
André Antoine, visitante ilustre
Los porteños somos "teatreros" de alma y desde siempre recibimos con curiosidad y aplausos (cuando lo merecen) a los conjuntos extranjeros que han frecuentado nuestros escenarios desde mediados del siglo XIX. Hace poco recordamos aquí algunos de los hechos fundamentales de la actividad teatral en la ciudad, un siglo atrás. Siempre a partir de la excelente "Historia del teatro argentino, desde los rituales hasta 1930", de Beatriz Seibel (Corregidor, 2002), aportamos hoy datos sobre los elencos europeos que vinieron en 1903.
En la perspectiva de los cien años transcurridos desde entonces, la visita más importante fue la del legendario Teatro Libre de París, encabezado por su creador, André Antoine (1858-1943), con Suzanne Després como primera actriz. Esta columna se ocupó ya, tiempo atrás, de ese innovador del arte escénico que despojó al teatro francés de su fachada puramente ornamental, devolviéndole el vigor y la naturalidad perdidos. También recordamos entonces los excesos del propio Antoine, con un afán naturalista -si la acción transcurría en una carnicería, la carne debía ser de verdad- que lo llevó al ridículo, cuando, por ejemplo, una fuente que manaba agua en escena se desbordó y comenzó a inundar la sala. Pero los principios fundamentales del Teatro Libre influyeron sobre las generaciones posteriores y llegaron prácticamente hasta nuestros días, vía Stanislavsky y Actors Studio.
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Enrique García Velloso, dramaturgo y cronista de la escena porteña en los primeros años del siglo XX, prologa así su reseña de la visita de Antoine y sus huestes: "...resuelve tentar toda esa suerte de aventuras artísticas que habrían de colocar a Buenos Aires entre las primeras plazas teatrales del mundo y convertir al Odeón en el más alto proscenio dramático cosmopolita de toda una época". Huelga decir que ninguno de los ilustres antecedentes de la hermosa sala de la calle Esmeralda pesó en el ánimo de los gobernantes del país y de la capital cuando se trató del destino del Odeón, con cuya demolición se perdió una parte fundamental de la memoria de la comunidad.
García Velloso informa luego que Antoine "nos admiró como director, pero como actor no dejó de parecernos una mediocridad". La revelación fue, en cambio, la Després, "una de las más grandes actrices de los tiempos modernos", que debuta con "Blanchette", de Brieux. La entrevista a la actriz demuestra que, en ese terreno, casi no ha habido cambios en cien años. Así declara: "Cuando tengo que interpretar un nuevo papel, lo imagino antes de verlo. Lo sueño: el detalle pintoresco se une después a él. El ser está lejos, en mi imaginación, y únicamente en silueta: se va precisando a medida que penetro más en el pensamiento del autor". ¿No es más o menos lo mismo que contestan sus colegas de hoy, interrogadas sobre su método?
El marido de Suzanne Després y compañero en el elenco era nada menos que Lugné-Po‘ (1869-1940), excepcional actor, autor y director, que impresiona a García Velloso como "de entre todas las ilustres personalidades intelectuales que nos han visitado, es una de las más simpáticas y atrayentes". Lugné fue muy festejado por nuestros hombres de letras (que en ese entonces incluían a los dramaturgos), quienes le ofrecieron un gran banquete de despedida. En tanto Antoine asistía a un representación de Pablo Podestá, a quien elogió. Sería injusto no recordar al empresario del Odeón, responsable en esos años de poner su sala a disposición de los más grandes artistas del mundo: era don Faustino Da Rosa.
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