Teatro Gran Rex, Buenos Aires
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- Estadio Obras, Buenos Aires
15 y 16 de julio
A punto de pegar el próximo salto
Ya le sucedió varias veces durante su carrera. Con cada cambio de baterista (¡y van cuatro!), Divididos se toma su tiempo para volver adonde había llegado, y luego sube un nuevo escalón. A un año y medio de la partida de Jorge Araujo, el grupo todavía no llegó a ese lugar. Pero está cerca.
Esa especie de transatlántico con propulsión a sangre tiene una dinámica tan compleja y entrelazada que la aparición de una nueva pieza cambia –aunque no de manera obvia– el modo en que se desplaza, y necesita de un período extenso (e intenso) de navegación. Probablemente, la ambiciosa apuesta de hacer en dos semanas recitales en un teatro (el Rex, titulado Acusticón) y en un estadio (Eléctrico, en Obras), sirva como resumen y puesta a punto para encarar el próximo paso: un nuevo álbum.
Este Divididos es el mismo de siempre, pero a la vez es otro. El "nuevo" baterista, Catriel Ciavarella, no sólo lleva lo indígena en su nombre. Mientras que Araujo aportaba fusión y world music, lo de Catriel es como si liberaran un malón sobre el escenario, una potencia telúrica mezcla de Gabriel Parra (Los Jaivas) y John Bonham (Zeppelin). Con este ingrediente, Divididos a veces funciona con la mecánica tradicional de power trío a lo Experience, y otras (como la magnífica "Ala delta" en Obras) se acerca a los Who, con la batería y el bajo como instrumentos líderes y la viola en función rítmica.
En ambos recitales, aunque el repertorio fue diferente, hubo homenajes que remiten a las principales influencias –musicales y espirituales– en la música del grupo: Sumo y Jimi Hendrix. El primero, a través de "Next Week", "Regtest" y un "Mañana en el Abasto" con Mollo solo, cantando y tocando a la vez el arpa de boca, que cerró el recital del Rex. Jimi estuvo presente con una tierna interpretación de "Little Wing" en el teatro y "Voodoo Chile" en el estadio, esta última enganchada con "El arriero", el Yupanqui más hendrixiano.
El Acusticón fue una exhibición de sutileza y musicalidad, con un sonido pleno de detalles e inteligente utilización de efectos y procesadores, aun en la parte eléctrica, que incluyó algunos arreglos impregnados de cierto sabor dub, como "Indio deja el mezcal". Hubo climas psicodélicos ("La ñapi de mamá"), una multitud de instrumentos acústicos –mandolina, guitarra de doce, y hasta un bajo de tres cuerdas con forma de balalaica gigante–, una parte "fogonera" ("Spaghetti del rock" al borde del escenario, sin amplificación, con Ricardo cantando y Diego en un pequeño armonio) y proyecciones con películas en blanco y negro y dibujos digitales de Semilla Bucciarelli.
El Eléctrico fue un nuevo retorno de la aplanadora, un vendaval con esporádicos momentos de calma, como "Vida de topos" y "El fantasio", hermoso tema con un aire a rock nacional de los 70. Uno de los momentos más intensos fue la sucesión de "Sábado", "Salir a comprar", "Salir a asustar" y "Qué tal", que incluyó un solo de Arnedo, el bajista, de personalidad y potencia excepcionales.
Luego de casi dos horas y media, Mollo dejó su guitarra haciendo feedback sobre el escenario, mientras el trío se retiraba. Fue una manera coherente de despedirse, para un grupo cuyo fuerte no es la comunicación verbal. Es la música la que habla por ellos.
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