Brillantísima: Vicky Xipolitakis, para el recuerdo; José Luis Gioia y Tristán, para el olvido
Personajes.tv fue a ver a la vedette en acción y no se llevó una completa desilusión; no le pasó lo mismo con los cómicos
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Hay mucha piel en Brillantísima. Mucha lola, mucho pelo, mucho, mucho. Hay humor del viejo. Y humor del nuevo. Hay malas palabras, chistes groseros, hombres que se disfrazan de mujer, cantantes que hacen playback y trajes brillantes lindísimos. Hay una revista. Y una vedette de la que hablan todos. Entrar en ese mundo es un viaje increíble.
La cosa empieza bien arriba, con la aparición de la drag queen Mariquena del Prado. Exhuberante y bien plantada, arenga a la gente, intenta animar al público y busca un ida y vuelta que, al principio, cuesta. La entrada en calor no es casual: el acto siguiente es con Moria Casán y Carmen Barbieri en el escenario interpretándose a sí mismas a los 80 años. En apenas unos minutos, ellas hablan de todo. De las joyas de Paraguay, de Jorge Lanata, del "Bailando...", de Santiago Bal... Enseguida llegan los cuadros de baile, con las chicas en microbikini y muchas lentejuelas. Celeste Muriega es la que mejor baila. Le siguen Stefania Xipolitakis y Lorena Liggi. Pero, claro, el centro de atención es Vicky, la griega nominada a vedette de la temporada. La chica se esfuerza. Y mucho. Es una minipersona con mucho busto y mucha cola. Sonríe siempre mientras baila, aunque los cuadros le propongan saltos en el aire y aterrizajes forzosos. Hace topless sin pudor y hasta balbucea algunas palabras en un sketch donde hace de Caperucita Roja.

Lo peor de todo es José Luis Gioia. Muy cerca está Tristán. Verlos es volver al pasado. En cambio, son muy graciosos los nuevos humoristas Julián Labruna, Gustavo Monje y Martín Sipicky, a los que de a poco se les está uniendo -con simpatía- Federico Bal. ¡Gracias a ellos por estar! Son un respiro entre tanto chiste misógino y grosero. Y una mención aparte se merece Sergio Denis. No canta, obvio, sólo mueve los labios. Pero se le perdona el playback porque pone tanta, pero tanta garra, que enternece. Solito en el escenario, se mueve como endemoniado y hasta baja a saludar a la platea como si fuera un pastor religioso. La gente responde: se para, canta, aplaude. Su presencia ayuda mucho para dejar caliente al público para el saludo final. Allí, todito el elenco saluda y sonríe. Todos atentos al aplausómetro. Después de todo, es lo único que importa.
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