Beniamino Gigli, cumbre del canto visceral
Fue un ídolo de Buenos Aires que lo consagró en 1919 cuando debutó en el Teatro Colón con la soprano Claudia Muzio.
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Con la muerte del tenor Beniamino Gigli ocurrida el 30 de noviembre de 1957 (ayer su cumplieron cuarenta años), el mundo de la ópera perdió a uno de los más notables cantantes de todos los tiempos. Su característica vocal, su estilo y temperamento marcaron una época a la que bien se podría considerar la del reinado de Gigli, inmediatamente posterior a la de Enrico Caruso.
Había nacido en Recanati, el 20 de marzo de 1890. Estudio en el Conservatorio de Roma con Enrico Rosati, debutando en Rovigo, en "La Gioconda", de Ponchielli, en 1914, y al instante se reconoció una voz cristalina, argentina, vibrante y de afinación firme.
Ese mismo año el maestro Tullio Serafín -en aquel momento un joven que sería, significativamente, impulsor de otros nombre ilustres incluyendo a María Callas, treinta y cinco años más tarde- lo comprometió para actuar en el Teatro Carlo Felice, de Génova, en "Tosca", de Puccini; "Manón", de Massenet, y, nuevamente, "La Gioconda".
El éxito fue resonante hasta que después de otras presentaciones en teatros italiano llegó su consagración definitiva en La Scala, de Milán, durante la temporada de 1918, con "Mefistofele", de Arrigo Boito, dirigida por Arturo Toscanini. Al año siguiente, el Teatro Colón, de Buenos Aires, se incorpora antes que el Metropolitan de Nueva York, a la lista de escenarios de primer nivel que consagraron al excepcional artista. "Tosca", con Claudia Muzio, fue el título de su debut. También cantó "La Boheme", "La Gioconda" y "Lucrezia Borgia" y "Mefistofele", formando pareja con Muzio, Ester Mazzoleni, e Hina Spani, ilustre figura del arte nacional.
Beniamino Gigli retornó a nuestro país en seis temporadas, y como Claudia Muzio, "la divina Claudia" para el público argentino, fue uno de los pocos ídolos de la primera mitad del siglo. Su paso por el Teatro Colón, el Coliseo, y en su última visita en el Gran Rex, por razones muy tristes de recordar, ya que no pudo cantar en el Colón por disposición del gobierno de Perón, fueron testigos del cariño y admiración de una multitud de admiradores.
A las cualidades de su cautivante voz, a su canto con frecuente sollozo, como recurso expresivo; a su manejo del matiz, alternativamente mórbido y brillante; a su exclusivo estilo para obtener la media voz, que incluían magistrales falsetes, y a su declamación, Gigli sumó las cualidades de un hombre de imperturbable humildad, un ácido sentido del humor y bondadosa actitud frente a las contingencias cotidianas de la vida.
El hijo del zapatero de Recanati se granjeó la simpatía de la colectividad recanatense que, como era lógico, sintió la necesidad de homenajearlo, en su Asociación de la Avenida Directorio. Allí Gigli concurría los domingos para gozar con su plato preferido de tallarines amasados en casa y jugar a las bochas.
A propósito de este detalle, siempre se tuvo por una contribución especial del tenor, una donación para contar con una cancha de bochas impecable, en el predio de esa entidad que hoy lleva el nombre de Societá Corale Recanatese "Beniamino Gigli" y que, gracias al esfuerzo de sus socios, ha logrado mejorar la casona para contar con un salón algo más cómodo donde cada año, cantantes del elenco del Colón, llevan a cabo un recital lírico, con entrada gratuita, tal como era el deseo de Gigli.
Se sabe que en muchas ocasiones él mismo brindó recitales en el lugar, pero claro, con una especial actitud que lo muestra de cuerpo entero en cuanto a la ética de su proceder, pidiendo "permiso", al Colón, en razón de su vinculación contractual.
Bromas pesadas a colegas
Todavía se recuerdan algunas gracias del tenor, como por ejemplo, volcar el contenido de una jarra de agua dentro de la galera que instantes después debía ponerse el bajo Juan Zanín (Colline), en "La Boheme", de 1948, con ocasión del triunfo de la soprano argentina Helena Arizmendi. Afortunadamente, Zanin se empapó, pero rió como nunca.
En varias oportunidades Gigli y un pequeño grupo de sus admiradores más fieles, tenía por costumbre, después de cada representación, ir a comer a "La cabaña", hoy desaparecida. Su objetivo era comer un lomo especial "porque no existe en el mundo otro igual", y lo decía cantando a plena voz. Pero frente a la sorpresa de todos, cuando se llegaba a la mesa, en el lugar de Gigli ya se encontraba su entrada, un plato de pasta, con unas gotas de aceite y queso.
Era una ceremonia porque mientras él los devoraba con la excusa de recuperar la energía perdida en el escenario, los otros comensales y un verdadero séquito de mozos de impecable uniforme observaban en total silencio. Con el último tenedor (Gigli era un maestro en la forma de envolver los fideos), estallaba un caluroso aplauso.
Volviendo a su carrera, cabe recordar que en 1920 trabajó en el Metropolitan de Nueva York, durante la última temporada de Caruso y continuó vinculado con ese teatro hasta 1932, cuando a consecuencia de una disputa con Gatti-Casazza, volvió a Italia. Pero retornó en 1937 con doce títulos y un triunfo notable, completando de ese modo 368 funciones en Nueva York.
Si bien Gigli no fue un gran actor, actuó en cine y su canto compensa esa debilidad convirtiendo su presencia en arte. Fue un fenómeno de vitalidad vocal porque cantó hasta los últimos días de su vida. Si bien sufría de diabetes y su fortaleza había disminuido notoriamente, a los 65 todavía cantaba con esfuerzo en recitales, incluyendo una gira con tres conciertos en el Carnegie Hall.
Su muerte se debió a su tristeza por haber tomado conciencia de la pérdida de sus facultades vocales y el 20 de noviembre de 1957, a los 67, a causa de un ataque al corazón se apagó una de las más brillantes estrellas de la historia del canto del siglo XX.
Sin embargo, gracias a sus registros discográficos y al testimonio que se transmite de generación en generación, Beniamino Gigli sigue ocupando un lugar de privilegio en las preferencias del melómano de hoy, sencillamente, porque fue un gran artista.





