
Club Ciudad de Buenos Aires. 7 de diciembre
1 minuto de lectura'
Esta vez invito yo
Con la novedad de un álbum decente que presentar, la leyenda del rock pesado volvió a verter un banquete de clásicos.
Ian Gillan tiene una vieja historia con la Argentina. Todas las veces que vino –incluso como solista, cuando ni su voz ni su banda estaban en plena forma– fue recibido como un héroe. Y ahora que es el líder absoluto de Deep Purple (ya sin la presencia de Blackmore y Lord), los recitales de la banda dependen en buena parte del humor y la buena disposición del cantante (que, dada su relación con el público local, estaban prácticamente asegurados). Si sumamos una cálida noche y un lleno casi total, no puede asombrar que Gillan –relajado, descalzo y de pelo corto– se haya pasado buena parte de la noche alabando al público entre canción y canción, con epítetos como "¡Amazing!" y "¡Fucking unbelievable!". Por otra parte, Deep Purple es una verdadera máquina de rockear, que además consiguió la proeza de reemplazar dos músicos aparentemente insustituibles con otros tan buenos que no hacen extrañar su ausencia. Especialmente Steve Morse, que ya lleva los suficientes años en el grupo como para insuflarle su propia personalidad. Pero la más reciente adquisición, Don Airey, tampoco se queda atrás: sus teclados vintage, especialmente el órgano Hammond y el sintetizador Moog, suenan con presencia y virtuosismo, y en su parte solista se dio el lujo de tocar música clásica, boogie-woogie, y citar "Imagine", y un popurrí entre "La cumparsita" y "Adiós Nonino", con pareja de baile incluida. Y, como esos monumentos que están siempre allí, la base de Ian Paice y Roger Glover continúa siendo una maravillosa combinación de potencia, técnica y feeling en las proporciones justas.
Lo que diferencia esta gira de las anteriores es que –por fin– Deep Purple tiene un álbum decente que promocionar, por lo que incluyen en el set tres canciones de Rapture of the Deep (la que da nombre al álbum, "Wrong Man" y "Kiss Tomorrow Goodbye") que están a la altura del resto de sus clásicos. Claro que consiguen su mayor impacto con los inoxidables caballitos de batalla, "Lazy", "Space Truckin’" y "Highway Star", en que los esfuerzos casi épicos de Gillan por alcanzar los agudos no pueden menos que provocar admiración. Incluso en algunos temas no tan trillados, como "Fireball" y "When a Blind Man Cries" (excelente balada que fue un raro lado B de la época de Machine Head), retoma con deleite sus característicos aullidos. Por supuesto que no faltó "Smoke on the Water", con una impredecible introducción de Morse. Los bises, "Hush" y "Black Night", completaron un show que dejó conforme a todo el mundo. Incluso a muchos padres que fueron acompañados por sus hijos, cómplices y sonrientes entre el mar de remeras negras.





