
Daniel melero tiene 43 años y lleva diez de relación con su esposa, con quien se casó en 1996. A la hora de hablar de Vaquero, su flamante álbum, los anteriores no son datos irrelevantes, porque la edad y la estabilidad afectiva son el soporte sobre el que se asientan las melodías
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Las letras de "Tu vida empieza hoy", "No es tan simple" o "Vivir acá" resultan sorprendentes. ¿Desde cuándo Melero baja línea?
Hasta yo estoy sorprendido... y un poquito avergonzado. Tal vez tiene que ver con la edad, con haber adquirido cierta experiencia y no poder evitar comunicarla. En cuanto a las letras, mis discos eran más neutros, daban más espacio para la decisión del oyente, pero en Vaquero está más determinado el mensaje. Me pareció que estaba bueno hacer un disco así. Tengo la sensación de que letras así uno no las escribe a los 20: trabajan mucho más sobre la estabilidad del amor, la certeza de la muerte y la proyección de las cosas que uno quiere hacer en esta vida. En mi caso, esto empezó a gestarse cuando murió mi padre, hace unos años, y ahora se refleja en las letras y en mi forma de vida. Cuando se tienen 40 y pico, uno está tan cerca de la luz del amanecer como de la del crepúsculo. Y me pareció importante transmitir que uno apuesta sabiendo que va a perder, pero hay un tiempo para jugar.
En lo creativo, ¿también sentís que estás en un punto medio?
No, en lo creativo todavía soy un niño. Y es muy posible que próximamente me ría de este disco. Cuando publico un disco, es como si me deshiciera de esas ideas, y por eso me cuesta hablar sobre ellas. Pero hoy, cuando me siento a componer, todavía no siento rechazo por las ideas que hay en Vaquero. Hay algo que me gusta en la estructura de las canciones, esa especie de humildad en exponerlas como estrofa-estribillo-puente. Siempre busqué disolver los nexos entre las partes de los temas, pero este disco tiene una entrega muy pop. Y eso tiene más que ver con la música que me gusta que con la que creo que tengo que hacer. Es como la diferencia entre lo que inevitablemente una canción quiere ser y lo que mi mente desearía que fuera. Tal vez, al no haber sido arreglador de los temas, mi imaginación estuvo siempre suelta y mi mente no pudo apresarla.
¿No será que en tus discos iniciales tu mente la apresaba porque sentías que era más importante hacer declaraciones de ideas?
Estoy de acuerdo. Mis discos tienen tanta carga que hay gente que se enoja conmigo cuando no le gustan, porque piensa que no los entendió. Lo mejor que tienen mis discos, por encima de la música que contienen, son las ideas que les generan a los oyentes. Incluso, a veces pienso que si hubiera podido transmitir mis ideas a través de otro soporte, me habría sentido satisfecho aunque no hubiera grabado nunca. Entonces, habría sentido que la obra estaba hecha. Pero esto no me pasa en los últimos cinco años.
¿Qué cambió?
Me acerqué al valor de la armonía. Hoy me resulta mucho más deslumbrante el mundo de la armonía que el de los sonidos inaprensibles y borrosos, tal vez porque ya lo recorrí durante mucho tiempo. Siempre traté de hacer discos que fueran hacia la libertad, pero llegar a liberarme de mis primeras banderas y ver que la música sigue estando ahí me parece algo muy interesante.
¿O sea que se acabó la experimentación?
Siento que la música ya no es un campo experimental. Los ingredientes sonoros están todos: se experimentó con el ruido, con el silencio, la forma y su ausencia, los procesos, la canción pura... Entonces, hoy la música tiene que ver con cómo armás ese plato de comida, qué condimentos le ponés. La música era experimentación cuando estos elementos, que hoy son condi- mentos, eran conceptos que no existían y aparecían de manera revolucionaria. Ya no pretendo revoluciones de la música, sólo buenos momentos que me lleven a reflexiones sobre la vida.
¿Cuáles son esas banderas de las que te liberaste?
Había ciertos preceptos fundamentales que conformaban una línea de pensamiento, que eran los del no-músico, que no importaba la armonía, que había que componer a partir de los sonidos, usar el sampler... El primer tercio de mi trayectoria está determi- nado por el panfletarismo. Había algunas buenas canciones, pero lo interesante era el petardista. Ahora, me parece que lo interesante -si es que hay algo- es el compositor y el intérprete. (Hace una pausa.) Para mí, la verdad existe: es un contexto de mentiras en las que todos acordamos en un momento dado. Y creo que aquellos discos contienen verdades de esos contextos. Mi mentira-verdad actual es que sirve todo. Como no hay revolución ni experimentación en la música, me interesa mucho más la belleza de una buena composición. En este disco sentí una gran responsabilidad de entregar belleza. Una belleza muy abierta, fogonera. Vaquero valora cosas como el sol entrando por las rendijas de las persianas e iluminando el cuerpo de la persona amada. Es volver a ver poesía en esas aguafuertes cotidianas que a veces se nos hacen invisibles.
Verla más allá de aquellos que la convirtieron en cursi.
Es que juego mucho con lo cursi. Los rockeros suelen avergonzarse de estos sentimientos que pertenecen a la cursilería de los cantantes románticos, pero hace mucho que perdí la vergüenza de ser cursi. Encuentro que la cursilería, a veces, es un reflejo penoso de un sentimiento verdadero. Entonces hay que pasar por encima de la forma y ver el sentimiento. Me preocupé mucho porque Vaquero no pusiera obstáculos para que descubras los sentimientos. Ya que vivimos rodeados por lo horrible, la postura política de este disco es que no haya obstáculos para la belleza.




