
Cómo la guerra mundial cambió el cine
Tras la primera gran conflagración del siglo XX, el séptimo arte no volvió a ser el mismo, y hasta tuvo ganadores y perdedores
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(The New York Times).- "Estuve frente a frente con esa espantosa realidad", solía decir el realizador francés Marcel L’Herbier hablando de la Primera Guerra, a pesar de que nunca había estado cerca de las trincheras. Alistado en el Servicio Cinematográfico del Ejército, el joven L’Herbier pasó toda la guerra en París. "Todo lo que se filmaba en el frente pasaba por nuestras manos", recordaba. "Cortábamos, elegíamos lo que se podía mostrar. Veía todo el tiempo escenas de horror, soldados eviscerados, cortados en dos, decapitados. Ese impacto me reveló que debía convertirme en realizador."
Como lo prueban esos recuerdos, la Gran Guerra fue la primera contienda registrada por las cámaras de cine. Escenas del campo de batalla y, en las ciudades, la propaganda bélica pasaron del papel a la pantalla. En el frente, las percepciones se aceleraban, volviéndose mecanizadas y discontinuas, como si los ojos de los soldados se hubieran convertido en cámaras. La Primera Guerra Mundial, que cambió todo, tuvo en el cine su principal instrumento de transformación.
Y también cambió las condiciones de filmación en Francia, Alemania, Rusia y Estados Unidos. Para el cine francés, la guerra fue una debacle. Antes de 1914, las compañías Pathé y Gaumont habían disfrutado de un lugar preponderante en todo el mundo. Después de la guerra, esos dos gigantes prácticamente dejaron de producir y el cine francés se redujo a las obras realizadas por pequeñas compañías casi artesanales.
Sin embargo, el cine francés todavía podía abordar grandes obras. Abel Gance consolidó su reputación y revivió las esperanzas de la industria con "J’accuse" (1919). Gance lanzó su película en una primera versión que tenía el triple de duración que un film normal; en 1922 difundió una versión abreviada, de tres horas y con algunos cambios de sentido. El original era más bien un alegato para la guerra, pero en la segunda versión volvía a emerger el fervor nacionalista. Las acusaciones de Gance estaban dirigidas exclusivamente contra el militarismo alemán, tal vez por el ascenso experimentado en esos años por el cine alemán. En cine, al menos, los perdedores de la guerra habían superado con creces a los triunfadores.
El cine: prioridad alemana
El comando supremo alemán había iniciado, en 1917, la consolidación de la industria cinematográfica, "dando al cine prioridad y asegurando su producción". El resultado fue UFA, una compañía que después de la guerra creció hasta convertirse en el estudio más grande y más avanzado tecnológicamente de todo el mundo.
Comedias, películas románticas, fantásticas, dramáticas e históricas salieron de UFA durante la década de 1920. Pero, en general, el tema de la Primera Guerra fue dejado de lado hasta 1927, cuando el estudio cayó en manos de Alfred Hugenberg, un industrial y publicista que estuvo entre los primeros que respaldaron a Hitler. La UFA produjo entonces una película en dos partes, "La Guerra Mundial", dirigida por Leo Lasko, por considerarla apropiada para la instrucción de una organización paramilitar como la de Hitler en ese momento. En realidad, el gran film alemán sobre la guerra, "Westfront" ("Frente occidental", 1918), de G. W. Pabst, fue producido por una pequeña compañía independiente, Nero-Film. La película se estrenó en 1930, el año del lanzamiento de "Sin novedad en el frente", de Lewis Milestone, y fue favorablemente comparada con su contraparte norteamericana, aunque en realidad el film de Pabst era muchísimo más duro.
En cuanto al frente oriental, el efecto que la guerra ejerció sobre el cine fue decisivo, ya que no habría existido el cine soviético sin la Unión Soviética, y no habría habido Unión Soviética sin la guerra. Esta interrelación resulta evidente en "El final de San Petersburgo" (1927).
Dueño del mercado
En cine, el gran vencedor de la Primera Guerra fue Estados Unidos, el único país combatiente cuya sociedad y economía emergieron intactas de la guerra. Una consecuencia inmediata fue el predominio de Hollywood en todo el mundo. Se apropió de los mercados que Francia había dejado vacíos y contrató (o dio asilo) a los mejores talentos de la UFA. Los realizadores americanos se aventuraron en el territorio de la guerra incluso antes de que la contienda terminara. En 1917, D. W. Griffith fue al frente, tras haber sido convocado por Lloyd George, para hacer una película sobre la guerra. Pero el director que había filmado inolvidables escenas de batalla de la Guerra de Secesión descubrió que la guerra de trincheras no era lo que había esperado. Se retiró a un campamento militar en la campiña inglesa para filmar "Hearts of the world" ("Corazones del mundo"), que no fue su mejor obra. Charles Chaplin lo logró mucho más en su clásico "Shoulder arms" ("Armas al hombro", 1918).
Pero el potencial pleno de la Primera Guerra Mundial como tema de Hollywood no se hizo evidente hasta 1925, con la realización de "The Big Parade" ("El gran desfile"), film producido por Irving Thalberg y dirigido por King Vidor. Entre otras películas notables que le siguieron, se cuenta la primera que ganó el premio de la Academia: el drama "Alas", de 1927, dirigido por William Wellman. Y también hay que mencionar los films de otro realizador aviador, Howard Hawks: "The Dawn Patrol" (1930), y "Sergeant York" (1941), que fue nominada para el Oscar.
Pero fue un veterano francés quien rodó la película más grande sobre la Primera Guerra y sin incluir ni una escena de batalla. En "La gran ilusión", Jean Renoir expresó el significado de la Gran Guerra como nadie, dramatizando el periplo de unos soldados franceses a través de los campos de prisioneros hasta la campiña alemana. A partir de entonces, la Primera Guerra pasa por un período de caída en el olvido. La Segunda Guerra Mundial la reemplaza como tema, y sólo hay un film de primera línea en esta época: "Senderos de gloria", realizado en 1957 por Stanley Kubrick.
Desde ese momento, apenas unos pocos films han vuelto a tratar el tema de la Primera Guerra Mundial. Algunos han sido grandes (como "Lawrence de Arabia", de David Lean, en 1962), otros han sido buenos (como "La vida y nada más", de Bertrand Tavernier, en 1989), y otros ninguna de las dos cosas (como "Gallipoli", de Peter Weir, 1981). Tal vez esta escasez sea previsible, ahora que la nostalgia de la "generación de grandes" define el horizonte de nuestra imaginación histórica.
Pero de pronto, como del aire, aparece "El tiempo recobrado" (1999), la meditación de Raúl Ruiz sobre "En busca del tiempo perdido", de Proust, y una vez más sentimos aquel shock que experimentó L’Herbier.




