Basado en hechos reales: Polanski se enreda en un film a medida de sus obsesiones
Basada en hechos reales (D'après une histoire vraie, Francia/Polonia/Bélgica, 2017) / Dirección: Roman Polanski / Guion: Olivier Assayas y Roman Polanski, basado en el libro de Delphine de Vigan / Fotografía: Pawel Edelman / Edición: Margot Meynier / Música: Alexandre Desplat / Elenco: Emmanuelle Seigner, Eva Green, Vincent Perez / Duración: 100 minutos / Nuestra opinión: buena
Largometrajes basados en novelas u obras de teatro. Así podrían definirse las últimas tres décadas de Roman Polanski como director. El último guion original que filmó fue Búsqueda frenética, de 1988. Algunos de los autores adaptados: Leopold von Sacher-Masoch, Ariel Dorfman, Arturo Pérez-Reverte, Yasmina Reza, Charles Dickens. En Basado en hechos reales, la adaptada es la francesa Delphine de Vigan (la premiada y exitosa autora de Días sin hambre y Nada se opone a la noche).
Basado en hechos reales es una novela y también una película de escritoras. Delphine (el juego con la autobiografía es clave en De Vigan, aunque aquí parece proceder al revés que habitualmente) y L. se conocen en una firma de libros, y hay fascinación, seducción, envidias, apoyos, ¿peligros? Hay amenazas por afuera y tópicos habituales en las películas de escritores como la sempiterna página en blanco, referencias a Misery y, desde Polanski, una suerte de camino recopilatorio sobre sus temas y obsesiones; un proyecto autofágico de director extremadamente consciente de que todo estaba puesto en juego con mucha más potencia y gracia, por ejemplo en Femme Fatale de De Palma.

Aquí tenemos a una ghost writer (como en El escritor oculto), situaciones de encierro femenino como en Repulsión, techos de París como en Búsqueda frenética, gente que no puede caminar como en Perversa luna de miel y La muerte y la doncella y otros etcéteras. Y la frecuente musa de Polanski desde principios de los 90 -su mujer Emmanuelle Seigner-, quien en La piel de Venus (2013) seducía con una convicción apabullante y aquí se ve prisionera de una ostensiblemente menor flexibilidad facial, que redunda en expresiones menos complejas.
Hay algo farsesco a media máquina en el acercamiento de Polanski a estos derroteros módicamente misteriosos y que van más allá de los gestos de Seigner: Eva Green hace de seductora con perfidia en un modo tan directo que parece tomar distancia en cada movimiento corporal; la música de Alexandre Desplat parece una parodia simple de "temas de escritoras en pugna y en medio de misterios" y Vincent Perez hace de seductor casi como si fuera Antonio Banderas.
Polanski supo transitar estos caminos con mucha más gracia, con mucha más malicia, con mucha más energía, incluso en las no tan lejanas La piel de Venus y El escritor oculto. Aquí, con un coguionista como Olivier Assayas y un punto de partida que se prestaba para el asalto polanskiano en modo salvaje, demuestra apenas que los grandes directores también pueden apelar meramente al oficio y al automatismo.
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