
En el Tercer Mundo, los secuestros generan terror; pero algunos norteamericanos los consideran una terapia, y pagan para sufrir.
1 minuto de lectura'
Ojo con los deseos que pedís: a veces, se cumplen. Estaba sentado en mi living con Brock Enright, un artista de Nueva York que planifica, ejecuta y filma secuestros por encargo. Preparábamos mi rapto.
–Yo siempre necesito tener todo bajo control –me encontré confesando a este muchacho de 26 años, buen mozo pero con un aire infantilmente tétrico–. Así que me parece que debo enfrentar mi miedo al caos. Estoy pensando que quizá la indecisión y la falta de organización de los secuestradores sea lo que me pone en peligro.
–Muy bien –dijo Enright. Me dio un cuestionario donde se me pedía que enumerara las cosas que me dan más miedo. Anoté: "Asfixiarme", "ahogarme", "resbalarme en un charco de vómito". Me preguntó si quería incluir algún otro elemento específico. Le contesté que sería "muy dramático" que, para empezar, se me acercaran en la vereda a una hora indefinida y, apuntándome, me obligaran a disimular mi pánico mientras me llevaban por calles llenas de gente. Enright quiso saber si prefería que la presión del arma sobre mi espalda fuese teatral o realista. "Realista", respondí. Y cómo me gustaría que terminara mi tormento, preguntó. "Bueno, no hace falta que le manden una oreja mía por correo a uno de los diarios más importantes", pensé en voz alta. "Pero quizás estaría bueno que Aaron, el tipo con el que salgo desde hace dos meses, me encontrase en una bolsa de lona y me rescatara."
Nuestro argumento ya tenía principio y fin, pero... ¿y el medio? Los secuestros de Enright muchas veces tienen un componente sexual; según él, ninguna de las veintinueve personas que secuestró en estos diez años pidió tener relaciones sexuales con un extraño, sino más bien con alguien conocido. Me inquirió: "¿Querés especificar algo en cuanto lo sexual o preferís que sea impreciso?". Reconocí: "No quiero llegar a algo demasiado denso, como quien dice. Pero, hecha esa aclaración, en general me incomoda mucho la presencia de un consolador negro y bien grande".
–¿Entonces querés uno? –quiso confirmar.
–Me parece que aportaría un detalle interesante.
De todas las maneras de decirle al mundo "Soy muy pero muy especial", planear tu propio secuestro es una de las más elaboradas; al lado de esto, tajearte las muñecas y llenar de sangre el lavatorio de tus padres queda como un acto improvisado y ligero. Seis horas después de nuestro primer encuentro, Enright me llamó para concertar una segunda cita y para hacerme la pregunta que aqueja a todo pornógrafo ("Lo del consolador negro: ¿sigue teniendo el visto bueno?"). La noche anterior al rapto, Enright y dos integrantes de su equipo –algunos de los que trabajan con él son amigos de la infancia que conoce de Virginia Beach, Virginia; a los 15 años ya jugaban a secuestrar en broma a otros compañeros– vinieron a mi casa con una cámara de video. Me hicieron firmar que no los iba a denunciar y tuve que leer el texto en cámara. También me hicieron fijar una palabra en código ("Hibernia") y un gesto físico (sacudir el pie) a los que, durante el secuestro, yo podía recurrir para que se detuviera toda la acción.
El día del secuestro, traté de llevar a cabo mis actividades cotidianas sin ansiedad. Pero iba caminando entre 8 millones de potenciales captores. La primera vez que detecté la presencia de Enright fue a las 2 de la tarde, cuando vi un charco de "vómito" junto a la escalera. Esquivé con elegancia este chocante anuncio mientras el crítico de teatro que llevo dentro reparaba en que el matiz fucsia fosforescente del vómito era un tanto grotesco. Dos horas después, cuando salía del gimnasio de la Universidad de Nueva York, un hombre me rodeó el cuello con el brazo izquierdo al tiempo que con la mano derecha, cubierta por una campera, me clavaba una pistola en la espalda. "¡Abrazáme como si fuésemos pareja!", susurró. De repente tuve miedo. Se me cerró la garganta. Era incapaz de mirar al matón a la cara. Y caí en la cuenta de una cosa: no sólo les di permiso a unos extraños para que me secuestraran sino que los incité a que lo hicieran con torpeza y a que usaran pistola. ¿Acaso Enright tiene límites? Cuando era adolescente, una vez espió a su tía y la filmó sentada en el inodoro. De golpe, yo era la tía de Enright y Nueva York era mi inodoro.
El matón me llevó a la parte de atrás de una camioneta, donde cinco individuos enmascarados me arrojaron agua helada, me tiraron al piso de la camioneta y me vendaron la boca y los ojos con cinta adhesiva. Mientras me ataban los pies, uno de los secuestradores me plantó el trasero directamente en la cara; en mi interior, una vocecita dijo: "No puedo creer que estoy pagando 1.500 dólares por esto". Me metieron en una bolsa de lona. Viajamos una media hora, tras lo cual me sacaron de la bolsa y me depositaron sobre un colchón en el piso de un sótano oscuro y lleno de polvo que medía 6 metros por 4 y medio, cuya ubicación, a pedido mío, desconocía.
Las seis horas siguientes fueron, casi con seguridad, las seis horas más terroríficas de mi vida. Que pudiera cancelar esta producción en cualquier momento con solo emplear mi palabra en código no tenía ninguna importancia. Me había creído la película; me había metido en el juego. Después de vendarme los ojos, amarrarme y amordazarme una y otra vez, los enmascarados me dejaron en calzoncillos y me sometieron a lluvias sorpresivas de diversos líquidos: agua, cerveza y jarabe. Un hombre al que terminé denominando El Depilador me arrancó pelos del pecho. Me pasaron una grabación en loop donde la comentarista de moda Elsa Klensch, de la cnn, se daba aires hablando de Lady Di. Un skinhead maloliente me lamió. Tuve que mear en vasos descartables. Una vez me abofetearon y en varias ocasiones me maltrataron físicamente. Algunos moretones me durarían una semana.
Al igual que mis captores, estuve extrañamente callado durante gran parte del procedimiento; me expresaba más que nada por medio de gruñidos y gritos. Sin embargo, sí creí pertinente escribir dos mensajes (el primero, fundacional: "Circulación sanguínea. Desatar manos", y el segundo, más poético: "Jaqueca. Circulación en la cabeza") y gritar: "¡No me pongan más cinta adhesiva en el pelo, carajo!". Cuando terminó el día, había llorado tres veces. Mi único aliado era un captor –yo estaba casi seguro de que bajo esa máscara se escondía Enright– que hablaba con voz aguda de Teletubby; en lo que sería una excepcional inversión del sindrome de Estocolmo, el sujeto estaba encantado conmigo. En determinado momento se acostó encima de mí, en posición de coger. Me confesó que se había enamorado de mí. Que Enright, quien en mi casa me había parecido nervioso y algo formal, fuese capaz de transmutarse en este personaje no me tomaba por sorpresa; como sucede con la mayoría de los actores que uno conoce, da la impresión de que el ser de Enright tiene dos partes: una es todo un mar cálido de humanidad sensible y decorosa, y la otra es un cartel de autopista que dice, simplemente, dispuesto. De la nada, un captor agresivo, por motivos que ignoro, me gritó: "¡Hoy se supo un secreto!" y luego empujó la silla giratoria a la que me acababan de atar; la silla cayó hacia atrás, y me golpeé la cabeza contra el suelo. Poco después le escribí un mensaje a Teletubby-Enright que decía: "Esto es demasiado intenso para mí". El me escribió, a su vez: "¿Qué parte?", y le respondí: "La violencia".
A la mañana siguiente se hicieron presentes en mi cuarto dos secuestradores enmascarados y Enright a cara descubierta. Enright me aclaró que en general él "no anda por ahí" cuando se llevan a cabo los secuestros –obviamente, mentía–, pero que, en este caso, anoche había "salido algo mal" (la silla que se cayó). Después agregó: "Para nosotros vos no sos como los demás clientes, porque sos un maricón total: «¡No me pongan más cinta en el pelo!»". Repliqué que creía que me iban a secuestrar, no a torturar. "Ustedes son como secuestradores que tienen demasiado tiempo libre", dije jadeando. "Es como que te secuestre Martha Stewart." Por extraño que parezca, si bien había pasado la noche más horrenda de mi vida, no me gustaba criticar a Enright delante de sus empleados; es que a esta altura conforma una especie de familia con estos psicópatas y yo no quería debilitar su autoridad. Pero, hecha esta aclaración, que la noche anterior me hubieran arrancado cinta adhesiva del pelo reiteradas veces me sacó de quicio.
Al marcharse, Enright dejó una bolsa de compras; adentro había un imponente consolador negro de 45 centímetros llamado el Rambone. Loco de sólo pensar para qué podían llegar a usarlo mis captores, solté los tres tipos de cinta con que me habían sujetado los pantalones –ahora mugrientos– a los tobillos, arrastré un bloque de cemento de un lado a otro del cuarto, me subí y escondí el Rambone en las tuberías de ventilación.
Ese día, la idea general del procedimiento pasó del terror a la humillación. Un secuestrador muy tenso me cortó los calzoncillos con una tijera mientras otros siete captores aplaudían y me filmaban. Aunque yo estaba en una fase postraumática, les daba el gusto sin pensar. Sencillamente me mantenía ocupado, como un jubilado.
Esa misma semana habían salido miles de notas en los diarios sobre la hazaña de una nena de 7 años secuestrada que rompió la cinta adhesiva a mordiscones y se escapó. El concepto de intentar huir y posiblemente enfurecer aún más a mis captores se me aparecía como un disparate.
Esa noche, el Teletubby me pasó un mensaje por debajo de la puerta para avisarme que estaban por venir "los muchachos" y que me convenía darle "rápido" el consolador para que él lo escondiera. Corrí a la otra punta del cuarto, me subí al bloque de cemento y metí la mano en las tuberías de ventilación . Pero había empujado muy lejos al Rambone y ahora no lo alcanzaba. Así que, con la ayuda de un lápiz, lo arrastré hacia delante; primero apareció una mitad, después parte de la segunda mitad y al final ¡pum!, bajaron los dos kilos como una serpiente y me cayeron en la cara. Atontado, le entregué el Rambone al Teletubby.
Poco después, los secuestradores me pusieron una máscara de Batman, me vendaron los ojos, me ataron las manos y los pies, me adhirieron el Rambone a la pierna con cinta adhesiva, me metieron en una bolsa de lona y me depositaron en la cama de un hotel del bajo Manhattan. Me despertó siete horas después mi amigo Aaron. Conmocionado, me acompañó caminando a mi casa.
Me llevó dos días recuperarme emocionalmente. El domingo me llamó Enright para pedirme que filmara una declaración para el final del video. Uno de sus empleados me filmó hablando de la experiencia. Me quedaron, en principio, dos sensaciones después del secuestro, dije. En primer lugar, qué acto monstruosamente egoísta es solicitar tu propio secuestro: la cara que puso Aaron cuando abrió la bolsa de lona era realmente digna de [el pintor noruego] Edvard Munch. En segundo lugar, uno se imagina que como consecuencia de un secuestro simulado uno estará más vulnerable, o que será sensible a otros secuestrados o desgraciados, o que apreciará las cosas buenas la vida. No; el cambio notorio que se operó en mí fue que me aumentó el malhumor.
Enright también me pidió que opinara sobre la calidad del servicio brindado. No escatimé elogios en cuanto al terror que me inspiró, pero le dije que se podrían haber sostenido mejor los elementos narrativos: el personaje del matón había desaparecido tras el rapto y la trama habría sido más rica si la consideración que me tenía el personaje del Teletubby le hubiera ocasionado más problemas. Por mi parte, por supuesto, quise saber qué pensaba de mí el equipo de Enright. Me contestó: "A todos les pareciste atractivo y muy quisquilloso".
También le pregunté por la responsabilidad. Enright, que obtuvo su segundo título en Bellas Artes en la Universidad de Columbia, se considera artista, no terapeuta. Pero, dada la naturaleza de su trabajo, ¿no siente el peso de la responsabilidad para con la psiquis de sus clientes? El artista se mostró bastante frío con respecto a este tema. Su postura fue que simplemente está tratando de hacer una película y de que nadie salga herido, y le restó importancia a la responsabilidad afirmando que es "la misma responsabilidad que siento por otra persona en el subte o por alguien que veo en el bar". Expuse mi teoría de que solicitar el propio rapto es muy egoísta. "Entiendo", dijo, "pero yo lo veo como tirarse con paracaídas. Tirarse con paracaídas también les da miedo a los que te rodean... a menos que uno sepa mucho de tirarse en paracaídas".
Tras mi secuestro, sentí que ya sabía mucho de este otro tipo de salto al vacío. Pero no por eso le tengo menos miedo.






