Con más de musical que de evocación al mundo de Manuel Puig, el film también protagonizado por Diego Luna y Tonatiugh se acerca más al espíritu escapista que al realismo de la novela original
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El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, Estados Unidos/México/2025). Dirección: Bill Condon. Guion: Bill Condon, Terrence McNally, Manuel Puig. Fotografía: Tobias A. Schliessler. Edición: Brian A. Kates. Elenco: Jennifer Lopez, Diego Luna, Tonatiuh, Bruno Bichir, Aline Mayagoitia, Josefina Scaglione, Driton ‘Tony’ Dovolani, Lucila Gandolfo. Calificación: Apta para mayores de 13 años. Distribuidora: BF París. Duración: 128 minutos. Nuestra opinión: buena.
En Los viajes de Sullivan (1941), quizás la más famosa de las películas de Preston Sturges, John Sullivan (Joel McCrea) es un exitoso director de comedias que decide medir su talento en el cine social y para ello se embarca en una travesía por los Estados Unidos, todavía golpeado por la Gran Depresión. Vestido como un vagabundo, Sullivan conoce de todo: la miseria y la mezquindad, pero también la algarabía y la solidaridad de los desposeídos. Casi al final de su periplo descubre que es muy valioso hacer reír a la gente y que para muchos esa risa es lo único que tienen en la vida. Con ello, Sturges homenajeaba su propio arte -el de la comedia-, pero también a los espectadores que lo habían hecho posible.
Esa idea es quizás la que mejor explica el espíritu escapista y esquivo al realismo que define a El beso de la mujer araña, nueva versión de la novela de Manuel Puig, esta vez tamizada por el musical de Broadway escrito por Terrence McNally con música de Fred Ebb y John Kander (estrenado en 1993). Tal como asegura uno de sus personajes en un sueño plasmado en la pantalla: “Finales optimistas, romances apasionados, héroes bellos y musculosos enfrentándose a riesgos mortales… Solo ocurre en las películas”.
Manuel Puig imaginó el cine como refugio de una realidad sombría y hostil, pero también como un campo de batalla en el que dar una lucha constante, la de su escritura contra los fantasmas que la asediaban. Y si bien en esta versión poco queda de aquel retrato de una cruenta dictadura que ofrece marco al encuentro entre un vestuarista gay y un militante revolucionario en una cárcel para presos políticos y disidentes, sí asoma el halo de aquel cine clásico que fuera la materia prima de la imaginación del escritor. En la novela eran La marca de la pantera y Yo dormí con un fantasma del ciclo Val Lewton de la RKO como matriz de las fabulaciones de Luis Molina; en la adaptación de Bill Condon, son los musicales de Rita Hayworth y Betty Grable, el número de Cyd Charisse para Cantando bajo la lluvia, las coreografías de Judy Garland en Summer Stock y Chita Rivera en las obras célebres de Bob Fosse.

Un mundo de cine, deglutido y fragmentado como todo lo contemporáneo, en el que Jennifer Lopez juega a ser un poco la diva que es y otro la que querría ser, con musicales coloridos y festivos, sin la novedad y el fervor de los clásicos, pero con la modestia prolija de los homenajes. La historia es conocida, aunque esta vez retorna a una Argentina imaginaria en lugar del Brasil de la versión de Héctor Babenco con Sonia Braga, y aunque todo ese paisaje ocre y grisáceo de la detención y las torturas se acerque más a un musical como Evita de Andrew Lloyd Webber que la búsqueda simbólica del director argentino que convirtió a Raúl Juliá y William Hurt en los míticos Valentín Arregui y Luis Molina. Aquí son Diego Luna y el cantante californiano Tonatiuh, dignos en sus escenas conjuntas, y algo desajustados en su conexión con la lánguida idiosincrasia que sobrevivió en la pantalla desde la pluma de Puig.

Pero es un musical, en definitiva, y como ya decía Debbie Reynolds en Cantando bajo la lluvia, el argumento es lo que menos importa. Y siendo Condon un director con algunos antecedentes dudosos en el género -como Dreamgirls en la onda disco de Donna Summer y La bella y la bestia ‘made in Disney’-, sale bastante airoso en la puesta en escena de varios números: “An Every Day Man”, que emula al de Gene Kelly en El pirata de Vincente Minnelli con más gracia de la esperada; el modernoso “Where You Are” con un guiño al casquete de Liza Minnelli; y el final, recordando algunos de los mejores números de la Metro Goldwyn Mayer. Como decía el Sullivan de Preston Sturges, no es tan fácil hacer reír o soñar, aunque sea de a ratos.
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