Antes de llegar por primera vez al país, habla el cantautor y violinista; no te lo pierdas el martes 26 de febrero en Niceto Club
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No es fácil atender el canto de un pájaro en la ciudad. Pero ahí está, enmascarado por el ruido y la vorágine de todos los días. De manera similar aparece y circula la música de Andrew Bird, un cantautor de Chicago que entona melodías entrañables, improvisa con buen tino, usa el violín como trampolín a otros instrumentos y suele inclinarse por la magia de la performance en vivo.
Atraído por los sonidos de otras épocas y regiones, Bird se vistió de historiador psicodélico y comenzó a hurgar en la música de principios del siglo XX: el folk tradicional, el jazz de preguerra y el influjo de los ritmos africanos en el caribe. Así, a mediados de los 90, se sumó al revival swing de Squirrel Nut Zippers. Luego comandó su propio grupo: Bowl of Fire. Y empezó a colaborar con toda la crema del indie. Pero recién despuntó cuando, una década atrás, se posicionó como solista.
Un niño prodigio que, después de tocar de todo y con todos, se animó a bordar sus propias canciones. El fruto es una discografía impecable: lleva seis discos seguidos que son todos buenos. Un hombre orquesta que se puso al servicio de la banda sonora de los Muppets. Una rara avis que parece vivir en otro tiempo y que, por estos días, debuta en los escenarios porteños. A no perdérselo: el martes 26 de febrero en Niceto Club.
Es tu primera vez en Argentina. ¿Conocés algo de acá?
Conozco las cosas más obvias, como el tango. De hecho, solía tocarlo. Fui parte, como violinista, de una compañía de tango en Chicago. Yo estaba en la orquesta, pero también había bailarines. Ahí me aprendí varios clásicos... Bastante de Piazzolla. Pero no sé mucho más.
La pregunta va más allá de la curiosidad: viene a colación por la capacidad natural con la que parecés absorber músicas de diferentes tiempos y lugares...
Creo que eso viene de cuando tenía 26 años. Por entonces estaba sediento por conocer diferentes tipos de música. Quería zambullirme en todo lo que escuchaba por ahí. Empecé a estudiar música a muy temprana edad, a los 4 años, casi al mismo tiempo en que se aprende a hablar. La música siempre fue un lenguaje para mí. Y por eso creo que, cuando escucho dialectos musicales que me interesan, puedo incorporarlos rápidamente. Esto se suma a mi impulso por improvisar e inventar cosas, algo que conservo desde chico. Pero creo que algo pasó cuando tenía 26: ahí dejé de preocuparme tanto por el estudio y me volqué definitivamente a escribir mi propia música. Incluso traté de evitar mis influencias, aunque accidentalmente siempre se filtran cosas. Todas esas experiencias, al final, ayudaron a darle forma a lo mío.
Tus canciones se caracterizan por combinar lo melódico con lo impredecible. Son simples y cambiantes. ¿Ese cruce también se relaciona con tu interés por las músicas tradicionales o de raíz?
Siempre tuve un fuerte sentido de las tonalidades y las melodías. Y a la vez siempre me sentí atraído por las variaciones de las secciones rítmicas. Por eso me interesé tanto en el swing de los años 30, el calipso, la música latina, africana y afrocubana... Simplemente me atrae su carácter polirrítmico. Me seduce que sus melodías y sus estructuras puedan ser simples y que, al mismo tiempo, sus secciones rítmicas puedan aventurarse por el lado de la improvisación.
Esa versatilidad parece trasladarse a tu violín, que a veces lo hacés sonar como una mandolina o un ukelele...
Puede ser. Pero no me considero un violinista. Simplemente sucede que aprendí a tocarlo, ja. O podría decir que me aprovecho del violín: sólo lo uso para obtener lo que necesito musicalmente. Y para eso, según lo que sienta o crea necesario, lo uso de diversas maneras, más o menos convencionales.
En un mismo tema, además de cantar y silbar, podés pasar del violín a la guitarra o al glockenspiel. ¿Cómo hacés?
Me gusta estar ocupado arriba del escenario, ja. Disfruto mucho esa inquietud. Es como si estuviera cocinando algo ahí mismo, frente a la audiencia. No siempre sé exactamente qué ingredientes voy a usar. A veces, de hecho, olvido algo y lo agrego a último momento. Me gusta sentir cierto riesgo, verme metido en esa situación. Es excitante. Hace que cada show sea especial, que no se vuelva una cosa guionada. Y me mantiene realmente despierto cada noche cuando estoy de gira: la posibilidad de que las cosas puedan fallar te pone continuamente en estado de alerta.
Tus letras abordan cuestiones propias de la vida humana, pero a la vez tienden a desencajar...
Tiendo a escribir sobre temáticas sutiles, cosas de las que no se habla tan a menudo. Me inspiran cuestiones que, en la vida social, tapamos o simplemente preferimos no mencionar para no salirnos de la rutina. Pequeñas cuestiones que, en realidad, contienen grandes preguntas… ¿Por qué tenemos un impulso a estar solos, o un impulso a estar rodeados de gente? ¿Por qué vivimos en sociedad y por qué nos aislamos? El tipo de preguntas que a veces pueden ponernos incómodos, pero que son parte de muchas conversaciones. Me gusta pensar que mis canciones derivan de conversaciones con el público. Por eso trato de tocarlas en vivo antes de terminarlas: las reacciones o los comentarios incluso pueden ayudar a terminarlas.
El show en vivo parece ser tu fuerte. ¿Por eso buscaste reproducir esa experiencia en Break It Yourself y Hands of Glory, los dos discos que sacaste el año pasado?
Sí. Eso es lo que busqué eso en mis dos últimas incursiones en el estudio. Y creo que elevé la apuesta, sobre todo, en Hands of Glory: ese disco se grabó muy en vivo, en pocos canales de cinta y con un solo micrófono. Otras veces, en cambio, me desesperancé y me resigné a pensar que no hay forma de capturar el espíritu del vivo dentro de un estudio. Simplemente no funciona. Entonces acepté que el proceso de grabación era algo diferente: se hacían otras cosas, se grababa en capas. Hice varios discos así, por supuesto. Pero lo cierto es que, al final, termino más satisfecho y contento con los discos que se graban con cierta dinámica en vivo. Disfruto más escucharlos. Hasta me gustan sus imperfecciones.
Decís que grabás en cinta. ¿No te resulta difícil preservar lo analógico en tiempos tan digitales?
Sí, pero lo prefiero, definitivamente. Siempre me incliné por el sonido analógico. No soy un experto en tecnología, pero puedo notar, claramente y sin dudar, las diferencias entre lo analógico y lo digital. El tema con lo digital no pasa tanto por el mp3, sino por la cantidad de información que tenés que codificar y decodificar. O sea: cuánto, de toda esa información, es lo que hay que procesar para que se grabe y se aprecie como música. Se graba en alta definición, pero es una definición digital. Es un proceso que me resulta doloroso: siento que lastima mi cabeza. Hay una gran diferencia entre una música grabada en forma analógica y otra que se codifica en unos y ceros.
Por Santiago Delucchi
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