Detroit: zona de conflicto, la última genialidad de Kathryn Bigelow

En Detroit: zona de conflicto, Bigelow se centra en los violentos hechos de 1967 para retratar el racismo, los saqueos y la violencia policial
En Detroit: zona de conflicto, Bigelow se centra en los violentos hechos de 1967 para retratar el racismo, los saqueos y la violencia policial
Javier Porta Fouz
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31 de enero de 2018  • 19:43

Nuestra opinión: excelente. Detroit: zona de conflicto ( Detroit, Estados Unidos, 2017). Dirección: Kathryn Bigelow. Guion: Mark Boal. Fotografía: Barry Ackroyd. Edición: William Goldenberg, Harry Yoon. Música: James Newton Howard. Elenco: John Boyega, Anthony Mackie, Algee Smith, Will Poulter. Distribuidora: Digicine. Duración: 143 minutos. Calificación: apta para mayores de 16 años.

Kathryn Bigelow es, hasta el momento, la única mujer ganadora de un Oscar a la mejor dirección. Un acto de justicia y a la vez de injusticia: a estas alturas debería tener un par más. Debería haber sido premiada por Punto límite ( Point Break, la obra máxima de acción de fin del siglo XX). Podría haberlo sido con La noche más oscura. Ciertamente no ganará nada por Detroit, ya que la película no obtuvo nominaciones de la Academia.

Detroit es otra demostración de la asombrosa capacidad de Bigelow para contar conflictos violentos y políticos con mirada alejada de todo simplismo, de toda moda ideológica, de toda falta de compromiso con el mundo y con el cine. Porque la directora sabe, como los verdaderos grandes, que el cine se juega en la escritura, no solamente la del guion –otra vez de Mark Boal, como en Vivir al límite y La noche más oscura–, sino en la fílmica en su mayor amplitud: encuadres, montaje, movimiento –pocas veces el reencuadre como constante ha generado tanto nervio consistente sin vacuos mareos–, con la música, con la dirección de actores.

Trailer de Detroit: zona de conflicto

02:31
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Pero Bigelow no hace un cine meramente del movimiento. Sí la energía fluye a la perfección y toda acción es inteligible mediante los recursos menos explicativos y más sólidos –hay una notable mezcla de sobriedad y elegancia con pasiones volcánicas en casi cada secuencia de su cine–, pero, como ocurre con los autores más cabales, hay en ella una exploración de los temas que la atraen.

El cine de Bigelow es un cine en el que cada golpe, cada tiro, cada pelea contiene toda la perturbación de la ambigüedad. El bien y el mal no son los que la sociedad y el periodismo dictan, o aquellas definiciones que pueden conformar a lo que se evalúa mediante el corte efímero de una encuesta veloz. Bigelow hace cine perdurable, no una nota de opinión apurada para coincidir con la marea.

Detroit es un thriller policial y racial basado en hechos reales, los de los disturbios de 1967 en la ciudad norteamericana del título. Controles y ataques policiales, persecuciones, saqueos, destrucción, fusilamientos, investigación, y hasta sueños de carreras musicales marcan la estructura ósea de un film muscular, como tantos de esta cineasta; recordemos especialmente Punto límite, con Swayze y Reeves.

Recordemos también una frase usada por Jean -Luc Godard al escribir sobre Jacques Demy y su lentitud vital: “Solo me gustan los films que se parecen a sus autores”. Detroit tiene el impacto y la fuerza de una directora de mirada intensa y de hombros y brazos impactantes, resueltos, en estado de tensión vital.

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