
Cuando se cantan las cuarenta
No es cosa de brujos. Tampoco cuestión de enigmáticas predicciones. Se trata, simplemente, de música popular. Más precisamente, del tango, esa música hecha por el hombre de la ciudad, que un día comprende que la historia, indefectiblemente, se mueve en forma pendular. Es decir, se vuelve al punto inicial. En otras palabras, puede cambiar el tiempo en el calendario, pero los problemas y las preocupaciones de fondo son siempre las mismas. Pasa con las utopías, aunque cada tanto se firme su defunción.
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Discepolín nos ayuda a entender que "El mundo fue y será una porquería". Y eso nos sucede hoy, a pocos pasos del 2000, mientras seguimos comprobando que progreso es algo muy distinto de evolución. Es imposible analizar en estas pocas líneas el drama del hombre común -y tener muchas no facilitaría las cosas-, pero sí se puede ver cómo la música popular, generada en el seno de la vida cotidiana, puede acercarse mucho más profundamente de lo que parece a las vivencias y a las sensaciones de la gente. No en vano Emile Cioran decía que "Naranjo en flor" es, en verdad, un tratado filosófico: "Primero hay que saber sufrir,/ después amar, después partir/ y al fin andar sin pensamiento".
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Pero los tangos citados hasta ahora son muy, muy conocidos (tanto, que a veces suenan "de memoria"). Pero hay uno que bien podría escribir hoy algún atento poeta popular al observar los juegos de poder de los que -con asombrosa naturalidad- somos espectadores. Hace más de medio siglo que Gorrindo y Grela compusieron "Las cuarenta", uno de esos tangos que, por azar u olvido (o ambas cosas a la vez), no forma parte del repertorio de tango que se rescata en estos noventa. Hay una muy buena versión de Charlo, que con convicción dice: "Vieja calle de mi barrio/ donde he dado el primer paso,/ vuelvo a vos gastado el mazo/ en inútil barajar..."
El que lo siente no podría ser otro que un porteño. Está claro: "Aprendí todo lo bueno,/ aprendí todo lo malo,/ sé del beso que se compra/ sé del beso que se da./ Del amigo que es amigo/ siempre y cuando le convenga,/ y sé que con mucha plata/ uno vale mucho más". No hay lirismo, es cierto. Es, en todo caso, un retrato, un cuadro de situación. Pero no podemos vivir todos los días con la sutileza de Juanele Ortiz, la ternura de Raúl González Tuñón, la profundidad agnóstica de Borges o la ironía de Girondo. Normalmente, el dolor es dolor, la alegría es alegría y la bronca es bronca. Ni más ni menos.
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Y alguien que perdió canta "Las cuarenta". Y mira el poder, el amor, la vida cotidiana, con el dolor de un vencido que espera volver a empezar. Y para ello denuncia aquello que lo convierte en víctima.
Por lo visto, los vicios del poder son los mismos, y las expresiones artísticas son las que describen su tiempo, que muchas veces son todos los tiempos, aunque con distintas circunstancias:
"Aprendí que en esta vida/ hay que llorar si otros lloran/ y si la murga se ríe/ uno se debe reír;/ no pensar ¡ni equivocado!/ ¿para qué? si igual se vive/ y además corrés el riesgo/ que te bauticen gil.// La vez que quise ser bueno/ en la cara se me rieron./ Cuando grité una injusticia/ la fuerza me hizo callar./ La experiencia fue mi amante,/ el desengaño mi amigo,/ toda carta tiene contra/ y toda contra se da.// Hoy no creo ni en mí mismo/ todo es grupo, todo es falso/ y aquel que está más alto/ es igual a los demás./ Por eso no ha de extrañarte/ si alguna noche borracho/ me vieras pasar del brazo/ con quien no debo pasar".





