
De Thomas Vinterberg. Con Jamie Bell, Bill Pullman, Mark Webber.
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Al calor de las armas
Dear Wendy describe la historia de amor entre un hombre y su pistola. Pero no en la línea de Yo y él (Ich und Er), la comedia de Doris Dörrie en que Griffith Dunne mantenía conversaciones con su miembro viril. Dear Wendy es una declaración de amor epistolar entre un joven (Jamie Bell) y el arma (una Broomhandle calibre 6,65) que le dio el valor para transformarlo en un hombre. A partir de ese momento, el protagonista incitará a otros jóvenes marginados como él (el que usa muletas, al que golpean los más grandes, la chica a la que no le crecen los pechos) para conformar una sociedad secreta en uno de los tantos depósitos abandonados de un pueblo minero del sudeste de los Estados Unidos. Todos descubrirán su verdadero yo una vez que encuentren el arma que les corresponda y serán respetados en una suerte de "El club de la pistola".
Y si uno se pregunta por qué todos los personajes de este film (cinco jóvenes, una vieja negra y un policía malo) en un determinado momento comienzan a comportarse como idiotas, la respuesta llegará al descubrir que el guión le pertenece a Lars von Trier. Al director danés –aquí exclusivamente en el rol de guionista– le toma 102 minutos echar por la borda una historia y sus personajes excediéndose en su didactismo antinorteamericano.
Nuevamente a Vinterberg le sale el tiro por la culata y ni siquiera la ironía (todos los adolescente se manifiestan pacifistas), el aspecto visual (creado por el director de fotografía Anthony Dod Mantle, colaborador habitual de Danny Boyle y responsable de la imagen de Julien Donkey- Boy, de Harmony Korine) o las canciones de The Zombies, que musicalizan buenas partes del film, alcanzan para completar una crítica sólida y creíble.




