
Bach, más allá de la cronología
Si alguien fue llevado y traído por la interpretación histórica, mediante afirmaciones que luego se hicieron añicos, ése fue Johann Sebastian Bach. Albert Schweitzer, teólogo, filósofo, médico y organista, que llevó su pasión por Bach al corazón mismo del Africa ecuatorial, y escribió un libro que hizo época, "El músico-poeta" (1903), aportó esta curiosa sentencia: "Bach es un fin; nada procede de él; todo conduce a él". Por su parte, el organista y musicólogo ruso-suizo Jacques Handschin, profesor universitario en Basilea, escribió que Bach fue el representante de un desarrollo aislado, condicionado por limitaciones regionales, que no tuvo relación con la historia de la música en Europa y no ejerció sobre ella ninguna influencia. Semejantes afirmaciones muestran al rojo vivo los tropiezos que se pueden cometer en esa ardua tarea de la Historia por llegar a la luz del conocimiento verdadero.
* * *
Reconocemos hoy que en materia de escritura polifónica nadie llegó a las alturas de Bach. Ni en el dominio de la técnica, ni mucho menos en la libertad con que se movió en ese terreno, llevado por una fantasía y una apertura intelectual libre de la menor "limitación regional". Pero sólo en estos últimos tiempos se ha tomado conciencia de que también en un campo más nuevo para su época, el de la escritura armónica, Bach ha sido un adelantado. Bastan dos o tres ejemplos de "El clave bien temperado", para probar hasta qué punto dos siglos y medio de música, desde Haydn y Mozart hasta hoy, salen de Bach. Y ni hablar en la Toccata y Fuga en Re menor. Pero quizá no haya un ejemplo más impresionante de audacia que el que ofrece la última fuga de la colección, la número 24, en Si menor, con el tema que pasa por todos los sonidos de la escala cromática, tanto como para demostrar que dos siglos después la Escuela de Viena, con Schoenberg a la cabeza, partiría de ese preciso lugar. Esto significa que si Bach absorbió en su obra todo lo que produjo la música por medio de la polifonía gótica, renacentista y barroca, y del estilo de los italianos contemporáneos, como Vivaldi, o del francés Rameau, fue para someterlos a un proceso de elaboración personal tan formidable como para que sus efectos sigan siendo pan cotidiano para los músicos del 2000.






