A-B del Centro Cultural San Martín.
En el homenaje a don Adolfo estarán los más variados músicos, como suele ocurrir entre nosotros. Los afines, Ariel Ramírez, sobre todo, que es la otra columna del folklore en el teclado; los pianistas Eduardo Lagos, Oscar Alem y Eduardo Spinazzi, y otros, como Domingo Cura, Juan Falú, Jaime Torres, Raúl Carnota, Omar Moreno Palacios, Lito Vitale...
Eduardo Lagos apunta que el piano del santiagueño siempre tuvo por indicativo insustituible la guitarra y que, por eso mismo, no podía ir más lejos que las seis cuerdas.
Adolfo Abalos y Ariel Ramírez surgieron como los pianistas del folklore (tras la huella de Argentino Valle y Alberto Rodríguez) a comienzos de los años cuarenta. Ellos marcaron el camino del piano en el folklore y lo supieron integrar con esencia y gracia a instrumentos autóctonos como el charango y el bombo, y a ese otro que llegó de España y se nos instaló como parte de la familia vernácula: la guitarra. Quizá los instrumentos no son folklóricos per se. Es toda una cuestión. Sin embargo, los que no nacieron en este suelo, sino en Europa, como el piano (descendiente del clave), se adaptaron a las cadencias y al juego de acentuaciones del folklore.
La historia de los Hermanos Abalos, hijos de Napoleón, el descendiente de vascos devenido primer cirujano dentista de Santiago del Estero, es bastante conocida desde que irrumpieron en escena en 1940.
Precisamente, el compositor y guía de este quinteto fue, desde el infatigable piano, Adolfo Abalos. De su mano, los hermanos dieron a conocer chacareras, zambas, gatos, escondidos, cuecas, carnavalitos, bailecitos y malambos santiagueños por todo el país y por el mundo. Fieles a su ancestro esparcieron por doquier la música de Santiago del Estero y de su zona aledaña, el Noroeste.
Por "orden de cigüeña", como solían presentarse, Adolfo ocupó el segundo lugar, precedido por Machingo, el mayor, y seguido por Roberto Wilson, Víctor Manuel (Vitillo) y el recientemente desaparecido Marcelo Raúl (Machaco).
Desde hace casi un par de años Los Hermanos Abalos debieron disolver el grupo tras la cruel enfermedad que postró a Machingo y a Roberto.
Juntos dieron a conocer temas fundamentales del folklore: "Nostalgias santiagueñas", el escondido "Todos los domingos", las chacareras "Del Rancho" y "Chakai-manta", las zambas "De los yuyos" y "De mi pago", "Carnavalito quebradeño".
La figura de Adolfo se yergue hoy incólume, como una fortaleza, como la voz vigente del verdadero folklore.
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