
Delia Rigal, una voz con proyección internacional
La soprano recuerda cómo el Colón le abrió puertas en el mundo
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Desde su casa de Long Island, en Nueva York, Delia Rigal lamenta no haber podido viajar a Buenos Aires para el Centenario del teatro. "Mi hijo está muy ocupado y no tenemos quien nos acompañe, y ya solos no nos animamos porque estamos muy viejitos", dice en plural -al referirse también a su esposo neoyorquino, del Little Italy, Antonino Alcamo- la soprano que supo conquistar a los más exigentes melómanos locales allá por la década del 40.
Los 87 años aparecen en danza sólo porque ella lo menciona ya que su tono, la energía que emana de su voz y, sobre todo, su memoria dicen otra cosa. Está al tanto de lo que sucede en la Argentina y de lo que pasa en "nuestro gran Teatro Colón", gracias a su contacto permanente con sus primas porteñas que no dejan de pasarle noticias. "Me apena enormemente que el teatro esté cerrado y que no se pueda celebrar esta fiesta en su escenario", continúa Rigal que atesora decenas de grandes recuerdos vividos allí, como cuando en uno de sus regresos al país, cantó La traviata y no podía dejar el escenario en el momento de los saludos ya que la ovación la tenía atrapada, hasta que el propio director tuvo que subir a sacarla de la mano para que finalmente pudiese bajarse el telón.
Delia Rigal recorre feliz sus años en el Colón, donde -a lo largo de los quince años en los que estuvo ligada (gran parte de ellos ya viviendo en el exterior) a él- encontró amigos que aún hoy mantiene. A los 20 entró a la Escuela de Opera del teatro a estudiar y un año después debutó en el escenario mayor del Colón en el rol de María en Simón Boccanegra , de Verdi, a instancias del maestro Héctor Panizza. "Me decía que tenía una voz privilegiada para ese papel y se ofreció a prepararme él mismo. Fue increíble, me pagaron mil dólares por cada una de las cuatro funciones en las que reemplacé a Zinka Milanov", recuerda Delia.
Para cualquier porteño recibir una paga de mil dólares por entonces significaba una gran ventura, sobre todo para ella que un tiempo antes había recibido sólo 130 pesos por participar de la función en la que el Coro Estable pidió refuerzos a pedido del director Arturo Toscanini. "Ese primer salario como cantante se lo di llena de orgullo a mi papá con quien empecé a escuchar ópera, sentada sobre sus rodillas, cuando tenía sólo tres años", sigue Delia.
En el Colón, Rigal hizo todo su repertorio, salvo el Don Carlo , con el que abrió la temporada de 1950 en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Sin dudas su gran papel fue Violetta Valery de La traviata , el que le abrió en 1947 las puertas de La Scala de Milán, de la Opera de París más tarde y luego del Opera House neoyorquino, que fue su casa artística durante nueve años.
"Cuando terminó la guerra, Héctor Panizza se volvió a Italia y me dijo: «Si yo vuelvo a La Scala quiero que debutes allí». Al tiempo me llamó y viajé con mi hermana en uno de los primeros barcos que llevaba comida para Europa, en esos viajes que duraban un mes". Delia Rigal no volvió a Buenos Aires salvo para actuar o para visitar a su familia. En el extranjero encontró el amor, llegaron los hijos, volvió a encontrar más amor, y así es que se fue quedando. "Creo que estaba escrito en el cielo que debía ser de esa manera", dice a modo de conclusión antes de terminar la charla telefónica que la trajo por un ratito de vuelta a Buenos Aires.




