En la casa de Teté Coustarot, la mayoría de las cómodas tienen entre 15 y 40 centímetros de ancho. Incómodas para guardar ropa, vajilla y demás cosas a escala humana, pero comodísimas para coleccionar. Las empezó a atesorar a fines de los años 70 y hoy tiene más de 60 esparcidas por toda la casa. "Cada cómoda tiene una conexión conmigo. Eso es lo lindo. Me ligan a momentos de la vida, a viajes, a lugares", explica. Su inicio en este hobby fue azaroso: "Cuando la revista Vogue se editaba en la Argentina, me invitó a hacer un viaje de moda a Noruega, y al entrar en un negocio vi un mueble que me encantó, una cómoda blanca con hojas verdes pintadas en cada estante. Por supuesto, la compré y a partir de ahí no paré". Desde entonces busca minicómodas en anticuarios de acá y de allá. "Siento que voy con una misión", comenta. También recibe las cómodas como regalo de sus amigos. "En cada viaje presté más atención y empecé a darme cuenta de que estaban en todos lados", detalla. Un atractivo de las cómodas, más allá de su tamaño, son los cajones. "Me gusta todo lo que se abra. Que, aparte de lo que uno ve, haya una segunda parte, algo por descubrir", confiesa.
Muestra con orgullo una cómoda de bronce con mesa de vidrio pintado símil mármol y un miniespejo biselado, regalo del diseñador Gino Bogani (en la foto de al lado); otra de diseño chino de laca con incrustaciones de nácar, y dos con dorado a la hoja y motivos florales que trajo desde La Paja, el mercado artesanal de Florencia (en la foto de arriba).
La más antigua es una cómoda inglesa de madera lustrada, que calcula que es de principios del siglo XX y que compró en un anticuario de San Isidro. Tiene un secreto: el primer cajón no se abre si no se abren antes el segundo y el tercero. "Tiene compartimientos secretos", cuenta divertida.
Hay otra, rústica, muy austera, también con un espejo, que compró en Nueva York, en un corner con productos amish de la tienda Bergdorf Goodman. "Es muy artesanal, y no tiene ningún artificio. Respeta las tradiciones centenarias de esa comunidad", dice sobre este grupo cristiano que no usa autos ni electricidad y mantiene su estilo de vida lo más simple posible.
Una cómoda de aspecto muy sólido, con un espejo biselado y giratorio, la acompaña desde hace por lo menos 20 años. La encontró en un anticuario de San Telmo. "No creo que todas, pero algunas deben tener que ver con la antigua costumbre de los ebanistas de mostrar los muebles en miniatura para la aprobación del cliente", cuenta.
Aunque los cajones sean mínimos, Coustarot se las ingenia para guardar de todo: ahí reparte anillos, pulseras, gemelos, monedas, botones, y hasta se puede ver el sacapuntas rosa de su nieta Sayi.