
Bach, en su exacta medida
Misa en si menor de bach, bwv 232 / Solistas: Johanna Winkel, soprano; Ann Beth Solvang, contralto; Sebastian Kohlhepp, tenor; Markus Eiche, bajo / Coro y orquesta: Gächinger Kantorei Stuttgart, Bach-Collegium Stuttgart / Director: Hans-Christoph Rademann / Ciclo: Abono del Mozarteum Argentino / Sala: Teatro Colón.
Nuestra Opinión: Muy Bueno
La histórica y celebérrima Bachakademie Stuttgart, es decir, el nombre institucional que cobija al Bach-Collegium y el Gächinger Kantorei, ya había estado en el Colón haciendo la Misa en Si menor, de Bach. La última fue hace tan sólo tres años y con el no menos histórico y célebre Helmuth Rilling, su fundador, a su frente. Y los milagros parecen repetirse, aunque ahora haya sido Hans-Christoph Rademann, su actual titular, quien haya tenido a su cargo la dirección. Incluso, y aunque pudiera sonar, tal vez, riesgoso o aventurado, los pasajes estrictamente sinfónico corales tuvieron una mejor resolución y una mayor solidez.
La Misa en Si menor es una obra única dentro de la historia personal de Bach y de la historia general de la música. Es una obra que, como tantas otras obras cíclicas y ciclópeas de Bach, pareciera haber sido compuesta para sintetizar todas las técnicas compositivas imaginables, todas las asociaciones de misticismo y música, y todas las posibilidades expresivas de un tiempo musical.
Con una visión precisa y más que atinada, Rademann, al igual que lo había hecho Rilling, dispuso sobre el escenario una orquesta de unos veinticinco músicos y un coro apenas superior en su número, exactamente lo que era la norma -o incluso un poco menos también- en la Leipzig de Bach. El prólogo de la obra es una introducción de tan sólo cuatro compases, de textura acórdica, trabajada con contrapuntos y líneas internas tan delicadas como sutiles. La tradición de la interpretación romántica de la música antigua había encontrado en esa introducción un espacio para conmover los cimientos de cualquier teatro, con coros y orquestas fenomenales y volúmenes desmedidos. La corriente historicista puso los asuntos en su lugar y, aunque la interpretación se haga con los instrumentos de estos tiempos, como fue en esta oportunidad, ese prólogo debe ser bello e imponente, pero sólo en términos barrocos. Y así sonó anteayer, impecable y en su exacta medida de sonoridad y expresividad. En menos de un minuto, la Bachakademie había producido la mejor introducción para una gran noche.
Un camino seguro
Rademann hizo su carrera, brillante por cierto, dirigiendo coros, y sus movimientos y aproximaciones son, esencialmente, los de un director de coros. Con una gestualidad que casi no se ocupa de marcaciones métricas, Rademann sugiere, impulsa, expresa y anima a los músicos y cantantes a transitar por caminos seguros. Algún osado podría suponer que el Bach-Collegium y el Gächinger Kantorei tienen tantísima experiencia en este repertorio que podrían caminar por sí mismos con firmeza y soltura por estos senderos tan transitados. Queda claro que por fuera de lo estrictamente mecánico, en el concierto hubo momentos definitivamente sublimes y que la mano de Rademann tuvo muchísimo que ver en poder alcanzar esos resultados. La exactitud y el buen balance de la fuga del "Kyrie" o la tenuidad extrema y poética del "Et incarnatus est" fueron dos testimonios de un arte superior.
Al mismo tiempo, también se le podría atribuir a Rademann la ubicación poco favorable de los solistas en el escenario para asumir sus arias o números de conjunto. No situados en el proscenio, sino entre la orquesta y el coro, y con suma corrección, aunque también con escasa presencia vocal y personalidad musical, los cuatro solistas protagonizaron arias y dúos que tuvieron resoluciones no siempre óptimas. De los cuatro solistas, sólo el tenor, Sebastian Kohlhepp, demostró soltura y suficiencia. Sin lugar a dudas, el momento de canto solista más destacado de toda la noche fue el "Benedictus", un aria para tenor y flauta obligada.
La apertura, a cargo de la flautista y el continuo, fue interpretada con una libertad métrica y una exquisita expresividad. Del mismo modo, la fusión del canto del tenor y la flauta tuvo una resolución impecable, equilibrada y sumamente artística.
Sobre el final llovieron generosos los aplausos. Llamó la atención, tal vez también para la instrumentista, que el griterío y las efusiones tuvieron su punto más alto cuando el director hizo poner de pie a Catarina Laske-Trier, la flautista en cuestión.
La Bachakademie Stuttgart se presenta hoy, nuevamente en el Colón, esta vez, para hacer el oratorio más célebre de todos los tiempos, El Mesías, de Handel. Seguramente será otra noche memorable.
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