
Todo un símbolo sexual del nuevo Hollywood, Jessica Alba, la elegida de Robert Rodriguez, es demasiado dulce para ser la chica mala y demasiado hot para pasar inadvertida.
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Que tiene jessica que te parte la cabeza? No hace falta decir que es hermosa. Pero ¿qué más? Quizás es una maldición mágica. No sé. Sería mucho más feliz si nunca la hubiera visto, y así no me pasaría tanto tiempo pensando en ella.
—de uno de los cientos de sitios de fans de jessica alba.
“Tengo un culo enorme.”
Jessica Alba está caminando por Runyon Canyon, en Hollywood, y con una mano se agarra el cachete izquierdo. Está hablando de su cuerpo. El cuerpo. Ese torso cautivante de perfección ondulada tantas veces visto en películas –ahora en Sin City, La ciudad del pecado [Robert Rodriguez, 2005] y en Los 4 fantásticos [ Fantastic Four, Tim Story, 2005]– y mejorado sólo por el traste antes mencionado, una belleza con forma de corazón que provoca ataques de pasión en los hombres. Un culo que, sin embargo, Alba considera un poquito grande.
“Todo el mundo se la pasa diciendo que Jennifer Lopez es gorda”, dice lacónicamente. “Y sé que si la consideran gorda a ella, están diciendo las mismas pelotudeces sobre mí.”
Con toda razón, Alba se preocupa sobre ese tema. A los 24 años, y hasta el presente de su carrera actoral, la han tenido en cuenta básicamente por su cuerpo. De sus últimas ocho películas, ha estado casi desnuda en siete de ellas. Mide un metro sesenta y ocho, sus medidas son 86-63-86, y pesa 54 kilos. Pero los números dicen poco sobre su historia. Incluso debajo de los enormes joggings que le gusta usar, el cuerpo de Alba es una maravilla de la proporción femenina. El atractivo del canto de una sirena. Todo se inclina y se curva en los lugares indicados. Nada sobresale de manera antiestética. Sus músculos se funden en curvas ronroneantes.
Por eso, Alba ha sido una figurita repetida en los rankings de las mujeres más deseadas en una gran cantidad de revistas masculinas. Los sitios web dedicados a ella señalan su belleza con una insistencia escalofriante. Entourage –el programa de hbo de Mark Wahlberg basado casi por completo en la realidad– dedicó todo un capítulo a la conquista de Jessica, a la persecución de su cuerpo por parte de actores jóvenes como si se tratase del Santo Grial, una búsqueda que supuestamente Wahlberg intentó en la vida real. Incluso la revista Us Weekly señaló el rumor de que Alba fue la primera elección de Tom Cruise para conseguir una novia mediática (finalmente, el ansiado papel cayó en manos de Katie Holmes). La lógica detrás: la atracción carnal de Alba es tan poderosa que podría acercar al Sr. Cruise a un público joven y afirmar su virilidad de una vez por todas.
Jessica acepta muy bien la mirada pública sobre su vida, pero confiesa que la idea fija sobre ella está comenzando a cansarla. “Los guiones que me llegan son siempre sobre una puta o una motociclista vestida de cuero o una mucama calentona”, comenta Alba mientras sube una colina, jadeando un poco. “Me llegan guiones que empiezan así: «Tawnya está en la ducha. El agua cae por sus pezones parados».” Jessica suspira, y luego se ríe con un poco de cansancio. “No creo que a Natalie Portman le pase lo mismo.”
Existen muchas razones para que le suceda eso, y Alba, mal que le pese, las conoce a todas en profundidad. Con los papeles que le ofrecen, ha tenido muy pocas oportunidades de “actuar”. Lo más cerca que ha estado de robar una escena fue en el papel de una de las adolescentes creídas de la película Jamás besada [ Never Been Kissed, Raja Gosnell, 1999], en donde se la ve divertida y natural. El resto de su currículum vitae –que incluye thrillers berretas, Dark Angel, la efímera serie de televisión de ciencia-ficción de James Cameron, y Honey [Bille Woodruff, 2003], una película poco lograda en la que interpreta a una heroína del hip hop– resulta muy poco impresionante. Se destaca su actuación en Sin City, pero debido principalmente a que Alba interpreta a una stripper con un corazón de oro.
“No está tan bueno que te consideren un objeto”, comenta. “Pero en la actualidad creo que no tengo otra opción. Recién estoy empezando. Sé que no puedo dejar pasar las oportunidades.”
Por el momento, Alba piensa seguir utilizando los atractivos que Dios le ha dado, saturar el mercado con su imagen sensual y luego, “cuando tenga que hacer esas cosas para obtener la atención del público”, espera transformarse en alguien como Diane Keaton o Goldie Hawn, mujeres a las que admira por su locura y coraje. “Espero con ansias el día en que pueda hacer una película pequeña en la que no tenga que estar en traje de baño o con pantalones de cuero, y poder actuar”, comenta Alba.
El problema es que Jessica no da el papel de mujer estrambótica. Las chifladas no tienen ni labios carnosos, ni piel sedosa, ni una sonrisa encantadora. Alba, para bien o para mal, es un bombón. Más aún, es un tipo muy especial de bombón: la clase que te relaja en lugar de intimidarte. Es una chica buena actuando de chica mala. Su rostro es sincero y cálido. Sonríe con facilidad. Es natural. Nunca se manda la parte, sino que se toma las cosas con calma. Tiene pechos de tamaño normal y no piensa agrandárselos. Se señala unos granitos en la frente y se ríe. Come mucho. En resumen, podría ser tu novia, y esa accesibilidad, en combinación con el tremendo lomazo, la transforma en kriptonita: algo muy evidente cada vez que sale de su casa y deja una estela de bocas abiertas a su paso. En la calle, los hombres inicialmente la miran porque es bonita, pero después, cuando se acerca, se dan cuenta –“¡ Man, es Jessica Alba!”– y la admiración se transforma en deseo palpable.
“Ella ni se da cuenta”, dice Ramona Braganza, su amiga íntima y personal trainer. “Una vez entramos en un café Starbucks en Ohio, y todos los tipos se morían y murmuraban entre ellos. Ella ni se dio cuenta.”
Alba me contó una historia muy inocente y encantadora: cuando está en Los Angeles nunca puede comer sola.
“Todos se sienten mal por vos”, comenta. “Por alguna razón, los mozos, los cocineros, todos vienen a hablarte: «¿Cómo está la comida? ¿Tenías que encontrarte con alguien?». Yo les digo: «No, estoy leyendo un libro. Está todo bajo control».”
Cuando le sugiero que quizás estos caballeros preocupados se acercan específicamente para verla a ella, que sin duda no todas las chicas que comen solas reciben un ejército de hombres atentos, Alba niega con la cabeza. “Los hombres de Los Angeles se sienten incómodos cuando una mujer está sola”, afirma. “A menos que esta mujer esté haciendo compras.”
En cualquier otra actriz, una observación así sonaría poco sincera, pero de parte de Alba es encantadora. Quizá porque actúa desde que tenía 12 años y en su corta vida ha tenido “períodos en los que estaba hasta en la sopa y épocas en que nadie sabía quién era”.
Jessica ya fue y vino en el camino de las celebridades y ha decidido, finalmente, “mandar todo a la mierda”. Ahora no le presta atención a la fama, y se queda en una burbuja de su propia creación, un lugar soleado y alejado donde la vida es tan dulce como a ella se le ocurra. Un lugar donde los hombres se le acercan porque son atentos, no porque la deseen. Un lugar donde el futuro no tiene nada que ver con su corte de pelo o el tamaño de su trasero.
“No necesito ser famosa”, afirma categóricamente. “No soy tan ambiciosa. A esta altura, si todavía no caí en la trampa, nunca lo voy a hacer. Me desconecto de la idea de ser una chica atractiva. No es tan importante.”
jessica crecio en los suburbios de los Angeles, la única hija mujer de Mark y Cathy Alba. Mark es un “mexicano oscuro” y Cathy tiene sangre francesa y danesa. La mezcla genética ha sido generosa con Alba, y le ha otorgado un interesante collage étnico que puso a su disposición papeles de cualquier nacionalidad, desde malaya, en Amor salvaje [The Sleeping Dictionary, Guy Jenkin, 2003] –una película famosa por mostrar lo que los fans deseaban: los pechos de Alba (“¡No son los míos!”)– hasta la inglesa Sue Storm, superheroína de Los 4 fantásticos. Los fans más chicos estaban furiosos con la elección de Jessica en esta última, hasta que una Alba teñida de rubio subió al escenario de una conferencia de prensa y, en un abrir y cerrar de ojos, les ablandó el corazón.
Alba comenta que su mezcla étnica, aunque fotogénica, le generó una niñez difícil.
“En realidad, nunca tuve un grupo de pertenencia”, afirma. “No era blanca. La comunidad latina me rechazaba por no ser lo suficientemente latina. Mi abuelo fue el único de la familia que asistió a la universidad, y decidió no hablar español en su casa. No quería que sus hijos fueran diferentes.”
Ahora Jessica Alba está tomando clases de español.
“Tengo muy buena pronunciación porque crecí escuchándolo en mi barrio. Pero no tengo idea de lo que estoy diciendo.”
Hubo otros problemas. Sus padres se conocieron y se casaron cuando todavía eran adolescentes. A los 20 y 21 años, ya tenían dos hijos. El segundo fue Joshua, el hermano de Jessica.
“Crecimos todos juntos”, dice Alba sobre su familia. “Mis padres eran muy jóvenes. Mi papá odia que hable de nuestro pasado: no teníamos nada, vivíamos con mi abuela, comprábamos la ropa en ferias americanas, usábamos cupones de descuentos.”
Los padres de Alba tenían varios trabajos. Durante la noche, su padre era cocinero en una parrilla. “Era muy malo, pero trabajaba duro y trataba muy bien a los clientes, así que no lo echaron.” Su madre, durante el día, trabajaba en McDonald’s y, a la noche, atendía un bar. “En todas partes, inventaba un trago y le ponía su nombre”, recuerda Alba.
Cuando faltaba el dinero, Mark llevaba a sus hijos a México y les señalaba las casillas y el agua inmunda. “Quería que viéramos que no teníamos nada de qué quejarnos”, afirma.
Sin embargo, Jessica deseaba más.
“Nací con la terrible sensación de que merecía más”, admite. “Siempre pensé que había nacido en la familia equivocada, que era de la realeza pero que sólo yo lo sabía.”
Esa actitud le trajo problemas en el colegio. “Desde muy chica, recuerdo que pensaba que los adultos se comportaban como unos boludos. No podía entender por qué tenía que respetarlos. Mi maestra de preescolar me obligó a escribir con la mano derecha y yo en verdad era zurda. Nunca entendí por qué tuve que cambiar. Nadie me daba una razón. He tenido un gran problema con la autoridad desde entonces.”
“Se sintió líder desde muy pequeña”, comenta Mark. “Siempre fue muy segura de sí misma. ¿Sabés lo difícil que es para un chico tener que entrevistarse con adultos para poder obtener un trabajo? Jessica conoció a Jim Cameron cuando tenía 17 años y le dijo: «Creo que soy la mejor candidata para el papel». No le tiene miedo a las personas importantes.”
Alba era una nena inteligente y observadora. Se daba cuenta de las cosas. Como cuánto disfrutaban sus padres de los momentos en que podían liberarse. Realmente necesitaban escapar de una vida asfixiante y rutinaria. Recuerda que a veces no podía dormir por las noches, deambulaba por la cocina y veía a sus padres o bien cogiendo, o bien peleándose, situaciones que trataban de ocultar a sus hijos durante el día.
“Me quedaba ahí y escuchaba, y veía cosas que no debía.”
En la actualidad, Alba considera a sus padres como sus mejores amigos. No tiene motivos para quejarse sobre su crianza. Entiende que las personas hacen lo mejor que pueden y que sus padres eran chicos criando chicos y que ahora, quizás, podrán tener el tiempo de pasarla bien.
“Quiero que se muden aquí. Quiero que expandan sus mentes un poco, que salgan de los suburbios.”
Alba suspira. “No recibí mucho de la vida. Estaba en la parte más baja de la escala social. Pero obtuve sabiduría. Nunca hice automáticamente lo que otros me decían. Cuestionaba todo. Cuando miro hacia atrás, no me sorprende para nada que haya comenzado a trabajar a los 12 años.” Ingresó en el mundo de las películas y de la televisión con relativa facilidad; al año de su primera audición, ya tenía un papel en la serie Las nuevas aventuras de Flipper.
“Nunca tuvo una infancia”, comenta Braganza, amiga de Jessica. “Le tocó ser la adulta de la familia. Trabajaba todo el tiempo. Me acuerdo que el personaje de Dark Angel trabajaba de mensajera, y tuve que enseñarle a andar en bicicleta. Nunca nadie se lo había enseñado.”
Si Alba sufre por su infancia perdida, no lo demuestra. “No me gusta perder el tiempo”, afirma. Jessica siempre piensa en quién se va a convertir el día de mañana. Quiere tener hijos, algunos propios, algunos adoptados, con o sin marido. Quiere comenzar su propio negocio. Quiere manejar una compañía productora, “no sólo para actuar en mis propias películas”. “Mucha gente hace eso y me da mucha lástima”, comenta.
Se enorgullece de ser profesional, franca y sensata. Entre sus amigas, es la que da consejos, la que les dice que manden a la mierda a novios insoportables. Es más madura de lo que dice su documento, una chica que debido a las circunstancias y a su actitud creció muy rápido: nada del tipo “me tomé todo y me desperté junto a un extraño”, sino más del estilo “analicé mis contratos, comí alimentos sanos y organicé el cajón de medias”. Jessica Alba es deliberadamente responsable, la clase de persona a la que le dejarías a cargo a tu mascota, y lo que la saca más de quicio son esas mujeres que se comportan como nenas simplemente porque tienen la posibilidad de hacerlo.
“No soporto a esas minas: la pobrecita que hay que rescatar, la loquita”, sostiene. “Me pone furiosa.”
Hace un gesto de fastidio. Mira hacia abajo.
“La mayoría de los hombres adoran a la loquita”, afirma. “«¡Salváme, por favor! Sos un tipo tan fuerte!» Cuando más inseguro es el tipo, más probable es que se enamore de una loquita. Y también, en el 90 por ciento de los casos, los tipos andan atrás de la parte física. Y la mayoría de las minas que están buenas, también están locas.”
Jessica Alba maneja su bmw convertible como un chico adolescente. Es agresiva, distraída y propensa a las frenadas frecuentes. Siempre está al límite del accidente, pero ella ni se da cuenta o, si se da cuenta, le echa la culpa a la víctima.
Mientras maneja, habla con entusiasmo sobre su novio, con quien se va a encontrar en un negocio de ropa de moda. “Si alguien se mete con él, literalmente lo mato. No hay duda del daño que les haría. Ahí me sale la chica de barrio bajo.”
Alba ingresa en un estacionamiento de Beverly Hills. Una mujer vestida de pies a cabeza con tela de jean y tachas se balancea sobre tacos metálicos.
“Esa es mi mamá”, comenta Alba con una sonrisa. “Si pudiera vestirse así todos los días, lo haría sin dudarlo.”
Jessica estaciona el auto y camina con prisa hacia Rodeo Drive. “Tengo la costumbre de llegar un poquito tarde. Mis padres siempre estaban tan entusiasmados por salir a cualquier parte que siempre llegábamos temprano. Me acuerdo que me tenía que sentar y darles conversación.”
Encuentra el negocio y entra corriendo, directo a los brazos de su novio, Cash Warren, un asistente de filmación de 26 años. Los dos se dan un beso de película, y luego, de mala gana, se separan. Warren, que se parece a Lorenzo Lamas si Lorenzo Lamas hubiera ido a Yale, conoció a Jessica mientras trabajaban en Los 4 fantásticos. (Aparece en los créditos como asistente del director, Tim Story.) En los últimos seis meses, Warren ha hecho todo lo posible para convencer a Jessica de que se case con él. Hoy, se está probando varios trajes de Dolce & Gabbana para apariciones públicas con Alba en el Festival de Cannes.
“Básicamente, hago todo lo que quiere la muchacha”, confiesa, mientras se mete a presión unos pantalones muy ajustados. Alba mira con aprensión el conjunto de dudoso gusto.
“Probáte los jeans”, susurra Alba. “Para mí.”
“Te debo querer mucho”, dice Warren mientras desaparece dentro del probador. Unos minutos después se escucha un grito.
“¡Estos no son jeans de hombre!”
Alba pega un salto, a las carcajadas, y corre hacia el probador, saltando en sus brazos y cerrando la puerta. Se escuchan unos susurros y más risas. Después de un tiempo, Alba sale con una sonrisa de oreja a oreja.
“Si arruinamos esta relación”, dice, ajustándose la gorra de béisbol, “somos unos idiotas”.
Más tarde, mientras compra queso, Alba me explica por qué su relación funciona tan bien.
“Somos la versión masculina y femenina del otro”, comenta. “Tenemos las mismas ideas sobre el futuro. Si conociera a Cash y estuviera casada con otra persona, tendría que divorciarme. La pasamos muy bien juntos.”
Se sirve un pedazo húmedo de Camembert, lo sostiene cerca de la nariz e inhala con bastante fuerza.
“No estaba segura de que fuera a conocer a alguien. Pensé que iba a ser una madre soltera. Y no tengo ningún problema con eso. Pero está bueno tener a alguien, no tener que hacer todo sola.”
Alba deja el queso y sale del negocio. Afuera, dos chicas caminan tomadas del brazo, riéndose a las carcajadas. Jessica las mira.
“No hago amigos con facilidad”, comenta con total naturalidad. Me cuenta que las chicas de su edad en general son celosas o raras o competitivas con ella, así que sólo si otra mujer se siente muy segura de sí misma, Alba puede compartir su amistad. Eso explica por qué la mayoría de sus amigas están casadas con hijos.
De vuelta en su casa de Beverly Hills, Jessica deja salir a Sid y Nancy, sus perros de raza Pug, y se pone un pantalón de gimnasia. En el living hay un enorme póster de 3m x 3m, recién enviado, de su personaje de Sin City, con una nota de Robert Rodriguez, el director.
“¿Dónde voy a poner esto?”, se pregunta, con auténtica vergüenza.
En su casa hay muy pocos elementos que indiquen el trabajo de Alba. No hay imágenes de películas o fotografías glamurosas. Sólo fotos familiares en marcos simples y muebles modestos.
“¿Por qué voy a pagar 10 mil dólares por un sillón?”, pregunta. “Es estúpido.”
Me muestra su bañadera con hidromasaje y la pantalla de plasma ubicada por encima, “mi único gran lujo”, donde mira el programa America’s Next Top Model mientras se baña. También hay un estante lleno de libros. Martin Amis. Elizabeth Wurtzel. Nigella Lawson.
“Todo esto era alfombra”, comenta, señalando los relucientes pisos de madera negra. “Y esto”, dice mostrando su oficina, “era un gimnasio”.
La casa es discreta y sobria, con cierto aire masculino. Los únicos toques femeninos son los collages de fotos cubiertos con las palabras “vacaciones” y “cumpleaños”, y el cajón de ropa interior en su placard, que está a medio abrir y deja entrever pilas de encaje y seda floreada. Cuando ve el cajón abierto, rápidamente lo cierra de un golpe.
“Cuando era una nena, solía venir a Beverly Hills para mis audiciones y pensaba cosas como: «¿Por qué no vivo acá? ¿Por qué no tengo ese auto?».”
Mientras habla, Alba pasa al lado de su cama. Sobre ella hay una revista Playboy.
“Dejame explicarte”, dice sonrojándose. “El otro día me llamó mi papá a los gritos diciendo que yo estaba en Playboy. Me dio miedo porque pensé que podía ser algo humillante, pero era sólo la foto que me sacó un paparazzo mientras yo me acomodaba la bikini.”
Abre la revista en la página en cuestión y mira la foto, tomada por detrás, en la que se ve su trasero en su máxima expresión. Por un momento no dice nada. Después vuelve a tirar la revista sobre su cama.
“¿Qué puedo hacer?”
Es el día anterior a su viaje a Francia, y Alba se muere de la risa mientras cuenta la última vez que salió a caminar por el bosque y le dieron ganas de ir al baño. Se escondió detrás de un arbusto y comenzó a hacer pis justo cuando pasaba un grupo enorme de Boy Scouts.
“Su líder estaba muerto de vergüenza. No paraba de gritarme: «Vos, en el arbusto, ¡podemos ver todo!». Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Salir y presentarme?”
Para una actriz que trabaja desde la infancia, Alba es muy sincera sobre ciertos detalles de su vida privada que podrían llegar a ser potencialmente embarazosos.
Perdió la virginidad a los 18 años.
Siempre quiere controlar todo.
No es la mejor bailarina del mundo. “Cuando filmaba Honey, la coreógrafa vivía diciéndome que le iba a arruinar su carrera.”
Es mandona.
Odia perder.
Piensa que lo que está pasando en Irak es “un terrible quilombo”.
Solía llevar la Biblia a todos lados y le pedía a Dios que la liberara de sus deseos libertinos.
“No fue difícil decir la verdad”, comenta. “No podía imaginarme haciendo el amor con un adolescente. Yo hacía seis años que estaba trabajando. Tenía responsabilidades. Estos chicos querían boludear y tomar cerveza. No era mi onda.”
Alba está en su casa, revisando la heladera –que está ordenada por categoría de alimentos– en busca de una botella de agua. Mañana, antes de partir hacia Francia, tiene una reunión con vendedores de dvds para promover Los 4 fantásticos. Va a ir muy arreglada y, si el pasado le sirve de experiencia, sabe que la van a manosear unos cuantos babosos vestidos con remeras de golf.
“Posamos para que nos saquen fotos, y a veces me ponen la mano en la cola o me agarran por debajo de los pechos”, dice suspirando. “Y tengo que quedarme ahí sonriendo como si no pasara nada.”
Alba se encoge de hombros.
Braganza pasa por su casa, y Jessica le sugiere ir a una clase de Tae-Bo, la gimnasia de moda.
“Tengo que hacer una sesión de fotos muy pronto”, acota, señalándose la panza. Braganza no está de acuerdo. Finalmente deciden salir a caminar. Mientras lo hacen, Alba cuenta que la semana pasada una chimpancé llamada Tia la besó en la boca de manera inesperada y violenta. Dos veces. Sorpresivamente, ésa no es su anécdota más jugosa. Queda en el puesto número 3 detrás de unas compras de material porno en Cleveland y el desafortunado accidente de su tía mientras se depilaba con cera.
Aun así, la historia del mono deja a Braganza mortificada.
“¿Cómo pasó algo así?”
“Estaba grabando un especial para mtv y me dijeron que sólo tenía que hacer trompita y el simio me daría un piquito pero, en lugar de eso, la mona me metió la lengua en la boca y comenzó a girarla en círculos.”
En ese instante, Alba decide hacer la demostración, y verla con la boca abierta, con el dedo índice girando dentro de su boca, genera suspiros predecibles de los transeúntes. Ella se está riendo tanto que no se da cuenta.
“¡Me besó hasta el último centímetro! ¡Fue lo más asqueroso que me pasó en la vida!”
“¿Y lo filmaron?”, pregunta Braganza.
“Sí. Va a ser un momento muy especial.”
Las chicas siguen caminando, hablando sobre Hollywood, perros y tipos que besan mal. El sol comienza a caer, dándole a Los Angeles un tono azulado. Jessica se detiene a admirar el cielo. Está pensando en el año que tiene por delante, y se pregunta cómo evolucionarán las cosas y si, de una vez por todas, podrá liberarse, crecer y dejar su imagen sexy detrás.
“De chica, siempre me dijeron que era malo o sucio comportarse de manera sexual”, dice tranquilamente. “Los estadounidenses son unos pacatos.”
Comienza a caminar de nuevo. “Por eso son tan degenerados.”
Lanza una sonrisita cómplice, luego sonríe con todo el rostro, con los dientes brillando en el crepúsculo.
“No es mi caso, por supuesto”, afirma. “Yo soy un angelito”.
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