
Un prestigioso historiador de Princeton analiza el momento político de la superpotencia y ubica a su presidente belicista entre lo más desastroso que ocupó la Casa Blanca alguna vez
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La presidencia de George W. Bush parece dirigirse hacia una colosal caída en desgracia. Descartando un cataclismo del orden de los ataques del 11 de septiembre, que tendrían al público reunido en torno a la Casa Blanca una vez más, parece haber pocas cosas que esta administración pueda hacer para evitar que Bush sea ubicado en el último escalón de los presidentes estadounidenses. Esto, tratándose del mejor escenario. De hecho, muchos historiadores están preguntándose ahora mismo si Bush no será recordado como el peor presidente de la historia norteamericana. Cada tanto, me junto con mis colegas de Princeton para discutir ociosamente acerca de cuál fue realmente el peor de todos. Durante años, estos debates perennes se han enfocado en el mismo manojo de presidentes a quienes las elecciones nacionales o los historiadores provenientes de los más variados espectros ideológicos y políticos ubican siempre en el fondo del barril presidencial. ¿Lo fue el fatal James Buchanan, quien, confrontado con la secesión sureña en 1860, vaciló hasta el grado de ser considerarlo gravemente desleal a la patria (según afirma su más reciente biógrafo), entregándole a su sucesor Abraham Lincoln, una nación ya desgarrada en dos? ¿Fue Andrew Johnson, el sucesor de Lincoln, quien tomó partido por los ex Confederados y terminó por socavar la Reconstrucción? ¿Qué hay del afable e incompetente Warren G. Harding cuya administración fue fabulosamente corrupta? ¿O, a pesar de tener quienes lo defienden, Herbert Hoover, que trató de implementar ciertas reformas pero terminó prisionero de su propia, anticuada e individualista ética, y colapsó con el crack del 29 y el comienzo de la Depresión? Los historiadores más jóvenes siempre le dedican unas palabras a Richard M. Nixon, el único presidente norteamericano que fue obligado a renunciar a su mandato.
Ahora, sin embargo, George W. Bush está en una seria contienda por el título de peor presidente de la historia. A comienzos de 2004, una encuesta informal entre 415 historiadores conducida por la independiente History News Network encontró que el 81 por ciento consideraba la administración Bush como un "fracaso". Entre los que consideraban a Bush un éxito, muchos lo hacían por su habilidad para movilizar el apoyo de la gente y hacer que el Congreso apoyase, lo que un historiador dio por llamar "la búsqueda de políticas desastrosas". Es más: uno de cada diez estaba bromeando, diciendo que era el mejor presidente desde Bill Clinton (categoría en la que Bush es único concursante).
La decisión tan inclinada de los historiadores debería hacer que todos se detuvieran por un momento, porque los historiadores suelen ser un grupo cauto a la hora de hablar. Evaluamos el pasado desde puntos de vista divergentes y nos preocupa ser vistos como justos y precisos por nuestros colegas. Cuando emitimos un juicio histórico, no actuamos como votantes o siquiera expertos sino como eruditos que deben evaluar toda la evidencia, buena, mala o indiferente. Sondeos separados, conducidos por conservadores y liberales, muestran una notable similitud sobre quiénes han sido los mejores y peores presidentes. Es verdad que los historiadores tienden, como grupo, a ser más liberales que la ciudadanía como un todo, un hecho al que los admiradores del presidente se han aferrado para desestimar los resultados. Un historiador pro Bush dijo que la encuesta revelaba más acerca de "la actual cosecha de profesores de historia" que acerca de Bush. Pero si los historiadores estuvieran motivados por un prejuicio liberal colectivo, es probable que nombrasen a Bush como el peor presidente desde el mandato de su padre, o Ronald Reagan o Nixon. En cambio, más de la mitad de aquellos encuestados y casi tres cuartos de aquellos que dieron a Bush un puntaje negativo tuvieron que transportarse a tiempos anteriores a Nixon a fin de encontrar un presidente al que considerasen tan despreciable como Bush. Los presidentes habitualmente relacionados con Bush son Hoover, Andrew Jonhson y Buchanan. Doce por ciento de los historiadores entrevistados –casi tantos como los que consideraron a Bush un éxito– lo juzgaron lisa y llanamente el peor presidente en la historia norteamericana. Y estas cifras fueron recogidas antes de la debacle del huracán Katrina y el deterioro de la situación en Irak.
Aun peor para el presidente es el hecho de que el público en general, habiéndole dado en su momento los máximos niveles de aprobación, ahora está llegando a la misma sombría conclusión que los historiadores. Para estar seguro, el presidente conserva una considerable base de partidarios (alrededor de un tercio del electorado) que lo apoyan, creen y adoran, y rechazan toda crítica con feroz desprecio. (Cuando el columnista Richard Reeves difundió la encuesta del pasado año, provocó el ataque de abusivas respuestas que lo calificaron de idiota y que pintaban a Bush como "un cristiano que actúa en función de sus arraigadas creencias". Sin embargo, las filas de verdaderos creyentes han disminuido drásticamente. Una mayoría de votantes en 43 estados desaprueba la forma en que Bush hace su trabajo. Desde el comienzo de las encuestas confiables en los años 40, un único presidente reelecto vio caer su popularidad tanto como lo hizo Bush en su segundo mandato: Richard Nixon, durante los meses previos a su renuncia en 1974. Desde las primeras encuestas no ha habido presidente reelecto que haya caído de alturas tales de popularidad como Bush (casi un 90 por ciento después de la caída de las Torres) a niveles tan bajos (alrededor de un 35 por ciento). Ningún presidente, incluyendo a Harry Truman, ha experimentado tal caída ininterrumpida como la de Bush. Descontando las temporarias escaladas que siguieron al comienzo de la guerra en Irak y la captura de Saddam Hussein y un recupero durante las semanas previas y posteriores a su reelección, la tendencia de Bush ha sido una de constante desilusión.
¿Cómo puede caer tan bajo la reputación de un presidente? Las razones se comprenden mejor si se las ve como el reverso de aquellas que producen la grandeza presidencial. En casi cualquier encuesta de historiadores desde los años 40, tres presidentes han emergido como absolutamente exitosos: George Washington, Abraham Lincoln y Franklin D. Roosevelt; fueron los hombres que guiaron a la nación a través de las grandes crisis: la era fundacional luego de la ratificación de la Constitución, la Guerra Civil y la Gran Depresión seguida por la Segunda Guerra Mundial. Teniendo que enfrentar circunstancias arduas, unieron a la nación, gobernaron brillantemente y dejaron la república más segura que al comienzo de sus mandatos.
Presidentes calamitosos, Buchanan, Andrew Jonhson, Hoover y ahora Bush, han dividido a la nación, gobernado erráticamente y dejaron al país en peores condiciones que antes. En cada caso, distintos factores han contribuido al fracaso: políticas internas desastrosas, tropiezos en las políticas exteriores, reveses y contratiempos militares, mala conducta ejecutiva y crisis de credibilidad y confianza. Bush, sin embargo, es una de las rarezas en la historia presidencial. No sólo ha tropezado severamente en cada uno de estos aspectos clave, sino que ha mostrado además una debilidad común entre los fracasos presidenciales: una ideología simplista que considera la desviación del dogma como herejía, y así imposibilita cualquier ajuste pragmático a las realidades cambiantes. Bush se ha desarmado repetidas veces, incurriendo en una falla que se revela en cada una de las áreas más importantes de su desempeño presidencial.
la brecha de credibilidad
Ningún presidente anterior ha despilfarrado la credibilidad pública de la forma en que Bush lo ha hecho. En 1840, el presidente James Polk se ganó una reputación de taimado debido a su fabricación de la Guerra con México y su disimulado apoyo a la esclavitud. Abraham Lincoln, en ese entonces un congresista de Illinois, prácticamente consideró a Polk como un "hombre desconcertado, confundido y tristemente perplejo" y denunció a la guerra como "la más absoluta decepción, de principio a fin". Pero la rápida victoria norteamericana en la guerra, la decisión de Polk de cumplir con un solo mandato y su repentina muerte a poco de terminar su período, lo salvaron del deshonor por la esclavitud que cayó sobre sus sucesores en los años 1850. A dos años de la finalización del segundo mandato de Bush y sin ninguna victoria a la vista, su reputación probablemente no tenga salvación alguna.
Los problemas que acosan a Bush son de un carácter más moderno –más acordes con la era televisiva– que los que acosaban a Polk, en una crisis tanto de confianza como de credibilidad. Las tribulaciones de Lyndon Johnson en Vietnam en 1965 dieron lugar a lo que se pasó a llamar la "brecha de credibilidad", que se refiere a la distancia existente entre la labor presidencial y la percepción del pueblo acerca de la realidad. Transcurrieron dos años hasta que los índices de desaprobación de Johnson alcanzaron el 52 por ciento en las encuestas de Gallup en marzo de 1968, una cifra que Bush superó hace tiempo, pero que fue suficiente para que Johnson se negara a buscar la reelección. Sin embargo, luego de tres años desde que Bush declarara "misión cumplida" en Irak, sus índices de desaprobación han llegado a niveles más altos que los de Johnson (alrededor de un 60 por ciento). Más de la mitad del país ahora considera a Bush deshonesto y poco confiable, y una pluralidad lo considera menos confiable que su predecesor Bill Clinton, una figura todavía atacada por los fanáticos conservadores.
Presidentes anteriores –Truman, Reagan, Clinton– lograron revertir la caída en picada en sus índices de credibilidad desviando la atención de los contratiempos políticos y revisando los círculos internos de la Casa Blanca. Que Bush haya expresado públicamente que él no ha cometido grandes errores, sumado a lo que hasta un conservador ha llamado sus "pretenciosos pronunciamientos" acerca del fracaso de sus políticas, parecen apoyar la opción por la distracción. Aumentar la apuesta en Oriente Medio y bombardear ubicaciones nucleares iraníes, una estrategia apoyada por algunos en la Casa Blanca, pudo distraer la atención del público y permitió a Bush ganar capital político inmediato para las elecciones de 2006, pero a largo plazo podría empeorar aun más la ya desesperante situación en Irak, especialmente entre los musulmanes chiítas vinculados con los iraníes. Y dado el ferviente apego que Bush siente por sus leales y desacreditados consejeros, una reestructuración radical entre el personal es poco probable. El poder del vicepresidente Dick Cheney, mientras tanto, se mantiene imperturbable. De anunciar su renuncia por problemas de salud (normalmente un pretexto educado para un despido político) uno pensaría que Cheney realmente tenía serios problemas de salud.
bush en guerra
Hasta el siglo xx, los presidentes norteamericanos manejaron bien las guerras con otros países, incluyendo a aquellos presidentes que sostuvieron guerras poco populares. James Madison no tuvo apoyo alguno de la federalista Nueva Inglaterra en los comienzos de la guerra de 1812 y el descontento aumentó entre los crecientes reveses militares en 1813. Las extralimitaciones políticas federalistas, combinadas con un reverso en la suerte militar de los Estados Unidos y la negociación con Gran Bretaña, convirtieron a Madison, una vez más, en una suerte de héroe y dieron lugar a una breve "era de buenos sentimientos", en la que su coalición con el Partido Republicano Jeffersoniano gobernó prácticamente sin oposición. La guerra con México durante el gobierno de Polk fue aun menos popular, pero su rápido y victorioso final redundó en favor de Polk a la manera en que la Guerra Hispano-Americana ayudó a William McKinley a combatir la oposición antiimperialista.
El siglo xx fue más cruel con los presidentes que gobernaron en tiempos de guerra; después de ganar la reelección en 1916 con el eslogan El nos mantuvo fuera de la guerra, Woodrow Wilson supervisó la entrada de los Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, mientras los infantes regresaban a casa triunfantes, la desastrosa campaña política de Wilson por la entrada norteamericana en la Liga de las Naciones presagió un resurgimiento de la oposición republicana y una intensificación del aislamiento norteamericano que duró hasta Pearl Harbour.
Bush tiene más que ver con presidentes demócratas posteriores a 1945, como Truman y Johnson. Ambos se empantanaron en conflictos militares en el extranjero sin objetivos y sin victorias a la vista. Pero Bush se ha empantanado en una forma singular y mucho más dañina. El 10 de septiembre de 2001 contaba con más bajos niveles de popularidad que cualquier presidente moderno en su primer mandato. Los ataques del día siguiente transformaron la presidencia de Bush, dándole una oportunidad de grandeza. Algunos de los primeros signos fueron alentadores. La elocuencia sencilla de Bush y su rápido derrocamiento del gobierno talibán en Afganistán unieron a la nación. Pero Bush malgastó su chance al elegir el partido por sobre el liderazgo.
Ningún otro presidente –Lincoln en la Guerra Civil, fdr en la Segunda Guerra, John F. Kennedy en los momentos más críticos de la Guerra Fría– enfrentado a semejante conjunto de circunstancias militares y políticas falló a la hora de incluir al partido político opositor en la persecución de una lucha nacional. Pero Bush dejó afuera a los demócratas al límite de demonizarlos. Los más altos asesores militares del presidente e incluso los miembros de su gabinete que expresaron alguna reserva o crítica respecto a sus políticas –incluyendo al general retirado Anthony Zinni y al ex secretario del Tesoro, Paul O’Neill– sufrieron despidos o ataques directos (investigaciones por parte de quienes apoyaban al presidente) que cuestionaban su rol en la seguridad nacional. Los hombres sabios que aconsejaron al padre de Bush, incluyendo a James Baker y Brent Scowcroft, encontraron que sus súplicas eran ignoradas por el hijo. Cuando se le preguntó a Bush si alguna vez buscaba el consejo del Bush mayor, el presidente respondió: "Hay un Padre superior al que acudo".
Todo el tiempo, Bush y las figuras más poderosas en su administración (el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld) plantaron las semillas de crisis futuras al desviar la lucha contra Al-Qaeda hacia el esfuerzo sin límite para derrocar a su blanco preexistente, Saddam Hussein. En una deliberada decisión política, la administración se precipitó en el Congreso y traumatizó a la ciudadanía llevando a una invasión a Irak basada en una evidencia tendenciosa y probablemente fabricada, una supuesta amenaza que según la Casa Blanca incluía armas de destrucción masiva. En vez de enfatizar algún aspecto político, diplomático o humanitario de la guerra en Irak –algo que sonaría demasiado "sensible", como se burlara Cheney en su momento– la administración construyó una "Doctrina Bush" de guerra preventiva basada en la especulación acerca de las amenazas externas y en principios ya repudiados por cada generación previa de hacedores de la política exterior norteamericana, aun en lo más álgido de la Guerra Fría. El presidente lo hizo bajo premisas fundadas, en el caso de Irak, en meras ilusiones. Lo hizo mientras proclamaba una idealista retórica wilsoniana (hacer del mundo un lugar más seguro para la democracia), que sin embargo ignoraba el multilateralismo y los sistemas internacionales de ley (incluyendo la Convención de Ginebra). Lo hizo desestimando los informes que presagiaban que una invasión norteamericana podría disparar una larga y sangrienta guerra civil entre los feroces rivales religiosos y étnicos en Irak, informes que a la fecha han probado ser ciertos. Y lo hizo aun después de recibir repetidas advertencias de oficiales militares acerca de que pacificar un Irak de posguerra requeriría cientos de miles de tropas norteamericanas.
Cuando William F. Buckley, el hombre que muchos acreditan como el fundador del movimiento conservador moderno, escribe categóricamente, como lo hizo en febrero: "Uno no puede dudar de que el objetivo de los Estados Unidos en Irak ha fallado", entonces algo terrible ha sucedido. Buckley siempre tuvo una visión a largo plazo. La administración Bush parece incapacitada para tener esta visión a excepción de un pequeño círculo de confianza alrededor del presidente que le asegura que él es un liberador mesiánico y un profundo luchador por la libertad a la par de fdr y Lincoln y que la historia lo reivindicará.
bush domestico
Bush asumio en 2001 comprometiendose a gobernar como un "conservador compasivo", más moderado en las políticas domésticas que la derecha dominante en su partido. La promesa resultó hueca en el momento en que Bush se inclinó por una derecha dura. Hubo presidentes que se vieron afectados cuando sus acciones refutaron sus promesas de campaña. Lyndon Johnson es el ejemplo reciente más conspicuo; él declaró en 1964, en su arremetida contra el republicano Barry Goldwate: "No vamos a mandar a nuestros muchachos a nueve o diez mil millas de casa para hacer lo que los muchachos asiáticos deberían estar haciendo por sí solos". Pero ningún otro presidente se ha alejado más exhaustivamente de su personaje de campaña original.
El corazón de la política doméstica de Bush ha resultado ser nada más que una serie de recortes de impuestos regresivos, una vuelta vengativa a la economía reaganiana y su fe en lo que Bush padre alguna vez ridiculizó como "economía vudú". "Recortamos los impuestos, lo que básicamente significó que la gente tenía más dinero en sus bolsillos", alardeó Bush en 2004. La afirmación es falaz para la mayoría de los estadounidenses, como lo son las declaraciones acerca de que los recortes impositivos han llevado a una impresionante y nueva inversión privada y a un crecimiento del empleo. Mientras acababa con el superávit federal de Clinton y aumentaba el déficit federal a niveles asombrosos, las políticas impositivas de Bush han necesitado de aumentos en aportes federales, impuestos locales y estatales, junto con recortes en programas de pequeños préstamos y en un variado rango de servicios estatales. La parte del león de los beneficios provenientes de los recortes de impuestos fue a parar a los más ricos, mientras que la inversión en nuevos negocios experimentó una lenta tasa de crecimiento. El crecimiento del empleo en el sector privado desde 2001 ha sido anémico comparado con los pronósticos originales de la administración Bush y es atribuible no al recorte de impuestos sino al incremento en el gasto federal, especialmente en Defensa. Los salarios medios han estado cayendo desde finales de 2003: el año pasado, los salarios nominales crecieron un promedio del 2,4 por ciento, una ganancia magra que fue barrida por una tasa de inflación del 3,4 por ciento.
Los déficits monstruosos causados por el incremento en el gasto federal, combinados con la reducción de ganancias resultantes de los recortes impositivos, también han colocado a la administración Bush en una clase única respecto de la toma de préstamos del gobierno. De acuerdo con el Departamento del Tesoro, los 42 presidentes que estuvieron en el poder entre 1789 y 2000 tomaron prestado una suma total de 1,01 billones de dólares de gobiernos extranjeros e instituciones financieras. Pero sólo entre 2001 y 2005, la Casa Blanca de Bush tomó prestados 1,05 billones, más de lo que tomaron prestado todas las presidencias anteriores sumadas. Habiendo heredado el mayor superávit en la historia norteamericana en 2001, lo transformó en el mayor déficit de todos los tiempos (243 mil millones, según lo estimado para 2006). Aun así, Bush suena muy parecido a Herbert Hoover en 1930 cuando predica: "La prosperidad está a la vuelta de la esquina", e insiste en que reducirá el déficit a la mitad para 2009 y que la mejor manera de garantizarlo sería hacer permanentes sus recortes fiscales, ¡los mismos que causaron el déficit en primer lugar!
El resto de lo que queda de la miserable agenda doméstica de Bush ha fallado o bien está fallando, un récord sin precedentes desde la presidencia de Hoover. La reforma educacional No Child Left Behind [ningún niño olvidado] ha probado ser tan poco manejable, draconiana y pobremente patrocinada que varios estados –incluyendo a Utah, uno de los últimos bastiones políticos que le quedan a Bush– han optado por descartarla. Las propuestas de la Casa Blanca para la reforma inmigratoria y un programa de trabajador invitado han dividido a los republicanos pro empresa (que quieren más trabajadores inmigrantes a salarios bajos) de los paleo-conservadores, temerosos de que las hordas de hispanoparlantes destruyan la cultura norteamericana. Los "paleo" reclaman leyes más severas, una vuelta al espíritu punitivo de exclusión de la Ley Inmigratoria de 1924, que cerraba la puerta a inmigrantes provenientes del sur y este de Europa. Esto ha alienado a los votantes hispanos del Partido Republicano, socavando las esperanzas del partido de usar a los votantes para construir una mayoría electoral permanente. Las recientes manifestaciones a favor de la inmigración que atrajeron a millones en todo el país son indicadoras de lo cara que la división republicana puede resultar.
El único distrito electoral con el que Bush siempre ha diferido es la derecha cristiana, tanto en su elección de las bancas federales como en sus implicancias de basar sus políticas en profética doctrina cristiana pre milenio. Presidentes anteriores también han invocado al Todopoderoso. Se cree que McKinley cayó de rodillas en busca de ayuda divina a la hora de decidir acerca de la toma de control de Filipinas en 1898, pero el relato bien puede ser apócrifo. Pero no ha habido un presidente antes de Bush que haya permitido a la prensa revelar, a través de un amigo íntimo, su asombrosa creencia de haber sido designado por Dios para liderar el país. Las posiciones sectarias de la Casa Blanca acerca de la investigación con células madre, la enseñanza del seudocientífico "diseño inteligente", el control de la población global, el espectáculo del caso Terri Schiavo y mucho más, han llevado a algunos a concluir que Bush ha promovido la transformación del Partido Republicano en lo que un estrategarepublicano describe como "el primer partido religioso de la historia de los Estados Unidos".
La concepción acerca de su misión, basada en la fe, que yace sobre y más allá de todo cuestionamiento, se corresponde bien con el dogma pro empresa en el calentamiento global y otros temas ambientales urgentes. Mientras fuerza a las agencias financiadas por el gobierno a sacar de sus sitios web cualquier información científica acerca de salud reproductiva y la efectividad del uso de preservativos para combatir el sida, y mientras desautoriza a los científicos de la Food and Drug Administration por permitir la venta libre de anticonceptivos de emergencia, los oficiales de Bush han censurado y suprimido hallazgos que la Secretaría de Protección Ambiental, Vida Silvestre y la Secretaría de Agricultura no desaprobaron. Lejos de ser el conservador que dijo ser, Bush ha abierto un nuevo y radical camino como el primer presidente en la historia que es abiertamente hostil a la ciencia, dedicado –como un distinguido panel de educadores y científicos de ambos partidos (incluyendo 49 laureados Nobel) ha declarado– a la "distorsión del conocimiento científico para fines políticos partidarios".
La indiferencia de la Casa Blanca de Bush respecto de los problemas domésticos y la ciencia por igual, culminó en las catastróficas respuestas al huracán Katrina. Los científicos ya habían prevenido a Bush que el calentamiento global estaba intensificando los huracanes, pero él decidió ignorarlos como también su administración lo hizo con las advertencias del director del Centro Nacional de Huracanes antes de que Katrina azotara Nueva Orleáns. Reorganizados bajo el Departamento de Seguridad Interna, la alguna vez eficiente Agencia de Administración Federal terminó convirtiéndose en un nido de favoritismo e incompetencia. Durante los meses posteriores a la tormenta, Bush viajó a Nueva Orleáns ocho veces para prometer ayuda masiva para la reconstrucción. El 30 de marzo, sin embargo, el coordinador de recupero de la costa del Golfo admitió que podría llevar tanto como 25 años recuperar la ciudad. Kart Rove a veces ha comparado a Bush con el imponente presidente Andrew Jackson. Sin embargo, Jackson tomó medidas para prevenir que aquellos a los que él llamaba los "ricos y poderosos" usaran los "actos de gobierno para sus propios propósitos egoístas". Jackson también ganó eterno renombre por salvar a Nueva Orleáns de la invasión británica, contra terribles pronósticos. Generaciones enteras cantaron la famosa victoria de Jackson. En 1959, la versión de "Battle of New Orleans" de Johnny Horton ganó el premio Grammy a la mejor canción en la categoría Country&Western. Si alguien canta acerca de George W. Bush y Nueva Orleáns lo hará seguramente con ritmo de blues.
mala conducta presidencial
Practicamente toda administracion presidencial ha tenido que enfrentar cargos por mala conducta y amenazas de impugnación contra el presidente o sus oficiales. Usualmente, las ofensas de las que se los acusó involucraban asuntos de mala conducta y corrupción, notablemente los escándalos por sobornos de los oficiales del gabinete que prestaron sus servicios a Harding y Ulysses S. Grant. Pero los cargos también incluían presunta usurpación de poder por parte del presidente y conductas criminales serias que amenazaban el gobierno constitucional y la ley (entre los más notorios, los cargos que llevaron a las impugnaciones de Andrew Johnson, Clinton y a la renuncia de Nixon).
Los historiadores discrepan acerca de los daños reales de muchas de estas acusaciones y crímenes. Los eruditos describen el soborno y la corrupción durante el gobierno de Grant como elefantiásica, incluyendo el escándalo que llevó a la renuncia del secretario de Guerra de Grant bajo la sombra de la impugnación. Sin embargo, los escándalos no llevaron a acusaciones formales contra los secretarios de gabinete. Por contraste, la administración que experimentó el mayor número de escándalos fue la de Ronald Reagan, ahora recordado en medio de una neblina de nostalgia como un parangón de la virtud. Un total de 29 funcionarios –incluyendo un asesor en seguridad de la Casa Blanca, Robert McFarlane y el subjefe del Estado Mayor Michael Deaver– fueron condenados por cargos vinculados al affaire Irán-Contras, presiones ilegales y un escándalo por un sa queo dentro del departamento de desarrollo urbano. Tres funcionarios del gabinete –el secretario Samuel Pierce, el fiscal general del Estado Edwin Meese y el secretario de Defensa Caspar Weinberger– dejaron sus puestos bajo nubes de escándalos. Por el contrario, no hubo siquiera un funcionario durante la administración Clinton que haya sido acusado por mal desempeño de sus funciones, a pesar de las repetidas investigaciones en busca de impugnación.
Todavía falta un informe completo acerca de la administración de Bush, por supuesto. Su gobierno se ha salvado de la estricta vigilancia porque Bush, a diferencia de Reagan o Clinton, disfruta de un leal y mayoritario apoyo de su partido en el Congreso. Sin embargo, esa enorme ventaja no ha evitado las acusaciones a su vicepresidente Dick Cheney, las acusaciones al jefe del Estado Mayor I. Lewis Lobby por una filtración en la información de extrema seguridad en el asunto de Valerie Plame. (El último funcionario de la Casa Blanca al que se le puede comparar semejante acusación es el secretario personal de Grant en 1875.) Tampoco ha desviado el escándalo sin precedentes que involucró a Larry Franklin, un funcionario de alto rango en el Departamento de Defensa que se declaró culpable de haber divulgado información confidencial a un poder extranjero mientras trabajaba para el Pentágono, un crimen contra la seguridad nacional. No ha impedido el arresto y acusación de un alto funcionario federal, David Safavian. En las investigaciones alrededor de Safavian y su vinculación con el lobbista republicano Jack Abramoff (recientemente sentenciado a casi seis años en prisión) participaron algunos republicanos notables, incluyendo al director ejecutivo de la coalición cristiana Ralph Reed,que han estado implicados y podrían producir el mayor escándalo de la historia norteamericana en el Congreso. La nube de dudas que pende sobre algunos de los más cercanos asesores de Bush aún no se ha disipado.
La historia, en última instancia, tal vez mire a Bush con desprecio por haber expandido sus poderes mucho más allá de los límites establecidos por la Constitución de los Estados Unidos. Siempre ha habido una tensión acerca de los roles institucionales de los tres brazos del gobierno federal. Aquellos encargados de redactar la Constitución establecieron un sistema de chequeos y balances que minimizaría la tiranía. Cuando Andrew Jackson tomó medidas drásticas contra el sistema bancario de la nación, un miembro del Partido Whig en el Senado lo censuró por conducta "peligrosa para las libertades de la gente". Durante la Guerra Civil, las decisiones de emergencia de Abraham Lincoln de suspender el recurso de hábeas corpus mientras el Congreso no estaba sesionando en 1861 y 1862, llevó a algunos a considerarlo un déspota. En el caso de Richard Nixon, su manejo del conflicto durante la guerra en el sudeste asiático y su secreto espionaje doméstico, llevaron al Congreso a sancionar estatutos para regular el Poder Ejecutivo. Por contraste, la administración Bush –al tratar de restablecer lo que Cheney, un veterano de la administración Nixon, ha llamado "la legítima autoridad de la presidencia"– amenaza con disolver la saludable tensión en favor del absolutismo presidencial. Armada con dictámenes y resoluciones legales de Alberto Gonzales (el fiscal general de la nación y abogado personal de Bush), la Casa Blanca de Bush ha declarado que los poderes del presidente como comandante en jefe en tiempos de guerra son ilimitados. No ha existido un presidente que haya hecho semejante afirmación. Más específicamente, la administración Bush ha declarado que el presidente es perfectamente libre para violar leyes federales en asuntos tales como la vigilancia doméstica y la tortura de detenidos. Cuando el Congreso sancionó leyes para limitar esas afirmaciones, Bush recurrió a dudosas "declaraciones firmadas" que establecen arbitrariamente la forma en que interpretará y ejecutará las leyes en cuestión, aun cuando tales interpretaciones violen flagrantemente los deseos del Congreso. Presidentes anteriores han enfurecido a algunos al ofrecer sus propias visiones de la Constitución a fin de poder vetar ciertos actos del Congreso. Bush ni se molesta con hacer eso: él firma la legislación (eliminando cualquier riesgo de que el Congreso pueda modificar un veto) y después gobierna como le place. En esas instancias en las que las violaciones de Bush a la ley federal se han hecho evidentes, como en el caso de vigilancia interior, la Casa Blanca ha buscado una novedosa solución: trabar cualquier investigación sobre las violaciones y pedir a un obediente Congreso que simplemente reescriba las leyes.
La aberrante interpretación de la Constitución que hace Bush es irónica. Uno no tiene que retrotraerse demasiado (menos de una década) para encontrar a prominentes republicanos escandalizados por infracciones presidenciales mucho menores en su lucha para eliminar el totalitarismo. "No tendré participación en la creación de un doble estándar constitucional que beneficie al presidente", declaró el senador Bill Frist sobre los esfuerzos de Clinton por ocultar su vinculación sexual. "Ningún hombre está por sobre la ley y ningún hombre está por debajo de ella, ése es el principio que todos valoramos en este país", afirmó el republicano Tom DeLay. "La ley lo protege a usted y me protege a mí de un incendio a medianoche o de un golpe en su puerta a las tres de la mañana", alertó el republicano Henry Hyde, uno de los acusadores de Clinton. Ahora, cuando se trata de la desestimación de Bush por las leyes federales, el silencio que llega de esos mismos lugares es ensordecedor.
Los defensores del presidente sostienen resueltamente que las condiciones en tiempos de guerra justifican todas las acciones de Bush. Y como Lincoln lo demostró durante la Guerra Civil, puede haber momentos de emergencia militar en que el Ejecutivo crea imperativo tomar medidas inmediatas, a veces irregulares y hasta inconstitucionales. "Siento que medidas en otros momentos inconstitucionales pueden transformarse en legales –escribió Lincoln en 1864– al convertirse en indispensables para la preservación de la Constitución y de la nación". Bush parece pensar eso. Desde el 11 de septiembre siente que ha sido colocado por gracia de Dios en una situación parecida a la de Lincoln. Pero Lincoln se encontraba bajo la presión del combate diario en propio territorio y no operaba en secreto como lo hace Bush. El no afirmaba que sus acciones de emergencia eran totalmente regulares y constitucionales a la vez que necesarias; Lincoln buscó y recibió autorización del Congreso para suspender el hábeas corpus en 1863. Lincoln tampoco actuó bajo la amorfa cubierta de una "guerra contra el terror", una guerra contra una táctica –no contra una nación– que podría durar tanto como el presidente considere. Las medidas excepcionales de Lincoln estaban diseñadas para durar lo que durase la rebelión en la Confederación. Las de Bush podrían extenderse indefinidamente, hasta que el presidente lo considere adecuado, poniendo en peligro derechos y libertades garantizadas.Si bien Bush aún disfruta del apoyo de aquellos que creen que no puede hacer ningún mal, ahora sufre la opinión de los liberales que creen que no puede hacer ningún bien. Muchos de estos liberales están en la rara situación de haberlo apoyado en el pasado, mientras ofrecen poca alternativa a las políticas de Bush en el presente. Sin embargo, es difícil ver cómo esto beneficiará a la reputación de Bush.
Bush llegó a la presidencia proclamándose alguien que vino a "unir y no a dividir" y prometiendo suavizar el tono cáustico en Washington. Ha tenido dos grandes oportunidades de cumplir con sus promesas: primero, tras la desgracia de su controversial elección del año 2000, y aun más tras los ataques del 11 de septiembre, cuando la nación entera lo apoyó como no lo había hecho con otro presidente en toda la historia. Sin embargo, en el conjunto de circunstancias históricamentesin precedentes, Bush decidió acciones que han dejado al país menos unido y más dividido, menos conciliatorio y más en disputa, muy parecido a lo que hicieron Buchanan, Andrew Jonhson y Hoover antes de él. Y también, como lo hicieron sus tres predecesores, Bush lo ha hecho en servicio a una rígida ideología que no tolera desviación alguna y se rehúsa a ajustarse a las cambiantes realidades. Buchanan no pasó el examen de la secesión sureña; Johnson fracasó en la fase de reconstrucción; y Hoover falló en la Gran Depresión. Bush ha fracasado en enfrentar sus propios fracasos tanto en asuntos externos como internos, más que nada en sus respuestas mal concebidas al terrorismo islámico. Habiendo confundido firmeza por algo que Ralph Waldo Emerson describe como "una consistencia tonta… adorada por los hombrecitos de Estado", Bush se ha visto enredado en tragedias de su propia creación sumadas a aquellas que caían sobre el país por fuerzas externas.
Ningún historiador puede predecir responsablemente el futuro con una certeza absoluta. Hay demasiados imponderables en los dos años que aún le restan a la presidencia Bush para saber la forma en que se verá en el 2009. Hubo presidentes –Harry Truman fue uno de ellos– que dejaron su puesto en desgracia sólo para escalar más tarde en la opinión de los historiadores. Pero hasta la fecha, no parece que esto suceda con George W. Bush. Todavía hace todo lo que puede para negarlo. Habiendo ignorado las enseñanzas de la historia y habiéndose concentrado únicamente en el presente, Bush no parece preocuparse por su lugar en la historia. "La historia. No lo sabremos", le dijo al periodista Bob Woodward en 2003. "Todos estaremos muertos para entonces."
"Compañeros ciudadanos, no podemos escapar a la historia", dijo Abraham Lincoln. "Nosotros, miembros de esta administración y este Congreso seremos recordados a pesar de nosotros mismos. No hay cosas de importancia o insignificancias personales que puedan salvarnos a unos u otros de nosotros. La difícil prueba por la que pasamos nos dejará en honor o deshonor, hasta la última generación."
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