
Alberto Podestá: la voz de oro de la década dorada del tango de los cuarenta
Su manager y amiga dio la noticia por Facebook: "A los 91 años de edad se durmió para siempre el maestro Alberto Podestá. Todo él era tango, pensaba, hablaba, respiraba tango. Uno de los más grandes cantores, con una prolífica obra en los años 40. Uno de mis grandes amigos y compañero de ruta. Así quiero recordarte para siempre, con tu sonrisa y tu picardía, pero sobre todo con tu media voz y tus matices que me resuenan bajito anudándome el corazón. Chau", escribió María Alejandra Podestá, la primera en confirmar la muerte del cantor Alberto Podestá, anteayer, a las 9.30, en una clínica para adultos de esta Capital Federal, donde estaba internado desde marzo de este año. Los restos del maestro Alberto Podestá serán enterrados hoy, a las 10, en el Jardín de Paz de Hudson, donde descansa su esposa, Elsa Calimani.
Sus amigos cercanos cuentan que cantó hasta sus últimos días. Cantaba para los compañeros de la clínica para adultos mayores en Cerviño y Sinclair. Cantaba incluso cuando por efectos de la ancianidad se mostraba perdido. Entonces su hija le llevaba las grabaciones de los años cuarenta y Alberto Podestá recobraba la voz y la memoria. Se le encendían los ojos como a un adolescente y se ponía a cantar aquellos tangos que lo hicieron famoso en todo el mundo: "Alma de bohemio", "Al compás del corazón", "Bajo un cielo de estrellas", "El bazar de los juguetes" o la versión de "Percal", que inmortalizó en los años cuarenta. No hay milonga alrededor del planeta donde por lo menos una vez por noche no suenen esas grabaciones clásicas con las orquestas de Caló, Carlos Di Sarli, Pedro Laurentz, Enrique Francini y Armando Pontier, que lo transformaron en un ídolo popular del tango en los cuarenta. Allí se pueden medir la importancia y la vigencia que mantuvo Podestá hasta sus últimos días.
Debutó a los 16 años con la orquesta de Miguel Caló y se tuvo que medir con voces inigualables, como las de Roberto Rufino, Fiorentino, Raúl Berón, Floreal Ruiz y Alberto Castillo. Pero su paso por la orquesta de Carlos Di Sarli fue el que le dio popularidad. Incluso fue el director quien lo bautizó artísticamente Alberto Podestá (Washington Alé era su verdadero nombre). El terroir sanjuanino de origen y la sobriedad y los matices de su interpretación le dieron un estilo definido que mostró en cada una de las orquestas por las que pasó y marcó una época: hoy no se pueden pensar los años 40 sin grabaciones como las de "Percal" con Caló; "La capilla blanca", con Di Sarli, y "Alma de bohemio", con Pedro Laurentz. Con esos caballitos de batalla siguió cantando hasta los 90 años, cuando realizó su última gira por las milongas de Buenos Aires, en las que era recibido como un rey.
En 2008, su figura tuvo un renovado impulso a partir de su inclusión en el proyecto del documental y el disco Café de los Maestros, de Gustavo Santaolalla, con el que salió de gira y se presentó en el Teatro Colón y en el Ópera. Transformado en leyenda, el cantor volvió a grabar un disco solista en 2012, bautizado Alta gama, junto a Las Bordonas. En ese álbum, sostiene con oficio un repertorio de clásicos. Fue el último berretín de un cantor enamorado de Carlos Gardel, que, decía, le enseñó todo. "La calle te enseña mucho. No hay nada que hacerle. La vida te la enseña la calle. Te enseña a andar como la gente, te enseña a andar mal o en la droga, vos agarrás la que quieras. Pero la calle te enseña todo. Y a cantar te lo enseña Gardel. Es el único tipo que te puede enseñar", decía en una charla con LA NACION en 2012.
Cuando no cantaba, Alberto Podestá vivía en los bares de los alrededores de Sadaic. Su filosofía era tajante y sencilla: "No podés separar el tango de la vida".



