
Darío Vittori llevó el teatro a la TV
Durante 25 años presentó en la pantalla chica una gran cantidad de comedias
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La carrera de Darío Vittori quedó signada por un récord que no está reservado para cualquiera: el de haber presentado centenares de obras durante los 25 años en que estuvo en el aire su ciclo de teatro por televisión. En ese tiempo conquistó a la audiencia con su desparpajo, siempre pícaro, pero nunca demasiado subido de tono, y su buen humor y también la conmovió con el llanto contenido en sus ojos. Porque Vittori era capaz de conjugar las dos caras, aunque apelara más a la de la comedia que a la del drama.
"Lo que tengo que vencer es la emoción, porque me estresa un poco", dijo en uno de sus últimos reportajes. No era para menos, con 79 años de edad llevaba incorporados 62 en la profesión, aunque no todos ellos ligados con la celebridad y la gran repercusión masiva.
Melito Darío Espartaco Margozzi, tal su nombre original, había nacido el 14 de septiembre de 1921 en Roma, Italia.
"Soy italiano nacionalizado argentino -solía presentarse-. Me trajeron cuando tenía un año. Mi papá era socialista y tuvo que huir durante la época de Mussolini. Durante seis meses, en los que nos quedamos solos con mi madre, todas las noches venían los fascistas a golpear la puerta a ver si estaba mi papá o no. El había venido a la Argentina y con un poco que ganó acá y otro poco que le prestó un paisano reunió los 40 pesos para el pasaje y nos vinimos con mi madre."
Realizó sus estudios primarios y secundarios. Cuando llegó el momento de decidir su futuro, fue su padre el que señaló el camino: la Facultad de Derecho. Nada hizo presuponer en aquel entonces que el hastío iba a cambiar su vida y, posteriormente, alejarlo de sus estudios.
"Llegué al teatro por juego -explicó-, por el aburrimiento de ir todas las noches al café a jugar al billar. Con otro muchacho, armamos un conjuntito, compramos un librito de Bambalinas donde encontramos una comedieta y empezamos a ensayar. En el Barrio Norte había muchos españoles que hacían bailes todas las semanas. Nosotros fuimos a pedirles si, antes del baile, podíamos hacer la comedia. Nos dijeron que si no costaba nada, que le metiéramos. Fuimos, a las 9 de la noche, porque el baile empezaba a las 11. El primer día juntamos 20 personas, después 30, 40, 50, hasta que llegamos a 100."
A partir de 1939 y hasta 1957, Vittori integró la Compañía Italiana, con la que representó obras en italiano. En 1958 se profesionalizó y comenzó a actuar en castellano, hasta que en 1962, junto con Nino Fortuna Olazábal, compró un espacio en la televisión y buscó avisadores para poder realizar el ciclo "Teatro como en el teatro". Su esfuerzo y su empeño no fueron en vano. El ciclo lo lanzó a la fama y lo hizo acreedor al premio Martín Fierro.
A partir de 1961 accedió a la pantalla grande con el film "La fin del mundo". Fue su década para el cine. Siguieron películas como "Los hipócritas", "De profesión sospechosos", "Orden de matar", "Ritmo nuevo y vieja ola", "Las pirañas", "Blum", "Los chantas", "Así es la vida", títulos que le permitieron sobresalir tanto en la comedia y en el drama.
"El Tano de Oro"
Un día descubrió que el éxito de la televisión podía llevar público al teatro. Toda proyecto que llevaba a cabo se convertía en un suceso, al punto que fue apodado "El Tano de Oro". Tenía una visión comercial del espectáculo que no lo defraudó. No se limitó a esperar que público asistiera. A veces, armaba una compañía y salía en gira por el interior.
En toda su trayectoria no se privó de nada. Por el contrario, hábil para captar el gusto del público cultivó tanto la comedia, como la revista y el drama y no fueron pocos los éxitos que obtuvo en alguna temporada marplatense, como sucedió con "Las píldoras", de Charles Morand, en 1971, que alcanzó el tope de las recaudaciones.
En un medio donde se concentran voluntades estética y artísticas, solía criticárselo por encarar el teatro como un negocio muy lucrativo, sin tomarse la molestia de prestigiar el hecho teatral.
"Siempre presento espectáculos de comedias cómicas, brillantes y picantes, porque al público hay que darle lo que pide -se justificaba-. Un actor, por más talentoso que sea, si no lleva público es un fracasado. Una cosa es salir a escena con el teatro lleno y otra muy distinta actuar para dos o tres filas." Pero no era tan así, tan esquemático. A veces, para darse el gusto, solía alternar los géneros. De la misma manera interpretaba las obras de Eduardo De Filippo ("Navidad con los Cupiello", en 1966; "Mi familia", en 1983), Joaquín Calvo Sotelo ("Una noche entre pañales, en 1988) y Armando Discépolo ("Cremona", en 1989), por mencionar sólo algunas.
Fue un actor, productor y director que generaba polémicas. Pero lo podía hacer porque se había ganado la popularidad en la televisión, medio en el que se mantuvo durante treinta años, ya fuera con ese esquema de teatro como en el teatro, más tarde conocido por "El teatro de Darío Vittori", o con su participación en la telecomedia "Las chancletas de papá".
Pero el paso de los años y el desgaste que genera la lucha por el rating hicieron disminuir su actividad.
"Hice 1300 comedias en televisión, al tren de una por semana, a siete bloques por comedia. Aunque digan que no, aunque uno esté canchero, cuando se prende la coloradita (la luz de la cámara de televisión que anuncia la grabación) se siente la tensión. Mis arterias están arruinadas, más que por el cigarrillo y el colesterol, por el stress."
Señales de alarma
Esta referencia a su estado físico fue la resultante de un deterioro arterial que padeció hace 15 años, la primera señal de alarma que lo hizo reflexionar.
"Fui a comprar cigarrillos. A los 20 metros, las pantorrillas se me pusieron de piedra. Me senté en el guardabarro de un coche; me masajeé las piernas y cuando sentí que estaban mejor arranqué de nuevo. A los 20 metros, de nuevo. Volví a mi casa sin comprar los cigarrillos y nunca más fumé. Creo que Dios fue muy bueno conmigo porque me mandó un aviso. Llegué a hacerme una angiografía, pero no llegué al by-pass. El resultado confirmó que tenía anulada la circulación en las piernas entre un 90 y 95 por ciento. Me pasaron el catéter, me hicieron un destape y quedé bien. Ahora estoy más flojo porque dejé de caminar."
Fue este un poderoso motivo para alejarse de la televisión. Otros fueron, según expresó el actor, las groserías que estaban invadiendo los programas y la manipulación con el rating. Sólo en el teatro pudo recuperar aquel impulso artístico juvenil que lo puso en el camino de la actuación. Volvió con "El último ángel", de Bill C. Davis. Sin saberlo, fue la despedida de una escena que lo vio brillar con éxito.
Una descompensación hemodinámica marcó la caída definitiva del telón. Sus restos recibirán sepultura hoy, a las 9.30, en el cementerio privado Jardín de Paz.




