Ella McCay: Imperfectamente perfecta es una comedia aceitada y con personajes entrañables que conviene no pasar por alto
La nueva película de James L. Brooks es un bienvenido retrato de las relaciones humanas, despojado de cinismo
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Ella McCay: imperfectamente perfecta (Ella McCay, Estados Unidos/2026) Dirección y guion: James L. Brooks. Fotografía: Robert Elswit. Edición: Tracey Wadmore- Smith. Música: Hans Zimmer. Elenco: Emma Mackey, Jamie Lee Curtis, Woody Harrelson, Kumail Nanjiani, Rebecca Hall y Ayo Edebiri. Disponible en: Disney+. Duración: 115 minutos. Nuestra opinión: excelente.
James L. Brooks es una criatura única en el Hollywood actual (y en el de las últimas cuatro décadas, a decir verdad), que alcanzó una notable popularidad con su ópera prima, La fuerza del cariño, y por ese film ganó fama, prestigio, y un sinfín de nuevas ofertas de películas. Pero él siempre fue muy meticuloso al momento de elegir sus proyectos, y por eso su filmografía puede resultar breve para un realizador que en su haber cuenta con películas ampliamente elogiadas como Detrás de las noticias o Mejor imposible. Y por ese motivo es que luego de quince años, una nueva película Brooks es (o debería ser) un verdadero evento.
En Ella McCay, imperfectamente perfecta la protagonista del título (interpretada por la enorme Emma Mackey) es la vicegobernadora de un estado en el que nació y creció. Dueña de una moral férrea, McCay hace de la verdad su principal carta, y es prácticamente la única funcionaria confiable en un mundo atravesado por las reconocidas “promesas de campaña”. Pero cuando el gobernador renuncia, ella debe asumir ese lugar convirtiéndose, con 34 años, en la mujer más joven en obtener ese cargo, además de lidiar con las dificultades de su puesto y con una verborragia y un principio moral que la lleva a protagonizar diversas fricciones, incluso con sus aliados del partido. Por otra parte, esta heroína también necesitará resolver conflictos personales, como la relación con un padre que hizo de la infidelidad un dogma. El pragmatismo aplicado a la política y a la vida, de esa manera, se convertirá en una tentadora posibilidad que McCay tendrá que resolver si está dispuesta a aceptar.
Ante todo, este largometraje le pide al espectador que se despoje del cinismo al que tanto nos acostumbraron muchas series y películas actuales, en la que abundan los personajes sobrados, de esos que siempre están un paso por delante del público. Porque en Ella McCay..., las cartas están sobre la mesa desde el minuto uno, los protagonistas son transparentes en sus emociones, en sus miserias y en sus bondades. Aquí no hay ningún tipo de secreto a descubrir, porque el motor principal de la acción es el modo en el que la sensibilidad de cada personaje afecta en sus relaciones íntimas y profesionales. Y elegir la política como el ámbito de esta historia, un rubro en el que las mentiras y los secretos son la marca de agua, es una verdadera declaración de principios por parte de James L. Brooks. Porque su intento es el de reivindicar la verdad en un exosistema atravesado por las falsedades. Y ahí reside el pedido que este director le hace al público, y que consiste en aceptar la compleja y contradictora naturaleza de la heroína de la historia, y su necesidad por vomitar las verdades que la atraviesan y la definen (aunque eso le suponga una seguidilla de problemas).
James L. Brooks, también productor histórico de Los Simpson (y ya que estamos, productor de ¿Estás ahí, Dios? Soy yo, Margaret, otra película con una protagonista igual de adorable que Ella McCay), es un realizador que demuestra con este film una sensibilidad perdida, una herencia que remite a los grandes maestros de Hollywood. En ese sentido, no cuesta imaginar a Ella McCay como una suerte de heredera ética del entrañable Jefferson Smith, el héroe político compuesto por James Stewart para el film Caballero sin espada, de Frank Capra. Aunque mucho menos inocente que ese personaje, Ella también es idealista en su forma de analizar la política, y comprende que la razón de ser de su trabajo es, ante todo, servir al ciudadano (aunque como también asegura en un momento, el Estado es mejor “cuando el pueblo se involucra”).
Por todo esto es que James L. Brooks nos entrega un cine moralmente en extinción, y a sus 85 años se muestra atento a cuestiones rabiosamente contemporáneas y brinda una lucidez imposible de imaginar en directores mucho más jóvenes. Brooks es capaz de pincelar con envidiable solidez a mujeres que motorizan la acción y que le piden al espectador total entrega y suspender por un momento las reglas del mundo real para entregarse a las instrucciones de este nuevo mundo cinematográfico. Porque si las películas fueran mundos, el de Ella McCay... sería uno en el que muchos quisiéramos vivir.
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