Hubo varios Woodstocks distintos, supongo: el que vivieron los ravers trasnochadores que bailaban en la noche estival; el que experimentaron los que se apiñaban en el área relativamente apacible del segundo escenario y, por supuesto, el que disfrutaron los adolescentes.
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Entusiasmados que iban por primera vez a un festival mientras tragaban humo de marihuana y cogían felices, apretados e incómodos en sus carpas.
Pero el Woodstock en el que estuve yo -el que tuvo lugar en la terra nullius sórdida y hostil que rodeaba el escenario principal, donde un hato de cabezas huecas se tiraba en palomita sobre la gente, gritando y sacudiendo los brazos, y donde a cada rato volaban por el aire botellas, piedras, pilas gastadas y desechos varios- no sugería otra cosa que la historia de la evolución humana en nuestro planeta, pero narrada de atrás para adelante.
La Base de la Fuerza Aérea de Griffiss, el lugar desolado y poco hospitalario que escogieron los promotores del festival en su incesante afán de lucro (ubicado muy cerca de una cárcel y de un centro psiquiátrico), incentivó cierto comportamiento bestial en quienes se encontraban encerrados en esa vasta extensión de cemento o amontonados en el área de césped alfombrado con basura, próxima al escenario. Lo más probable es que el ideal originario de Woodstock, que proponía "volver al jardín", no haya sido lo que les vino espontáneamente a la cabeza a aquellos que habían desembolsado 150 dólares por la entrada válida para los tres días (180 en la puerta) y terminaron sentados en cuclillas, acongojados, sobre el pavimento sofocante, engullendo comida chatarra a precios desorbitados, y sorbiendo innumerables botellas de agua mineral por la módica suma de 4 dólares cada una. (Los agentes de seguridad apostados en la entrada revisaban los bolsos en busca de botellas y de cámaras, pero alguien que portara una Tec-9 en la cintura podría haber pasado con total tranquilidad.) Las experiencias de carácter enaltecedor se limitaron a paseos por los corrales cercados que los promotores se complacían en llamar "cervecerías", o a revolcarse en el barro formado, en parte, por pérdidas de los baños portátiles (de los cuales había 2.500 para 220 mil personas), mezcladas con la tierra un tanto sospechosa de la base aérea (antiguamente Griffiss era un depósito de desechos tóxicos, aunque la Secretaría de Medio Ambiente asevera que hoy se encuentra en perfecto estado sanitario).
Según mi parecer, este entorno semejante a un campo de concentración sirvió de abono para que germinara todo lo feo de Woodstock 99. Funcionó como contexto cada vez más nefasto de la música que lo impregnaba, sobre todo durante las actuaciones de Korn y de su acólito inferior, Limp Bizkit.
No sería errado afirmar que Korn es el grupo con más potencia maníaca del momento, y que la destreza con la que despliega sus riffs tremendos y apabullantes deja a cualquiera sin aliento. A partir de la explosiva apertura de su recital, el viernes por la noche, la masa infinita de fans que se expandía frente al escenario principal se infló y se desplazó como una marejada escalofriante. Pienso que fue entonces cuando se produjo una suerte de reacción química siniestra entre el ataque furioso de la música y el lugar en sí, que era una inexorable cagada.
Mientras que la fuerza convulsiva de Korn es absolutamente manifiesta, parece que Limp Bizkit -una banda que también cuenta con ciertos poderes oscuros de su propia cosecha- no puede aspirar a ser totalmente persuasiva sin las feroces arengas, entre canción y canción, del cantante Fred Durst. Las palabras con las que Durst, desde el escenario, exhortó al público a enloquecerse, a darse vuelta, etcétera (uno de los temas nuevos que tocó el grupo fue "Break Stuff" ["Rompan cosas"]) iniciaron el camino cuesta abajo que caracterizó al resto del festival. Fue el sábado por la noche, mientras presencia- ba el show de Limp Bizkit desde una de las dos torres reguladoras de tensión instaladas en medio de la gente, cuando noté por primera vez la tormenta interminable de botellas plásticas vacías que surcaban el aire y rebotaban en los cráneos de los que estaban más adelante. Un bidón de cuatro litros, todavía medio lleno de agua, dio vueltas por el aire hasta golpearle la cabeza a un pobre chico. Una vez que la torre de sonido en la que yo estaba fue tomada por asalto, se llegó a la decisión de evacuar. Cuando me dirigía apresuradamente hacia la parte de atrás del escenario, abriéndome paso en medio de la multitud cada vez más embravecida, me tropecé con un hombre que yacía, con los ojos en blanco, en un montículo de basura. Más adelante me surgió la duda de si alguien lo habría visto y habría tratado de avisar para que enviasen una camilla. También me surgió la duda de cómo habría sido posible hacer el intento en medio del tumulto.
Por cierto, a partir de ese momento las camillas comenzaron a circular en gran cantidad por el puesto médico ubicado detrás del escenario, donde los irascibles agentes de seguridad dispersaban a los fotógrafos y camarógrafos que quisiesen registrar la escena. En ese contexto, los inevitables rumores que circulaban para entonces -se decía que, en un pogo, le habían arrancado a una mujer un pezón en el que tenía un aro; que una quinceañera había muerto aplastada junto al escenario (lo cual resultó no ser cierto)- adquirieron el inquietante estatuto de probables.
El entorno humano se tornó cada vez más surrealista. Una tarde, una chica que estaba en una carpa de body art con las piernas abiertas y desnudas, esperando que le perforaran el clítoris, invitó animadamente a un equipo de filmación a grabar el procedimiento y a transmitirlo por televisión. Otra noche, cuando regresé a mi hotel, dos vendedores que tenían una concesión para armar su puesto en el festival -una afable pareja de la ciudad cercana de Syracuse- describieron una escena que habían presenciado ese día en una de las cervecerías: a un hombre se la chupaban dos mujeres mientras un grupo de curiosos miraba y sacaba fotos. Cuando los vendedores contaban esta anécdota, se los veía profundamente consternados y desorientados.
Parece irónico que el domingo haya sido el día en que Woodstock 99 se desbarató por completo, ya que los últimos intérpretes del festival fueron decididamente menos agresivos que los del día anterior (que había concluido con Rage Against the Machine y Metallica). La guitarra de Brian Setzer hizo bailar a la gente; Elvis Costello y su eterno pianista Steve Nieve sonreían mientras saboreaban las letras del cantante. Además estuvo Jewel, quien sacó a relucir su facilidad no sólo para la verdadera poesía sino también -y esto sí que fue una sorpresa- para la improvisación vocal jazzera.
No obstante, cuando los Red Hot Chili Peppers subieron al escenario el domingo por la noche para dar uno de los recitales más gloriosos y empapados de funk de su larga historia, el repugnante ambiente que durante el transcurso de tres días venía haciendo metástasis entre muchos espectadores del escenario principal finalmente hizo eclosión. Lo demás es historia conocida: las fogatas incontrolables, los saqueos, las explosiones, todos los desmanes estúpidos. La seguridad del festival -insignificante, por cierto- no fue capaz de hacer nada frente a este estado de guerra. Los promotores de Woodstock -quienes deberían recibir firmes estímulos para buscar otras formas de ganar dinero de ahora en más- reunieron una cantidad de personas equivalente a la de una ciudad de tamaño considerable en medio de un paraje bucólico y alejado, pero brindaron apenas la infraestructura más precaria posible para garantizar la seguridad y el bienestar de las hordas que habían convocado.
La última imagen que me llevé de Woodstock 99, espiando por la ventanilla trasera de una camioneta de emergencia que cruzaba a toda velocidad un campo vacío en dirección a una ruta de salida, fue semejante una escena sacada de El día de la langosta [Day of the Locust, John Schlesinger, 1975]: las llamas ondulantes se alzaban en medio de la noche, mientras algunos imbéciles enloquecidos saltaban el fuego, caían sobre latas tiradas y aullaban a la luna llena. Supongo que podría haber sido peor, aunque sería bueno no averiguar nunca hasta qué punto.




