
Cuando la historia cambia por un pelo
De paso por Buenos Aires,?Alejandro Jodorowsky?habla de la psicomagia,?su técnica para liberarse?de los obstáculos que impiden vivir plenamente
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A lo largo de la historia de la humanidad, el hombre recurrió a toda clase de recursos para sobrevivir. En ocasiones, los recursos más importantes fueron los capilares, tales como barbas, bigotes y cortes de pelo, elementos básicos que ayudan a proyectar una mejor imagen, en términos de liderazgo.
Es fácil sospechar que, siglos atrás, cuando aún no habían nacido los asesores de imagen, hombres vinculados con el poder sin un pelo de tontos titubeaban frente al espejo.
Hubo un tiempo en que los barbados profetas eran perseguidos por otros barbados que descreían de sus discursos. Y en que el legendario Sansón perdió su fuerza segundos después de que Dalila tomara las tijeras, efectuándole lo que hoy se llamaría un corte arriesgado.
Los pelos siguieron colándose en la sopa de la historia, hasta convertirse en causa de violentos encontronazos y hasta en una guerra, como la que se inició en 1152, cuando Luis VII de Francia se casó con Eleanor. Ahí, el rey recibió en concepto de dote dos provincias al sur de Francia, pero en el camino de vuelta de las Cruzadas decidió darse un baño y afeitarse la barba. Su nuevo aspecto disgustó tanto a su mujer que no volvió a hablarle y se divorció. Luis se quedó sin su mujer y sin su barba. Su ex pronto se casó con Enrique II de Inglaterra y lo demandó para que le devolviera las provincias. Lampiño, pero testarudo, Luis VII se negó a devolver la dote e Inglaterra le declaró la guerra, que duró 301 años y fue conocida como La Guerra de las Barbas. Recién se declaró la paz en 1453, tras la batalla de Rouen.
De Carlos a Groucho Marx
Algunos especialistas sostienen que el término bigote deriva del alemán y data de alrededor de 1516, cuando Carlos asumía el poder de España, luego de la muerte de Fernando. Las fuerzas que le juraron fidelidad emplearon la frase alemana Bei gott ( Por Dios ). Al poco tiempo el pueblo español alteró su pronunciación a bigote y así llamó el pelo crecido sobre los labios. El de Frida Kahlo es otra historia.
Más adelante, entre los siglos XVII y XVIII, los europeos pudientes demostraban su status afeitándose la cabeza y usando pelucas recargadas y empolvadas. Estos accesorios a menudo estaban realizados con los pelos de los pobres. Por su parte, las mujeres elegantes británicas del siglo XVIII llevaban pelucas hasta de un metro de altura.
Fuentes no demasiado confiables aseguran, sin embargo, que en 1495 un catalán llamado Juan Bautista Laporta creía que las cejas que cubrían los ojos y los bigotes muy largos eran elementos indispensables para la creación artística. Las consideraba como antenas.
Otro suceso relacionado con el mundo capilar lo aporta la legendaria Lady Godiva. Se cree que vivió en el siglo X en Coventry, Inglaterra. Tres siglos más tarde, el autor británico Roger de Wendower trató de revelar lo que realmente ocurrió: parece que "Lady Godiva cruzó Coventry a caballo, desnuda, sólo cubierta por su larga cabellera" y su marido Leofric perdonó el impuesto a los campesinos.
Es increíble: ya pasaron centurias y el bigote no muere. "El bigote es una constante histórica -refiere Salvador Dalí en su Autobiografía -. El bigote de Hitler, por ejemplo, no podía ser de otra forma. Era una cruz esvástica debajo de la nariz. El comunismo está en decadencia. Fíjense: Lenin llevaba barba y bigote; Stalin, sólo bigote, y Kruschev estaba rapado. Los míos son bigotes optimistas, alegres, velazqueños, a diferencia de los de Nietzsche. Tengo complejo capilar, temo que si me cortara el bigote no sabría pintar más. Lo de Sansón."
Jesucristo, Carlos Marx, Sigmund Freud, Ernesto Guevara y Fidel Castro son quizá los más célebres hombres barbudos del imaginario popular. Hay otros que agregan al tema una pizca de color, como Barba Azul.
Otro destacado ejemplo capilar es Manfred von Richthofen (1892-1918), más conocido como el Barón Rojo, as de la aviación alemana que derrumbó 80 aviones aliados entre 1915 y 1918. En 1941 se denominó Operación Barbarroja a la invasión alemana a Rusia.
Otro referente, Groucho Marx, explica la parte difícil del bigote postizo en Groucho y yo , Tusquets: "Era fácil de colocar, pero para quitármelo sudaba tinta. Empecé a temer que, si aquel proceso continuaba mucho más, acabaría convirtiéndome en el único hombre del espectáculo sin nada debajo de la nariz, exceptuada la barbilla". Apurado por la falta de tiempo, una noche antes de subir al escenario tomó un poco de pintura negra y la extendió por el labio superior. "Con gran sorpresa para mí, el público no notó la diferencia, o si la notó no pareció importarle. Cuando terminó la función dije satisfecho: Eureka . En todo caso, dije, adiós goma y adiós pelos."
Son muy pocas las culturas que pudieron evitar la influencia capilar. La historia argentina, a juzgar por las imágenes de la época, no fue una excepción: desde la colonia hasta hoy desfilaron personalidades ostentando barbas, patillas, bigotes y hasta entretejidos. Una elástica red, o redecilla, permite considerar que tanto la generación de 1880 como la de 1970 mantuvieron un estilo en al menos un punto. Los caudillos apostaron más por las patillas hirsutas, mientras que los unitarios preferían mantenerlas en forma de U, como Esteban Echeverría. Algunos libros de historia hacen mención al Motín de las Trenzas, ocurrido el 7 de diciembre de 1811, cuando se sublevó el regimiento de Patricios.
Pasó el tiempo y el tema siguió vigente. Hasta tal punto que en 1966 se inauguró en Comodoro Rivadavia el Primer Congreso de Melenudos. La misma idea había tenido lugar un año antes en Novara, Italia. Los mitos italianos consideran mal pelo al rosso, y se dice que los pelirrojos traen mala suerte. Ejemplo: Judas.
El término bigotear, tan local, es definido por José Gobello en su Diccionario Lunfardo como "el acto de observar, mirar y examinar atentamente. Tal vez por la acción de mesarse el bigote que suele acompañar la reflexión".
Lo cierto es que muchos tuvieron sus 15 minutos de fama capilar en distintos niveles: peluqueros, políticos, actores, filósofos, folkloristas, artistas plásticos, hippies, beatniks, yuppies, darkies, punkies, emos, rastafaris, artesanos, deportistas y terapeutas. Algunos fueron aceptados, otros rechazados, y uno de ellos, en una circunstancia peligrosa, abrió la boca y reveló su identidad, que le vino al pelo : "¡No me peguen, soy Giordano!"
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