
Apasionados por la fantasía
Es dudoso que Christopher Marlowe le regalase a su colega y rival William Shakespeare la trama de "Romeo y Julieta"; Viola de Lesseps no existió nunca, y los amores de ésta con el joven Will, como crisol del drama inmortal, es pura fantasía. Un erudito se quejaba, tiempo atrás, en el Times Literary Supplement, de ésas y otras inexactitudes en "Shakespeare apasionado", el film de John Madden. ¿Qué importancia tienen, ante el encanto de la película, su brillante diálogo y su magnífica reconstrucción de época?
El mérito mayor de "Shakespeare in Love" está en su emotivo, fervoroso homenaje al teatro. Ese aspecto supera, de lejos, al pretexto amoroso, ingeniosamente propuesto como antecedente _también imaginario_ de "Noche de reyes". Tom Stoppard, admirable dramaturgo, invita a concebir una estrecha vinculación entre las andanzas del poeta (por entonces, aproximadamente 1590, establecido en Londres y sin contacto alguno con su mujer, Anne Hathaway, y sus hijos, dejados en Stratford) y su creación. Dada la penumbra en que permanece gran parte de la vida de Shakespeare, ésta es una teoría como cualquier otra: sirve puntualmente para la fábula urdida por el film, pero no debe atribuirsele veracidad histórica. Pero, insisto, ¿qué le importa al espectador la veracidad histórica?: le basta con disfrutar de la película, cuyo ritmo vertiginoso tan sólo se remansa _en exceso, creo_ para justificar, con largas parrafadas extraídas de "Romeo y Julieta", el juego entre la realidad del supuesto idilio y su traslado al escenario. El juego es ingenioso, pero es tan sólo un juego.
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El verdadero protagonista es el teatro. Tanto en su arquitectura -en Londres, The Rose, The Curtain, The Globe, respondían todos al mismo esquema, similar al contemporáneo "corral de comedias" español- como en la compleja síntesis de disciplinas múltiples que confluyen en una producción, en una representación. El film muestra un agudo, irónico conocimiento de las grandezas y las miserias del arte, particularmente en el enfoque de los actores. Exhibicionistas, narcisistas, centrados en sí mismos, celosos de la figuración en el cartel y del tiempo de permanencia en escena (quién tiene más o menos parlamentos, quién entra o sale con mayor repercusión en el público); y, simultáneamente, tímidos, indecisos, frágiles, veletas de todos los vientos, víctimas de todos los miedos.
Me hizo reír con ganas (porque me recordó realidades vividas) el momento en que alguien le pregunta al actor que hace la nodriza, de qué trata "Romeo y Julieta", y él -un hombrón de aspecto rústico y cara indescriptible- contesta: "Te diré, se trata de esta nodriza que..."
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No menos risible -y melancólica, también- es la transformación del productor que a cada rato amenaza con retirar su aporte y a quien, en un intento desesperado de retenerlo, Shakespeare le ofrece el breve papel del boticario. Es, para ese hombre en apariencia pragmático y autoritario, el cielo abierto: se transforma en un obediente peón de la partida incierta que es siempre un estreno.
Porque el film insiste, por boca del empresario de The Rose, en una palabra: milagro. Quien de cualquier manera esté vinculado con el teatro, sabe que es verdad. Lo que durante los ensayos aparece informe y caótico: las carencias de dinero, las demoras en la realización de los decorados, los olvidos de la letra, los tropezones sobre y detrás del escenario, la ropa que no sienta bien, el bigote postizo que se despega y la peluca torcida o al revés, todo, milagrosamente, se ordena y se aclara en cuanto se alza el telón. Es el mayor misterio de esta actividad delirante, que nadie en su sano juicio se atrevería a emprender. El film lo expresa, con una emoción profunda y contenida, cuando el actor que dice el Prólogo de "Romeo y Julieta" se adelanta, empieza a tartamudear, parece inminente el fracaso, y de pronto arranca y dice su parte con admirable dicción. El homenaje final, y merecido, es al público: uno, en la platea del cine, también se pondría de pie y aplaudiría de felicidad, porque es en el espectador donde se cierra el círculo de la creación y estalla por fin la poesía.
Un solo lunar, pero muy visible: el insípido Joseph Fiennes como Shakespeare, nada menos. Repite las dos o tres expresiones de su magro repertorio, ya vistas en "Elizabeth"; merecería el comentario aquel, hace años, de un crítico norteamericano: "Fulano de Tal recorre toda la gama de las emociones, desde la A hasta la B". Colosal, en cambio, Judi Dench como la reina Isabel, cuyo fantástico vestuario nos está indicando precisamente que asistimos a una fantasía, a una ilusión. ¿Pero no estamos hechos, acaso, "de la sustancia de los sueños"?
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